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Otro día de domingo común para todos. Otra vez a continuar la rutina de siempre. Despertar, desayunar, ir a misa y escuchar decir a todos que se aproxima el peor día de la semana: lunes.  Esta apreciación no me cuadra del todo. El extraño modo de pensar que llevo desde mi ingreso a la adolescencia me hace dudar no solo de eso. O tal vez no fuera esto y sí lo otro, el sentimiento extraño de aquel encuentro. Igual, los días más aburridos considero que ya no son los domingos, aunque sigan siendo copia de algún hecho alrededor del cual gira toda mi semana.
Salí de casa aburrido, sabiendo que tenía que aguantar el sermón del padre para poder hacer una tarea que ya ni sentido tenía. Saqué los audífonos de mi bolsillo junto al reproductor. Comencé a escuchar música mientras en la acera daba pasos cortos y silenciosos para no despertar la atención de las personas. Después de 20 minutos caminando llegué a la avenida que debía cruzar para llegar a la parroquia. Me detuve mirando detalladamente los carros, a decir verdad, me gustaba encontrar alguna semejanza entre sus dígitos de las placas. Desde una de las esquinas que llevaban a la parroquia vi cómo el sol iba hacia mi destino. El engaño nació de sus lentes, pero igual fui detrás de ese brillo. Parpadeé un pequeñísimo instante, y sin darme cuenta, su sombra ya iba desapareciendo mientras ingresaba a la parroquia. Sin pensarlo dos veces tomé impulso y corrí, me detuve en la puerta, hice la genuflexión y me senté dos bancas atrás de ella. El padre al terminar la penúltima canción dio algunos avisos, la verdad no me importaba la mayoría de veces; sin embargo, me acuerdo de una perfectamente que dijo ese día: “La catequesis está próxima a comenzar, los que quieran participar de ella les invito a inscribirse”, con esas palabras se retiró del altar. En todo momento mantuve mi distancia para evitar cualquier sensación de acoso. Ni bien salió se acercó a su madre y le dijo que se inscribiría en la catequesis. Esperé a que se fueran y también lo hice.
Desde allí, lunes a sábado pasaba las horas esperando el domingo para volver a verla. Había cambiado mi forma de pensar. ¡Qué perfecto es el domingo! Al llegar aquel día me levantaba a las 8 de la madrugada para poder llegar temprano a la catequesis, pues comenzaba a las 9:30 am. Tenía toda esperanza de llegar temprano. Me aseaba, me cambiaba y partía.
El primer día todos nos saludamos y dijimos nuestras futuras profesiones: Ingenieros, mineros, psicólogos, médicos, policías, taxistas, cobradores, actores y hasta emolienteros había. Una hermana entró y nos dijo que iba a designarnos diferentes catequistas, escogió al azar, y sin darse cuenta se llevó a mis dos mejores amigos.
El siguiente domingo esperé ansioso el recreo para verlos. Sin embargo, antes de salir el catequista nos dio una noticia: “Dentro de un mes habrá un campamento, el costo es de S/.100 y se otorgará algunas rifas para que junten el dinero”. Entramos a misa y nos sentamos en las bancas del medio, cantábamos feo pero con sentimiento, a veces hacíamos una voz aguda intentando imitar a la corista. En la comunión vi a la chica de nuevo, acercándose para comulgar. Me alteré. Empecé a jalonear a mis amigos y a decirles con voz susurrante: “’Es ella, es ella…”. Cuando salimos de la misa le dije a mi catequista que me diera las rifas creyendo que ella iría. Mis amigos me apoyaron diciendo que me ayudarían a venderlas.
Los domingos después de la catequesis íbamos a un mercado que quedaba cerca y de puesto en puesto preguntábamos si nos podían apoyar. Había podido recaudar S/. 30 del total y ya no tenía tiempo. El mismo día de la rifa hubo una feria al frente de la parroquia en el cual estaba mi catequista, le pedí permiso para poder vender las rifas y aceptó la propuesta.
Vi a una antigua amiga por los “taca-taca” y me acerqué. Le dije si podía colaborarme con una rifa y me lo compró sin dudar. Mis ojos, por cosas de la vida, giraron unos 45º y miré a la persona que menos me lo esperaba pero más lo deseaba. Era ella. Aquella chica que llamó mi atención. Me sonrió y brotó un aura de alegría. Le pregunté si ella también podía colaborarme, pero dijo que no tenía dinero. Se lo repetí 2 veces y en la tercera algo cambió en ella, sacó 1 sol de su bolsillo y me lo dio diciendo: “Era para jugar un rato”. Por lo que me pude dar cuenta, era el único sol que tenía en el bolsillo. Escribí en la rifa su número y su nombre: Lorena.
Seguía buscando a personas que puedan colaborarme y solo la encontraba a ella, era raro pero perfecto. Al llegar a mi casa le dejé un mensaje diciendo: “Hola, soy el de las rifas jaja. ¿Me podrías acompañar a dejar las rifas en la noche?”. Esperé toda la tarde a que conteste y no lo hacía, llegué a perder la esperanza y de pronto me respondió: “Sí me acuerdo jaja. Está bien, pediré permiso y nos encontramos a las 6:00 pm (esa era la hora de entrega)”. Llegué 6:15 por algunos inconvenientes y ella me estaba esperando en el mismo lugar en el cual la había visto por primera vez. Se me acercó y nos saludamos. Dejamos las rifas y fuimos a caminar un rato, ya que nos dijeron que se iba a postergar. Íbamos dando vueltas a la manzana y preguntándole cosas que le gustaban: color, comida, película, libro, etc. ¡Teníamos casi todo en común! Hasta el mes de nacimiento, aunque era mayor por 1 año. Ya se había hecho tarde para ambos, me dijo que se tenía que ir y antes de hacerlo la abracé, cuando nos soltamos le dije que se cuidara y rozamos nuestros labios.
El día siguiente desperté aburridísimo sabiendo que era lunes. Tenía que esperar otros 7 días para verla de nuevo, terminé mis tareas, los quehaceres y fui al colegio. Llegué tarde. El día estaba de mal en peor: 30 minutos raneando. Sin embargo, cuando ya nos estaban haciendo pasar la vi, no tenía idea de que estábamos en el mismo colegio y, al verme, me sonrió. Por arte de magia todas mis preocupaciones desaparecieron. Aquel día me fue de maravilla.
Toda la semana se pasó volando, domingo llegó tan rápido como se fue. El domingo estuve temprano. 9:45 ya estaba en clase. La clase estaba más aburrida… Nadie hablaba ni se movía, junté las manos y le pedí a Dios que acabara rápido toda la jornada. Creo que esa fue la primera vez que rezaba en la catequesis.
Terminó todo. Estaba contento, ahora solo tenía que recoger mi tarjeta de asistencia para poder irme. Recogí mi tarjeta y la volví a ver. Ahora el objetivo era pedirle que nos vayamos juntos. Tomé valor y me acerqué sin pensarlo, lo que pienso nunca sucede, tartamudeando le dije si la podría acompañar y ella aceptó riéndose de mis nervios. Se despidió de sus amigas y nos fuimos. Unas cuadras antes de llegar a su casa nos sentamos a conversar. Puse una canción que si mal no recuerdo era “el día que me quieras” y me preguntó por qué me había puesto nervioso. Le dije que me era difícil iniciar conversación con una dama. Y se volvió a reír. Me dijo que si quería podíamos irnos todos los domingos juntos y acepté sin dudarlo. Le extendí mi mano y retomamos el camino hacia su casa, varios de sus vecinos pasaban y la saludaban, era medio incómodo para mí no saludar, pero ella estaba tan feliz que no le importaba que la vieran conmigo.
Dudas en ese momento me sobresaltaron. Sabía lo que decían de mí en el colegio y no era bueno, algunas cosas se inventaban y otras eran ciertas. Su conjunto formaba a un Dorian Grey, la pintura que no quisieran ver y, la razón que la apartara de mí. Pasó poco tiempo para que sucediera. Me encontré con ella en la fiesta de un compañero y le habían contado. Pero ella tampoco estaba limpia del todo. Días antes de conocernos ella había terminado una relación al igual que yo, el fantasma de nuestro pasado atormentaba la “relación” que teníamos. Al verla noté que sus ojos estaban inundados y tenía un papel en su mano.
—¿Has llorado? —pregunté tontamente, sabiendo que sí.
—No, no te preocupes —respondió con una sonrisa.
No le gustaba contar sus problemas. Tal vez no me tenía confianza. Tal vez no se los contaba a nadie. Ese día hicimos un pacto inquebrantable, el de seguir adelante pase lo que pase y, que cuando nos peleemos, dejemos el orgullo a un lado y solucionemos el problema. Si queríamos que funcione debíamos de ser maduros, pensar como personas de 30 con tan solo 14 y 15. Como si los 30 fueran garantía de algo. Y, cuando mi gracia ya no surtiera en ella una sonrisa, la dejaría ir, después de todo, no teníamos un noviazgo, seguíamos siendo amigos hasta ese momento.
 Días después me dijeron que había regresado a su relación, y verdadera, anterior. La presión de los padres de su ex enamorado hizo que se quedara sin elección. Sin explicación decidió alejarse. Acepté su alejamiento y no le di tanta importancia porque sabía que iba a estar bien. Regresé a tener la vida de antes, a salir con una amiga, y allí fue donde tomamos caminos diferentes. La seguía viendo en el colegio, pero no le decía nada, parecía que así debía acabar.
Uno de mis amigos de primaria salía con una de sus mejores amigas, le dijo que me dijera que Lorena no estaba bien, que su peor decisión había sido alejarse de mí. Le volví a hablar y me dijo que me extrañaba. No negaba que yo a ella también, pero en ese momento no sabía que decirle. Empezamos a salir cuando me dijo que había terminado con su ex, pero yo no había dejado de salir con Magda.
Todo volvió a ser comienzo. Regresábamos juntos después de catequesis y eventos del colegio; comprábamos chicha a la vuelta de su casa, se lo daba y nos íbamos.
 Decidí alejarme de Magda, solo me concentraría en Lore, la completa y única razón de cambiar lo que solía ser.
Alrededor de la semana para matar el aburrimiento arrancaba hojas de mi cuaderno y escribía frases de canciones que me recordaban a ella. Charly y Calamaro me susurraban las frases, pero yo se las cantaba.
Hay específicamente un domingo de septiembre que no voy a olvidar. Disponía a dejarla en su casa después de la catequesis cuando, a 4 casas de la suya la agarré de las manos y mirándole le dije que no quería seguir siendo solo amigos, obviamente no lo éramos, pero faltaba algo para identificarnos: un aniversario. Tenía que ser una fecha donde no habría interrupciones por parte de nuestros parientes o cumpleaños. 30 sería el día. Era el fin de un mes, pero con el pensamiento que comenzábamos uno juntos.
Las tardes de Navidad y Año Nuevo las pasamos juntos ya que caía domingos, íbamos a comenzar juntos un nuevo año, algo que parecía que ni uno de los dos había experimentado antes. En todo enero no salimos, ya que la catequesis nos había dado un receso, en febrero había iniciado la academia y eso limitaba las posibilidades de encontrarme con ella.
Lorena tuvo un problema familiar muy grave, tanto que no tenía cabeza para nada y decidió terminar nuestra relación de 3 meses y medio. Traté de comprenderla ya que necesitaba su espacio, sabía que iba a suceder y traté de asimilarlo lo más que pude. Algunas veces le dejaba mensajes para ver si respondía pero no era así. Mi error fue haberme alejado de ella sabiendo su situación.
Pensé que no me iba afectar mucho y seguí con mis estudios. En la academia las clases eran aburridas, todo lo que enseñaban era básico y fácil. Los domingos recordaba todo lo que vivíamos y se pasaba rápido… Con Lorena hablaba demasiado poco, a veces me saludaba pero no respondía, pensé que sería lo mejor, ya que no quería que cargue con un peso más al hablar conmigo, le preguntaba cómo estaba y allí acababa todo.
Iniciaron las clases y ya estaba mucho mejor, aquella despedida estaba casi olvidada. El primer día saludé a mis amigos y profesores, escogimos nuestras carpetas y esperamos que los profesores se presenten. El domingo de esa misma semana volvió a comenzar la catequesis, pero ahora en la tarde. Ahora me iba solo, me dormía en misa y mandaba a volar las explicaciones del profesor. Todo acababa 5:00 pm, en mi casa estaba antes de las 5:30 pm.
Mi compañero nos invitó a una fiesta, pensé que serviría para despejar los recuerdos y acepté sin dudarlo ya que por como lo decía, la fiesta iba a estar de locos, tanto así que fue la mayoría de la clase y hasta las mujeres se habían enterado. Fui a la casa de un amigo y de allí a la fiesta, nos encontramos con los testigos y empezamos a buscar a chicas con quienes bailar, para nosotros nadie era digna ya que nos hacíamos los fresones. Me acerqué al chico que en algún momento me dijo que Lorena me extrañaba y le dije que me contara cómo se lo había dicho su enamorada mientras tomábamos una gaseosa barata. Sin que se dé cuenta vi sus conversaciones y extrañé los momentos en los cuales hablaba así con Lore. Siempre escuché decir que lo peor es hablarle a tu ex mientras estás ebrio, pero en ese momento ni estábamos ebrios ni tenía nada que perder. Así que le pedí prestado el celular y le mande un mensaje diciendo: “Te extrañoooo. De: <2+1”. Y esperé a que acabara la fiesta.
Al día siguiente me dijo hola y le pregunté si había visto el mensaje, me dijo que sí y que ella también me extrañaba… Volvimos a hablar de seguido y quedamos en regresarnos juntos de la catequesis otra vez. Ese día William tenía que vender bingos y había quedado en ayudarle en otra catequesis, pero a la hora de la hora me quede con Lorena y le dije que después lo iba a alcanzar. Lorena me acompañó hasta una cuadra antes de donde estaba William y nos sentamos. Empezamos a decirnos como nos había ido en la semana, todo era risas hasta que llegó ese silencio incómodo. Estuve tan obsesionado en decir algo y se me salió un: “te extrañé muchísimo”, y ella me contesto de forma positiva: “yo también”, en sus ojos podía darme cuenta que lo decía de verdad. La abracé y le dije para regresar, lo nuestro se caracterizaba porque había pasado todo muy rápido y, eso lo comprobó, me dijo que sí y nos retiramos sin hablar de los bingos.
Una semana después me tenía que ir de retiro espiritual con el colegio, lo único que pensé era que ella estaría feliz porque siempre le gustó lo católico, me volvía loco su obsesión por asistir y participar de misa y estar en grupos que aportan a la iglesia. Me dijo que me cuide y que haga bien los ejercicios espirituales, que ella estaría en el colegio esperándome en el regreso.
Fue como me lo prometió, al regresar ella estaba sentada en la esquina del colegio con su amiga (que era la saliente de mi amigo) y nos fuimos, ya que ese mismo día ella se iba a ir de retiro… Podía ver que estaba feliz, porque sí disfrutaría yendo a ese “curso”. Antes de irme me dio una carta y me dijo que la lea llegando a mi casa. Fue la primera vez que ella me entregaba algo. Me puse tan feliz que esa carta hizo que extrañe cada día más su regreso. Regresó un jueves, justo en mi recreo, la vi de lejos y ella me saludó, que ella me salude en el colegio era algo muy bonito, ya que sentía que no me debía de preocupar por nada.
El domingo en catequesis algo había cambiado, quería impresionar a Lore y me confesé para poder comulgar, ella no me lo había pedido, pero sentía que en el fondo ella lo quería. Saliendo me abrazó, sus ojos estaban llenos de orgullo: “Gracias, hazlo siempre”. Tres palabras que me marcaron, yo era el que tenía que agradecerle. Lorena no solo había cambiado mi forma de ver el tiempo, también la religión. El mismo mundo. Mejoré en todo, siento que sin saber todo igual podemos llegar a algo bueno.

Seudónimo: GalliCCia