Pequeña homicida

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—¡Soy inocente mamá!
Soy inocente… Gritaba desde un oscuro lugar, el infierno.
Me quemé entre las llamas por salvarme, mientras veía como tú fenecías lentamente al intentar salvar a tu pequeña sin cubrir lo que era tu terso rostro.
Entre las llamas, vi aquello que siempre quise ser, aquello que siempre quisiste que sea, y abrazadas entre el fuego, te miré…
Vi aquello que no solía recordar desde que era una niña, vi las noches que pasaste llorando intentando apagar el incendio que yo provocaba a medida que crecía, pero tus lágrimas no fueron suficientes, solo hicieron que se extendiera  más el fuego.
Poco a poco se nos dificultaba respirar entre tantas mentiras, entre la crueldad del mundo, entre la decepción que te había causado aquella noche. Te acercaste más a mi oído y susurraste:
—Perdón.
¿Por qué me pides perdón? Pensé. Mamá, levántate… no pidas perdón a alguien como yo…
Cerré fuerte los ojos, las lágrimas se desbordaban de mis recuerdos, las penas ya querían salir al exterior y sin darme cuenta, el cuchillo que mantenía entre mis manos, ya había atravesado lo poco que quedaba de tu corazón. Las manos me temblaban y con la sangre vertiéndose en el suelo de cerámica, sólo pude verte caer.
Mamá, me quemé tratando de hacerte sentir orgullosa; mamá, el fuego logró consumirme.
Miré a todos lados, el fuego se esparcía muy rápido, las persianas de aquella habitación ya no estaban, las cortinas, los cuadros, todo había desaparecido.
Me cubrí el rostro con las manos llenas de tu sangre. Lloré mucho y cuando baje la mirada, te volví a ver…
Indefensa, tan callada, no tan tú…
Solté un grito fulminante ante los pensamientos que me rodeaban, ante el infierno que me cubría, y todo se esfumó, excepto tú.
Tus labios, los mantenías secos y cerrados, esos labios que siempre quisieron ser la armadura que me protegería de todos, ya no estaban; tus ojos, aquellos deslumbraban el lugar, esos ojos hechiceros que mantuvieron unida a la familia que alguna vez tuve y dejaste ir  por mí; tus pestañas tan perfectas que adornaban a tu mirada fría, todo, ya no se veía cómo antes.
Tus cabellos, como recaían en el suelo fusionándose con tu sangre, hicieron que me viera reflejada en las consecuencias de mis malos actos, en las consecuencias de tener cerca a alguien como yo.
¿Qué hice? Pensé.
En mi mente todo se confundía, pero al final del desastre, solo podía verte a ti, a la soledad que te abrigaba y a las mañanas en que despertaba en tu cama con los rayos del sol en mi piel.
Entonces, me intenté aferrar a lo que quedaba de ti, pero ya no respondías, te había consumido con mis besos de fuego y jamás lo noté.
Detrás de aquella escalofriante escena, una luz alumbró desde el vacío de la habitación, me limpié las lágrimas y lo vi claro, la voz del viento viajo hasta mis oídos. La escuché, te escuché.
—Ya voy —respondiste.
¿A dónde vas? ¿Por qué? No lo sabía, más sabía que te irías y esta vez, jamás volverías.
Una mujer me tocó el hombro, entonces giré y la vi, tal y como la habías descrito, vi a aquella mujer con los mismos rasgos que una vez imaginé en tu madre, ya se habían vueltos reales.
—Abuela… Llegaste tarde, muy tarde…Antes de que de mis labios salieran más palabras, volviste a decir que te ibas; miré tus ojos, tu cuerpo inmóvil y velozmente miré a la abuela.
Ya caminabas de la mano con tu heroína. Lucías tan hermosas con aquel vestido floreado, con una mujer de hermoso cabello oscuro que fijamente te miró y sonreíste.
Nuevamente el viento susurró tu adiós, y al ver cómo te ibas caminando lejos de mí sólo me aferré más a tu cuerpo.
Entre la oscuridad, te perdiste lentamente; más lento de lo que te perdí a ti.
—¡Soy inocente! Empecé a gritar entre lágrimas. Soy inocente…
Pero tú, ya estabas lejos de mi vista, y si llegaste a voltear a verme por última vez, no lo noté.
—Soy inocente, susurré.
Cerré los ojos, ya te habías ido. Sentí tu cuerpo una vez más y la última lágrima que cayó, había terminado de extinguir aquel viviente fuego que solía ser tu amor hacia mí, tu pequeña homicida.

Seudónimo: Analogía