[Volver al índice de obras]

Mamá, fui a visitarte a tu cuarto en el hospital mientras te recuperabas de tu operación. Abrí lentamente la puerta miré, tu cama y noté que estabas dormida, entré con mucho cuidado para no despertarte, entré y me paré frente a ti. A contemplar tu hermoso rostro y sereno. Dormías tranquilamente, luego mis ojos se detuvieron ante un cuadro que nunca olvidaré. Ese cuadro eran tus manos, las manos de mi madre.
Las tenías cruzadas una sobre la otra, sobre tu regazo me quedé observándolas con tierna devoción. Nunca las había notado tan bellas, tán notablemente atractivas. Se veían trabajadas, un poco arrugadas, y los dedos deformes y callosos.
Absorto en este pensamiento, di marcha atrás en el tiempo y me pareció ver tus manos trabajando con el pico y la pala, con el sartén y el cuchillo.
Veía tus manos ordeñando las vacas y dando de comer a mis seis hermanitos. Contemplaba esas manos sembrando semillas en el surco y preparando la cena.
Me parecía sentir nuevamente sobre mi cuerpo el castigo firme pero amoroso aplicado por tus manos y el suave corre de tus dedos cuando me untabas la medicina en mi garganta para aliviarme.
Veía los puños de tus manos lavando a las orillas del río, luego observaba como planchaba rápido nuestra ropa para ir a la escuela. Veía tus manos probando la temperatura de la plancha o tomando ollas calientes sin mostrar señal de incomodidad, las contemplaba mientras amasabas  la harina  para tortillas de maíz.
Las veía lavando con cepillo, agua y jabón el piso de la casa, o barriendo el patio de las hojas de los almendros  que caía a montes frente a la casa o jalando la soga para sacar el agua del pozo… ¡Cuantas obras de amor realizabas  infatigablemente por tus manos agiles y serviciales!
Ahora comprendo por qué se veían trabajadas, gastadas, arrugadas y tus dedos  deformes y callosos .Pero era así como se veían más bellas. Esas manos que contemplaba eran las más hermosas del mundo, eran las manos de mi madre.
Tus manos hablaban de amor, trabajado, desvelo,  sacrificio, corrección, castigo, confianza, seguridad, protección y ternura. Tus manos se transforman en un maestro mudo pero elocuente, que me enseño todas las virtudes en forma práctica  e imborrable. Desee tener unas manos como las tuyas, pero eso no era posible porque solo había dos manos así, y eran las tuyas, las manos de mi madre.
Tus manos me parecían sagradas porque hablaban de abnegación y sacrificio. Se  posesiono de mi un temor reverente; tus manos me hicieron recordar mucho las manos de Cristo .Como ministro religioso, amo tus manos, las que por primera vez pusieron una biblia entre las mías.
No sé cuánto tiempo pase frente a ti contemplando tus manos. Solo sé que allí, junto a tu cama, vi  toda mi vida, desde mi infancia hasta ahora, y comprendí como tus manos me habían formado y guiado con un amor que solo el cielo pudo darte. Sí, en mi vida tú dejaste unas huellas que  no se borraran jamás, las huellas de tus manos, las manos de mi madre.
Mi madre estaba muy enferma sin esperanza de salvación por la fiebre próxima a lanzar su último suspiro acompañado de sus seis hijos.
Estaba su madre con los ojos clavados en el techo, las manos en cruz, murmurando, como si dialogara con su esperanza:
—¡Hijo mío!
Se  levantaba su cabeza pálida y febril  entre las cortinas de la alcoba oyó aquellas palabras sin poder contenerse dijo:
—Aquí me tienes madre mía, aquí me tienes.
Avanzando asía mi madre estrechando sobre sus brazos…
Fue un beso largo muy largo la eternidad de un amor y el fin de una vida, confundiéndose en dos bocas temblorosas…
Luego la madre abrió los brazos y cayó muerta sobre la cama. Rompí en ahogados sollozos. Tuvo que irse y salir.
A los seis días entraba un hombre por le enrejada puertas de presidio era el hijo cuando fue presentado al director exclamó:
—He ido a despedirme de mi madre; aquí me tiene usted, no pensaba escaparme y he vuelto.
El director había dado parte de la fuga, y él sufrió cuatro años de recargo en su condenada, había hablado a sus compañeros:
Pues vale cuatro años de presidio, el último beso de una madre.
Allí lo dejaron, le violentaron sus derechos, sufrió un derramen cerebral y casi muere por negligencia, también le rompieron una pierna durmió cuatro días en el suelo lo encerraron en una celda solitaria.
Era un hombre de 37 años, tratar de calmar la angustia de mi madre con un hijo preso término acusado de un sinfín de delitos tras las rejas.
Paso el tiempo y los años pasaron  y llegó la libertad.
—No puedo creer estoy.
—¡Libre, libre!
Mis hermanos me dijeron pellízcame creo que estoy soñando.

Seudónimo: Gata fiera