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Mientras usted caminaba por San Miguel una mujer lo había llamado desde la azotea de un edificio del frente suyo, pero usted continuó en su andar hacia la esquina que lo dirigía a la habitación de su hotel recién puesto en actividad. Se quejaba del calor de verano y presto acudió a la barra del primer piso donde ya lo esperaba dispuesto el barman enternado, enseguida lo apuró y le pidió que le sirviese una copa de Pisco Sour. Cuando iba retirándose, el barman se le había puesto en frente tendiéndole la mano, y usted tanteó dentro de su billetera unas pocas monedas. De pronto, llegando al pie de la escalera un llamado lo exaltó bruscamente, y tan pronto había revisado su cambio alargaba las piernas en su amplia cama de blancas sábanas. En ese momento, en la tranquilidad de su recamara, el brillo del sol le dio en toda la cara y corrió para cerrar las cortinas. Unos segundos más tardes ya reposaba entre sombras frescas, discretas, calmadas ante las miradas llenas de intensidad del exterior, descansó en penumbras.
Era de noche cuando usted, después de una jornada de agobiante trabajo, regresaba a su hotel que lo esperaba unas cuadras más arriba. Nadie comprendía que usted no había llegado a Perú como calidad de turista, y por consecuente en ese lapso le ofrecieron más de una vez habitaciones para su estadía y descanso. Usted sonreía falsamente, se hallaba frente a la mujer ocultando la indiferencia que se hubiera resuelto con el tic en los pies que tranquilamente controló antes del no, gracias, ahora duermo en una habitación en el hotel que está unas cuadras más allá.
Cuando se hallaba en su cama pensó por unos instantes cómo sería visto desde los ojos de las demás personas, para ser precisos, desde los ojos de aquella mujer pálida que le ofrecía habitación. Imaginó su imagen depauperada y ajada por el trabajo, marchitada por la rutina insensata de sus hábitos malhumorados, entonces no creyó posible continuar mirando. Caminó por la ciudad, por las cuadras que lo devolvían a otras cuadras similares en color y dibujo, y cuando se tranquilizó volvía a su hotel. En la plenitud de su alivio decidió entonces subir por las escaleras que terminaban en la azotea donde su respiración iba al compás del viento que corría como olas invisibles, se había apoyado en el pretil de hierro y asomó la cara hacia el abismo donde transeúntes perdidos rodeados entre casones, edificios y hoteles, caminaban y observaban el lugar, le perturbó ver de nuevo al hombre que desde su ubicación se veía minúsculo, con la imagen decrepita, y para animarlo le agitó la mano con una sonrisa desde muy afuera de la cara.
Se despertó agitado y corrió para abrir las cortinas donde sólo encontró a la luna que se le clavaba en el pecho, con el ambiente melancólico que producen las noches sin acompañamiento. Tardó un poco en encontrar el interruptor de la lámpara. Todavía a oscuras se dirigió a la puerta levemente alumbrada que lo llevaría al living del hotel. Y estando ya a poco de hablar con el recepcionista, se le atravesó la imagen de una persona duramente golpeada, obscenamente desgastada, horriblemente deformada. Huyó del lugar trastabillando entre sudores y miradas aterradas de los clientes, pero usted conocía su destino que lo reconocería al primer contacto, ese pensamiento lo tranquilizó, entonces caminó hacia el hotel del frente, habitación para una noche, por favor. Se dirigió con la ilusión de un rencuentro de años de espera, la amable mano que se posaría en su mano y lo invitara a caminar por el pretil de la azotea, y estuvo esperando que asomara el rosto todavía sin conocer, lo desconcentró el grito de una mujer que haría la limpieza y continuó esperando.

Seudónimo: Erick