[Volver al índice de obras]

«Demasiadas cosas por pensar, muy poco por hacer», se limitaba una voz desgarradora que yacía esclavo en mi consciencia durante mucho tiempo; fuera mi desconcierto. O eso temía en justa razón, porque del razonamiento puro el corazón no entendía. Y para la mayoría de adolescentes más que carga era un castigo; así pues, presto a la manifestación lo imperdonable cesaría aquel día si de golpes la vida aun me transformara, idea que habría de analizar luego de pasarme horas y horas en el ordenar intentado buscar respuesta en las entrevistas de Marco Aurelio Denegri, Joaquín Soler Serrano o el mismo Mario Vargas Llosa que a mucho pedir  la emoción me embargaría al  observar  un Borges reír en sus últimos años de vida, bueno, cosas de crio. Ya por mi salida lograría pensar en algo interesante para escribir un cuento que la modestia de José Gabriel Valdivia postulaba en su retiro, ya saben, joven de 18 buscando un vestido al alma para ser feliz, eso o mis constantes morales que me traían como loco en la culpa y más miedos... Volvía  la  guerra y las calles de Arequipa postulaban la mayor hostilidad moral ante hombres y mujeres. La mayoría en post de sobrevivir se autodestruía (masoquismo público) en el intento de amor y el acto en sí mismo censurado por los medios de comunicación, que según encuentran disponible, la televisión comercial procuraba al 2018 presentar una mejor pornografía del crimen a sangre fría, o si es exacto en la audiencia critica el morbo en horarios de protección al menor, fuera la seducción de miles de peruanos y más aún la culpa de perder a nuestros niños. Lo poco me quedaba corto, miedos y más huidas del ser que llevo dentro esculpían lo poco hombre que predicaba en esos minutos caminando por la calle San Francisco, en cada paso amenazaba un nuevo juicio moral sobre la libertad, que ahora era mental y poco cuestionada por mi generación; caminaba y caminaba desesperado en busca de respuestas que no pude advertir la figura de aquel desconocido... 
—Señor, por favor... Unas monedas —se olía a crimen las palabras del viejo—. Por favor, tenga misericordia.
—Lo siento —le respondía—. Estoy algo apurado viejo, mañana si es correcto volveré, le suplico me disculpe.
«Decepción de humano», fue lo que me dije apresurando mi marcha. Hacía mucho tiempo que no me topaba con una situación incómoda, y más aún cuando terminaba de leer a Karl Marx. Pero sabrán, desde el concurso de declamación había que tener gran aceptación por los pordioseros, de lo semejante ante el nuevo Dios mercado y la imaginación propia de quien habiendo perdido todo su individualismo aun pedía la revancha, así fuera mi insensibilidad aquella respuesta más humana que nunca se repetiría, ¿no creen? En fin, era muy pronto la explicación y muy corto los minutos antes de llegar a la Biblioteca Mario Vargas Llosa, es decir, nunca me ha gustado ser impuntual y más aún si el encuentro era con Platón, en este caso con su libro «El banquete», el amor si fuera poco... Las constantes vitales predicaban la moral del día anterior, esas palabras que reunían el dolor humano y la consecuencia de una falta de cultura de prevención amenazaban a Romario en volver a guiar su instinto y llevar al pordiosero algo de comer, después de todo era lo mínimo según promesa vivida; quedó entonces explicarse una manera de liar el tiempo y parar en manos de un nuevo experimento social, hasta que...
«¿Qué pasará luego de que encuentre las respuestas en el conocimiento humano? ¿Podré alcanzar la libertad que busco? ¿Y si la alcanzo seré libre? ¿Cómo sabré que soy libre?», me dispuse a cuestionar lo que un día advertía como pérdida del individualismo, nada quedó libre, o si quedase fuese mis dudas y más dudas. Podía entonces reunir mis fuerzas y volver a Biblioteca Mario Vargas Llosa en busca de más respuestas... Encontrándose en el camino, el viejo que días antes había tocado el subconsciente de Romario se limitó a decir una sola palabra. Listo a la proyección del futuro, comenzó a sacar de su mochila un pequeño táper con comida, que disimulando el gesto le dijo:
—Tome señor, como se lo prometí. Un rico aperitivo, que no es mucho y falte mi necedad humana por lo del otro día—. El viejo que no advertía tal acto comenzó a encogerse y ya agachado la mirada  lamer  mis manos, suposición del acto anterior, fue mi predicción. Hasta que se rompió en llanto y se pronunció aquella historia al que pocos tenían derecho.
—Sabrá jovencito, yo nunca fui siempre un mendigo; ya sabe, la vida le golpea a uno muy fuerte y son pocas las revanchas que se da. Como puede observar, los años a uno le hacen más sabio... Y saber dónde estar en los próximos días no es un problema para un viejo como yo, pero sabrá, hace mucho, cerca de los 28 años, yo era un chaval que se metía en líos con la aristocracia, recurrentemente por mi actitud revolucionaria. La sociedad, como era conocida... Los inmortales en un Arequipa buscando el goce de sus hermanos, podía las revueltas sociales dar camino a la libertad. Benito Bonifaz, como la vida se nos tendiese, fue el héroe que nos guio en el camino, por mucho en esos 98 que poco se sabe en la historia.
—Espere —interrumpía al viejo—. ¿Quiere decir que usted perteneció a la columna inmortal?
—No exagere chaval, era muy pronto para mis 15 años, pero si los jovencitos de ahora hubieran observado lo que mis ojos vieron, poco de cojudeces y más trabajo sería la consecuencia de este siglo.
—Lo entiendo, sería algo abominable imaginar la matanza —le respondía con cierto interés histórico—. Pero los tiempos cambian mas no la actitud guerrera de la nueva generación. Conocerá usted el viejo refrán de Dolores Ibárruri "El mejor guerrero no es el que triunfa siempre, sino el que vuelve sin miedo a la batalla"
__No me venga con el positivismo crio —respondía el viejo alterando el momento— aquellos años fueron de sangre, en las calles no había mejor expresión que madres e niños llorando por un futuro mejor, no me venga con esos personajes que los verdaderos guerreros muertos en el tiempo están.
—Vamos viejo, no incite la pérdida. Es muy seguro que faltaba más cabeza que fuerza bruta; si no es mucho mi comentario, lo mismo ocurre en este siglo..
—Bueno jovencito, es mejor sellar los recuerdos con golpes de vida. ¡Míreme! Yo soy la consecuencia de aquel tiempo de guerra —asentía el viejo ante la vergüenza de quien no logra nada en la vida.
—La guerra aún sigue viejo —volvía al asunto moral—. Pero ahora las guerras se libran consigo mismo, usted puede comprobarlo en la mayoría de personas que pasan por este lugar, niños en el juego de la televisión, jóvenes en busca de respuestas y los adultos en la culpa de quien ama, con la esperanza de haber educado correctamente a sus hijos y aun sensatos poder incluirlos ante una sociedad hostil.
—No hay menester —me respondía el viejo—. No dudo la tragedia joven. Pero el dinero, el maldito dinero con el poder lo cubren todo.
—No todo. ¡Aún se puede! —me dirigía más empático ante el viejo—. La verdadera libertad está en los libros viejo, la lucha constante a confines donde la ciencia poco obedece; la moral, las emociones, el individualismo, la sexualidad, la educación. Tan solo imagine los posibles de esta nueva Arequipa... En fin —tratando de cambiar el tema ante la mirada de impotencia y agradecimiento del viejo—. Creo que el tiempo es peor tirano y nuestra tarde perdida en cuestiones de guerreros estará. Pero dígame, ¿cómo se llama?
—Ricardo Moler, para servirle. 
—Yo Romario, candidato a escritor y próximo humanista.
—¡Válgame! Nos salió otro crío manoseado.
—Sin rodeos Ricardo, ya sabe usted; hace falta mucha cultura y yo tan solo soy una existencia en busca de respuestas, o al menos un cuento que narrar.
—Ja, ja, ja. Lo que necesita usted y la mayoría de críos, es un cambio de rutina en el libro humorístico (la Constitución), que un guerrero como los que dice existir, debería primeramente investigar y pronto con el brío humano sentar cabeza en la sociedad.
—Le apoyo Ricardo, algo sensato tenía que salir de esta conversación—atrevía mi último comentario sarcástico—. Bueno, me despido, ya es hora de irme, cuídese mucho.
—A usted señorito, muchas gracias por la tarde, que dios le bendiga.
—Igualmente Ricardo.
Presidian ya las 6 de la tarde, y para suerte mía faltaba tan solo un día antes de la entrega de mi cuento. «Ya temía esta intuición», me decía cada 5 minutos en el viaje de regreso a casa... Era de mañana y los sentidos de Romario cada vez se aturdían. «Hoy escribiré lo más hermoso que nadie ha leído», se resumía el acto de escribir en 7 horas lo que hace 20 días estaba planeado... «El viejo Moler tiene razón, tengo que investigar mis dudas y en el empirismo absoluto demostrarlo». ¡Eso es! Esa es la respuesta y el cuento que buscaba...

Seudónimo: Aedo