Sueño perfecto

Esther Villafuerte— 

Para ella: Porque el secreto de

                                                             longevidad es la poesía

                                                                 Rosakebia Estela


Madre, te soñé dormida en los brazos del madero y de las sábanas blancas. Descubrí tu niña que todavía crece, intacta, con las alas plegadas de un vuelo que no terminó de partir. En el sueño, tu cuerpo conservaba esa liviandad antigua, como si el tiempo hubiese aprendido a caminar despacito a tu lado y me sonreías con esa ternura madre-hija a través del cordón umbilical.


Oh madre de andar ligero y auras fatigadas, te desperté y me abriste el jamás-siempre: ese umbral donde el dolor deja de herir y se vuelve canto. Allí no había ruido, solo una música suave, como si la historia se escribiera por fin sin apuro. Antes de dormirme contigo, acaricié tus tibias manos, palpé en tus dedos, los cinco críos que cuidamos juntas, a cuatro manos. Los ojos de las células más bellas me miraron. Sentí una gratitud encendida, algo extraordinario flameaba en mi sangre, una claridad que no sabía que aún me habitaba.


Sublime madre de mis días, no sentí pena. Solo un cielo de otro peso descendía sobre nosotras, como plumas reposando de algún cansancio. Era el acto más hermoso: recostarme a tu lado como tu ángel de la guarda y, muy juntas, dormir ese sueño fugaz que los poetas llaman eternidad.


(Del poemario El Cuerpo, ese otro pensamiento 2026)