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Cuando llegué al final del camino sabré dónde te has ido…
Paso días pensando en ti, mi amada Flora, recuerdo tus ojos color a miel y tu boquita sabor a gotas de rocío del atardecer… si tan solo volviera a verte una vez más llegaría mi lamento a disiparse.
—Sí, sí, papay , ahoritita mismo mi patroncito —mi forma de hablar y mi expresión no eran propios de un pongo como yo, vestía un pantalón manchado con odio y remendado con dulzura; mi patrón no era del tipo bondadoso y amigable, siempre me tenía repleto de quehaceres y sólo por diversión me atormentaba con golpes, me ahuyentaba y me echaba de la casona para terminar en risa y carcajear a la distancia; era tan avaro que parecía no tener sus lujos, siempre andaba a sus anchas por la casona con un mismo pantalón y un sombrero de cuero fino. Era un anciano rechoncho y de mirada acusadora y cuando daba órdenes su voz se oía en todo el corredor de la hacienda.
A la hora de la comida nos dirigíamos por aquel pasadizo estrecho lleno de lamentos y quejas para dar con la cocina; recibir un pedacito de pan y agua de manzanilla. Cada vez que comía observaba al  anciano sentado en un poyo  cuyo rostro mostraba el desgaste físico por el trabajo inhumano.
—Ese pongo debe prepararse para la ocasión —dijo zalameramente el patrón.
Pues había recibido la noticia de que su hija llegaría a la hacienda
Todos los días mi rutina era: despertar tempranito e ir a la casona de mi patrón, a mediodía me llegaba el turno de pastar mis ovejas y tocar mi quena, acciones que me llenaban de jolgorio y alegría, pero aquel día llegó la hija del patrón, mi horario se ajustó y me quedé para celebrar, yo con mi chicha de jora y ellos con su vino limeño, pensé que ella era igual a su padre y no me dejaría ir a las faldas del cerro, actualmente conocido como la picota, a pastar mis ovejas o a dar melodías; pero  pronto encontré respuesta a mi pregunta. El patrón  mandó a su hija  que me siguiera para traer  una de mis ovejas. Se veía muy entusiasmada  y  aproveché el momento para entablar una conversación con ella. Me contaba  sobre Lima y yo de cómo eran mis días, ella empezó a mirarme de reojo y observó que traía mi linda quena, me pidió que le tocará alguna música pues ella no conocía tal instrumento, ese día toque con emoción.
Pasaron los días y nuestras salidas  se tornaron frecuentes, más miradas, más canciones, más risas…
Poco a poco se enamoró de mí y de mi talento, pero yo era tan arrogante y estúpido, que juzgaba a una criatura inocente por los errores de otros…
—Sumaq Qary, ven por favor —me dijo el patrón— sorprendido de tu gran capacidad para complacerme, he decidido que trabajes menos.
—¿Perdón Patrón? –respondí impresionado.
—Lo que escuchaste… dedicaras más tiempo al cuidado de mi hija.
La brisa rosaba mi rostro, el árbol que era testigo de mis lamentos, hoja tras hoja tocaba la tierra húmeda, el silencio reinaba, echado bajo la copa empecé la melodía más alegre, el pasto se movía suave y ligeramente hacia el oeste, y una revelación emergía del corazón… amo a Florita, tan dulce, tan hermosa, tan amable, tan… humilde...
—Amo a mi querida Florita…
—¿De verdad? —se oyó una lúgubre voz— ¿estás tan seguro de eso muchacho? —la voz era seca, las flores del campo empezaron  a marchitarse y la luz a opacarse— muy… bien —se escuchó un chasquido y de la espesura de la hierba emergió un zorro, empezó a correr e hizo lluvia torrencial.
—Sumaq Qary —se escuchaba a lo lejos– ayúdame —los truenos eran más fuertes. Era  la voz de Flora que se tornaba insonora— ¡Ayúdameeee…!
—Ya voy —respondí al reconocer la voz de Flora— ¡No!... ¡No! —el agua se tornaba roja… el cielo gris… el paisaje árido… y Flora… muerta— ¡No! –repetía y me golpeaba el pecho constantemente… me arañaba la cara y tiré mi quena… no podía ser peor— Dios… ¡Por qué me la quitaste! —mencioné entre lamentos, y ese día… toqué la soledad, toqué el frío y la angustia… las lágrimas mojaban  mis pies y abrazaba el cadáver de Flora; la hierba húmeda, se deslizaba por su vestido… empecé a tocar tristemente…

Supaypas apahuachun
Kaypim kachkan Florachay
Ñuqapim kan chiqniy,
Llaki, sapaymi kani
Ñuqamantam lluksin wiqiykunapas
Manam atinichu takiachiyta,
Llakipayahuay apu taytay,
Wañurachini kuyakuyniyta
Manañam kausay kanmanchu ñuqapaq
¡Ay! Florachay,
Mana allinta rurasqaypim
qam kuyayta atirqanichu 
ña chay wañuptikiña qaway
kayna wayrasqa tukuni
kinaytam waqachisaq
ñuqapa kunan chulla allinyanay
chay sumaq waqachiy
chay wañusqa sunquykimanta
lluqsichini…

Aún caía la tarde  con una niebla baja y densa cuando toqué mi quena por última vez. Sentí el aire helado recorrer mi cuerpo… no había duda, ella estaba ahí…

                                                                                                          Seudónimo:   Jest