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Tenía ocho años, pero a mi corta edad, estoy seguro que sentía amor; ella tenía los ojos café castaño, su cabello largo y blanco brillaba con el sol, su mirada reflejaba paz y ternura, sus manos siempre me acariciaban suavemente y su voz era dulce y tranquila, mi abuela me abrazaba cada noche y cada mañana, podía compartir con ella divertidos juegos  y así cada tarde se convertía en una nueva aventura, la amaba, y adoraba cuando en la mañana al despertar me llamaba diciendo:
—Matías, pequeño, ven a desayunar con nosotras.
Yo corría y sonreía a su bello rostro, me sentaba a la mesa y juntos orábamos el padre nuestro, sólo éramos los tres. Mamá me cambiaba y me dejaba con  mi lonchera en mano, me daba un beso y decía:
—Sé un buen niño Matías —luego salía por la puerta a su trabajo, yo me quedaba viendo cómo se iba por la ventana, me quedaba un momento en la silla mirando al vacío; pero luego mi abuela con su lento caminar, me tomaba de la mano y sonreía, cerraba mi mano en un puño y yo al abrirlo encontraba una vez más el dulce caramelo de todas las mañanas. Venía la señora Teresa, subía mi mochila en su maletera y me llevaba a la escuela. Formábamos e iniciábamos las clases, me divertía mucho, jugaba con mis amigos y al llegar a casa, mi madre me esperaba con el almuerzo, almorzábamos los tres y luego mamá leía mis cuadernos, me decía qué debía hacer para luego salir de nuevo a su trabajo, yo hacía las tareas y luego miraba televisión con la abuela, a veces esperábamos a mamá, cenábamos pan con mermelada junto a los deliciosos mates de la abuela para luego irme a dormir, o bien con la abuela o bien con mamá, pero ambas me llenaban de besos en las noches.
Una tarde alguien tocó la puerta, miré por la ventana, era papá, pero mamá me dijo que nunca abriera la puerta, pero era él, no lo había visto en mucho tiempo y ahora estaba ahí, cuando le dije a mi abuela, ella llamo a mamá, que por cierto llegó muy rápido, entraron y se pusieron a hablar, yo quería salir pero mi abuela no me dejó, encendimos la televisión de su habitación, y con el paso de los minutos, me quede dormido, cuando desperté le pregunte a mamá:   —“mami, papá se quedará con nosotros ?, por qué se fue?, mami estás bien ?”—entonces ella dijo—“Sí, estoy bien, dime hijo, quisieras pasar más tiempo con papá?, él vino para saber si podías ir a su casa, papá y yo nos separamos hace un tiempo, pero él te quiere mucho y quiere que te vayas con él”— ella tenía una mirada un poco triste, —“No, mamá, yo me quedo contigo y con la abuela, si papá decidió irse está bien, no lo odiaré por eso, pero tampoco las dejare solas”— le conteste muy firme en lo que había dicho, noté entonces que en sus ojos apareció un destello de alegría; me abrazo y sentí que era una buena decisión.
De eso pasó ya un año, papá no volvió a pedir que me fuera con él, pero sí venia una vez al mes para verme, entonces entendí que no era malo, y que también me quería. Pero algo cambio en ese corto tiempo, la abuela no podía caminar muy bien, le dolían los pies y a veces no terminaba de comer, mamá la llevó al hospital, cuando volvieron pregunté qué tenía y ella dijo que sólo debía tomar pastillas y debíamos frotarle los pies, pero que yo ya no podía dormir con ella. Pasó un mes y una tarde cuando le frotaba los pies, mi dulce abuela me dijo:—“Has sido un buen nieto, Matías”—mire su rostro y sonreía—“y tú eres una gran abuela”— entonces me levante, le di un beso y me fui, cualquiera pensaría que no era un buen niño, pero tenía una extraña sensación, no quería despedirme, no quería decir adiós, así que sólo me acosté. Al despertar no vi a mi madre, me levanté de un salto, miré en la habitación de la abuela, tampoco estaba, era sábado, así que entré en la cocina y me di cuenta que mamá había dejado una nota:

Matías, salí con la abuela al hospital,
volveré para el almuerzo,
tu desayuno está en el comedor,
no abras la puerta y espérame. 
Tu madre que te ama.

Encendí la televisión, era la hora de ver mi programa preferido, pero no estaba feliz, había algo que me preocupaba; cuando mamá llego le pregunte por la abuela, noté en su rostro que había llorado, traté de estar calmado, pero al preguntar si ella estaba bien, mi voz se quebró, me miro y me dijo que la internaron   —“estará bien”— entonces asentí con la cabeza, esa fue la tarde más triste para mí o al menos eso creía.
Mamá tuvo que repartir su tiempo, entre cuidarme, el trabajo y ver a la abuela, una de esas tardes llegó llorando, dijo que me cambiara, lo hice lo más rápido que pude, tomó algo de la mesa, cogió su monedero, una chaqueta y salimos, al llegar al hospital, me dijo que me quedara con mi primo esperando, mi madre y mi tía desaparecieron por el pasadizo, me quedé un momento mirando al vacío, luego mi primo Robert me dijo que cuando las personas mueren se convierten en estrellas, él era tres años mayor que yo,—“eso no tiene nada que ver”—le dije frunciendo el ceño—“Matías, debes ser fuerte, ella no se irá, estará en tu corazón, no podrás verla pero siempre estará ahí , quieres jugar con mi cel.?”— me pasó su celular y me quedé un rato jugando con él, luego salió mamá, mi tía la abrazaba, entonces salí corriendo, yo no estaba preparado para dejarla ir y tampoco quería estar presente cuando mi madre esté llorando, eso me mataba de dolor, no corrí demasiado cuando choqué con un hombre, lo miré, era mi padre, me lancé a sus brazos y sentí mis ojos arder, por mi rostro caían las lágrimas, comencé a gritar; quería verla, quería tomar su mano y besar su frente, me cargó y mi padre dijo:
—Tranquilo, ella estará contigo siempre.
Al día siguiente vinieron todos mis tíos, mi padre también estaba ahí, preparamos una comida exquisita, pero todo era triste, la nieve caía fuera de casa y dentro también, no quería salir del cuarto de la abuela, entonces entró papá.
—Hijo, tu madre necesita que estés con ella —pensé en mamá, recordé entonces, que la abuela era su madre, me levante de un salto, tome su mano y salimos a la sala, todos voltearon a mirarme, caminé sólo hacia la caja negra, mi abuela estaba adentro, besé el vidrio que cubría su rostro, entonces le susurre.
—Abuela, también te amo, extrañaré tus besos, los deliciosos mates, tu bella sonrisa, pero aunque pasen los años, no dejare de amarte.
Camine hacia mamá, la mire y dije:
—Ella esta con el abuelo, ella está en un lugar mejor, ya no le dolerán los pies y será feliz, ¿verdad mamá? —las lágrimas salían de nuevo— Sí, estará mejor y más feliz.
Mi amor, mi ángel, mi abuela es ahora una hermosa estrella.

Seudónimo: Ángel de porcelana