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Había sucedido contra todo planeamiento, sin embargo, si no hubiera regresado, las cosas serían otras, no reposaría ahora junto al viejo sauce que lo acogió en los momentos de su rehabilitación, no se dispondría ahora acabar con su vida y con su esperanza. Todo recuerdo anterior estaba renaciendo bajo el cielo raso, adaptando forma y color en el viento que le refrescaba la cara y que él odiaba cuando lo despeinaba otrora, pero ahora no sentía la más mínima aflicción por esos hechos pasajeros, existía algo que lo afligía más que todas los vilipendios del medio exterior, era un golpe permanente que lo devolvía al tronco del sauce, los embates eternos de su pasado que lo estimulaban a inmolarse.
En todo caso hay que empezar mencionando las fiestas navideñas que venían en forma de regalos para los niños y de palabras para los mayores; cuando Luciana Vera y Tito Pérez alistaban los últimos detalles de la ambientación: guirnaldas trasversales en las esquinas del hall, seguidas de listones lilas, ciñendo las esquinas del sillón que habían sido cuidadosamente colocadas en las partes más presentables de la sala. Entonces los invitados que llegaban saludaban a Alberto Vera, que se ofrecía como guardián, plantado en la puerta de entrada con el viejo terno de su matrimonio con Ana Pérez. Alberto Vera era el más animoso en los encuentros, tomando primero la palabra, lo distinguía su voz ronca, hacemos el brindis al mismo tiempo, decía mecánicamente, la fascinación por beber dos tragos al mismo tiempo y dejar que el paladar hiciera el resto, es necesario aclarar también que a Tito Pérez eso le parecía una exageración un poco burda.                                                                                                                                   Todo era rutina, cuando mamá llegaba del trabajo y entraba por la puerta era un hecho seguro verla sentarse en el sillón con los dedos entrelazados, hecho seguro también que Roberto Vera, mi hermano, encendiera la televisión del frente, movido por un código que equivalía al movimiento del pulgar de la mano derecha con el pulgar de la mano izquierda de mamá. Descendía del segundo piso Luciana Vera con la cara llorosa, cinco pasos largos pero lentos hacia el baño, y ya se sabía que en esa tarde no se comería carne en su honor.
Sin embargo yo no participaba en aquellos movimientos mecánicos que escondían un mensaje agazapado entre los miembros de mi familia. No recuerdo haberlos cumplido, y de alguna forma violenta mi presencia afectaba el sistema con mi revolución de ser diferente al resto, no me costó largarme de esa casa mecánica, apenas fue la seis de la mañana para irme sin regreso. Me gustaba pensar que provocaría una tristeza cuando se tuvieran que despertar a las siete de la mañana y ver, más por curiosidad que por benevolencia, mi habitación vacía. Mientras yo me hallaba atravesando el Valle de Chilina bajo el cielo tenuemente encendido por el sol protegido por las nubes, bebiendo el bálsamo de sus ríos adornados por arbustos mullidos, recordar eso me hacía sentir especial y por primera vez querido y visible.
No me costó regresar a casa, pero lo había meditado apoyado en el tronco de un viejo sauce horas antes, se hacían los recuerdos más fuertes cuando mis antiguas huellas se apoyaban sobre las nuevas cuando bordeaba el río con mí andar lento, a propósito era despacio, para saborear recuerdos con todas sus figuras. El fúnebre ambiente de mi cuarto vacío, que ahora sería un lugar religioso, venerado así por Tito Pérez que llegaría los fines de semana, por mamá que vendría del trabajo con la primera intención que sería rezar al pie de mi cama desolada. El viento que me movía el mechón de pelo que tanto había tardado en arreglarlo me causaba un odio estancado, entonces vino a mi memoria la imagen de Luciana Vera y mis demás hermanos, tardé en reconocerlos puesto que ahora les pesaba una cara de impotencia por remediar lo irremediable: avisarme para acompañarlos en el brindis, repartir los regalos a los niños de los Pérez y tantas cosas que hubieran querido enmendar y no podían.
Me acuerdo que llegué de madrugada, triste, emocionado, la alegría no me había dejado dormir, bien quieto me hallaba sobre mi cama esperando las siete cuando mi familia despertaría, o tal vez había cambiado la hora de despertarse, y decidí más fuertemente no dormir en esa madrugada. Eso y los pasos que se escuchaban, unos tacos golpeando el suelo, los escuchaba y me alistaba para hacer mi gran ingreso, la emoción me ganó y no esperé más que se escucharan más pasos, entonces abrí la puerta y dando un salto extendí los brazos.
Entonces ver la cara llorosa de Luciana Vera, mamá saliendo al mercado para comprar todo menos carne, el tronco del viaje sauce, una soga acariciando mi cuello, mis pies crispados ahí abajo.
Seudónimo: Dante Mariátegui