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Estaba a un par de meses de cumplir 12 años, agotado por los exámenes finales, fiesta de promoción, otras actividades de mi padre —a las cuales lamentablemente siempre estaba obligado a asistir— enrumbamos a Ilo en viaje familiar para pasar las fiestas navideñas con los abuelos, algo que por cierto se convirtió en costumbre y tradición desde que tengo uso de razón.
Al llegar a Ilo, obviamente vino el caluroso recibimiento como cuando Guerrero desciende del avión luego de un partido triunfal y la hinchada lo ovaciona, el amor de abuelos es único e incondicional. Empecé a desempacar mientras mis papás contaban anécdotas mías —que no necesariamente son como yo las recuerdo—, de pronto mi abuelo se asoma a la puerta de mi habitación temporal, me asusté un poco porque pensé que aún seguía en la cocina hablando de cosas que para ser franco me aburren un poco.
Feliciano —mi abuelo— paradójicamente su semblante no reflejaba precisamente felicidad aunque yo siempre lo percibo risueño interiormente, me preguntó ¿ya viste el nuevo armario que compramos con la abuela? Ella y yo pensamos que ya era momento de que tengas un lugar y espacio donde acomodar tus cachivaches me dijo, luego de lanzar una sonora carcajada, y después me llevo a una habitación que hasta hace poco era el estudio del abuelo, luego señalo un viejo armario que había sido restaurado por el mismo, —¿quedo bien, no?— Me preguntó, a lo que yo solo asentí con la cabeza.
A mis —casi— 12 largos  años tener una habitación propia en casa de los abuelos era todo un logro, claro que ya tenía hace mucho ese “privilegio” en casa, pero a nadie le hace mal un poco más de privacidad, ordene mis cosas dentro del viejo pero restaurado armario, que ahora podía llamar “mi” armario y salí a socializar al parque con mis amigos de verano, los veía cada año y con Héctor y Manuel (mis amigos de verano) había mucha afinidad como la pasión por el futbol, y amor por los videojuegos y la playa.
El reloj marcó las nueve de la noche, nos despedimos hasta el día siguiente, cené y luego de una hora me dispuse a dormir en mi habitación, saqué mi pijama del armario, lo volví a cerrar, me acosté, paso una hora y escuche un ruido que parecía venir del armario, pensé que seguramente un ratón trataba de invadir mi armario, así que prendí la luz, me dirigí al armario lo abrí, busque, pero no encontré nada, así que volví a la cama y al rato volví a escuchar un ruido como si alguien rasgara la madera desde adentro, seguí pensando que seguramente era un ratón escondido en alguna parte del armario, no le di importancia y debido a que estaba agotado quede profundamente dormido, sin embargo tuve sueños bastante extraños que incluían a una rara criatura vestida de verde que me suplicaba que me acercara al armario.
Al día siguiente se lo comenté a mi abuelo y él me dijo que seguramente se trataba de un ratón, busco en el armario pero no encontró nada y me dijo que seguramente se escapó y que esta noche dormiría tranquilo, la verdad no le di mayor importancia y me fui a jugar con mis amigos temporales, por la tarde a la playa y por la noche ver un poco de tv.
Nuevamente llego la hora de dormir, y sucedió lo mismo que la noche anterior, ruidos que provenían del armario como si alguien —o algo—  arañara desde adentro, esta vez sí me dio escalofríos así que decidí traer refuerzos, y el elegido fue el abuelo Feliciano, quien, más por complacerme que por estar convencido, acepto acompañarme en mi habitación.
Apagamos las luces, pero mi abuelo decidió dejar abiertas las puertas del armario y nos quedamos observándolo casi a oscuras, solo alumbrados con la luz del celular. Lo que vimos a continuación fue sorprendente; desde el pequeño mueble un hombrecillo regordete y diminuto, asomó su cara entre las repisas, era de color verde grisáceo, estaba desnudo, tenía una especie de cuernos a los costados, sus ojos apenas parecían abiertos, en su boca redonda había dientes delgados, largos y afilados, sus dedos largos y delgados se tomaban de las puertas para impulsarse hacia afuera. Mi abuelo rápidamente encendió la luz de la lámpara y el hombrecillo se escondió nuevamente en el armario, revisamos el mismo, pero no había nada, esa noche dormí con mis padres.
Al día siguiente, mi abuelo y mi padre decidieron llamar al sacerdote de la parroquia que mis abuelos frecuentaban, le explicaron la situación, accedió a bendecir la habitación y el armario, sin embargo la decisión familiar fue deshacerse del mueble, mi mamá sin embargo propuso venderlo –al menos se podía juntar dinero para comprar un armario nuevo— y así fue, pusimos un aviso en OLX y en 2 días, el armario tenía nuevo dueño.
Regreso constantemente a Ilo, ya tengo 20 años, nunca supe nada más del armario, nunca, hasta ahora cuando leo en internet el titular de un diario on line: www.lacriaturaperu.com “Niña desaparece misteriosamente de su habitación” además añade “la niña indicaba que escuchaba ruidos extraños de un viejo armario que estaba en la casa que alquilaron para pasar las vacaciones de verano” ¿se trataría de mi viejo armario?

Seudónimo: Alfa