Una tetera vieja es mi abuela
de acurrucados días y ternuras a fuego lento
la negrura de su cuerpo
fue incendio una vez.
Tiene abolladuras como pecas en el cuerpo
caídas hondas contra el empedrado,
pero aún grita cuando hierve su sangre
anunciando la hora punta del encuentro.
Por algo es tetera madre
siempre hay matecito para todos
el agua alcanza
y su amor también.
Sigue creyéndonos niños
la vieja de dulces manos
cada vez más negra y terca
oyendo poco mirando menos,
pero nunca olvida exclamar
—¡Sirve, hijita, que la vida se enfría!—
¿Quién irá a decirle la verdad?
que la armonía se ha evaporado
que la muerte pesa poco
si el muertito es niño
y otro pobre ocupará su lugar
en la escuela de los olvidados.
La tetera chilla
su vapor es un grito espantoso
la rabia sube como hervor de justicia
arde el amor que no cabe en su cuerpo
y en el último espasmo
la tetera explota.
(Del poemario El Cuerpo, ese otro pensamiento 2026)
