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Este cuento me lo narró mi abuelito en una de esas tardes de regreso a casa del año nuevo andino y, antes de acompañarme en esta travesía, sería oportuno que tengan a lado un matecito de muña para cuando terminen digieran como yo lo hice al llegar a casa.
En una noche oscura que la luna más hermosa no brillaba sobre los caminos, mi abuelito Martín y su padre Martín retornaban de su hacienda que se encontraba en las faldas del cerro San Carlos. Ellos se dirigían a su otra hacienda ubicada en Pantihueco donde vivían sus familias.

Thaki, thaki, thakilla
kawkita juttha, kawkirusa sarttha
Thaki, thaki, thakilla (1)

La noche era tensa y el frío silbaba muy fuerte a los oídos de los viajantes. Mi abuelito y su padre cabalgaban a caballo porque tenían que pasar por lugares malvados y peligrosos. Hasta que se encontraron en uno de esos lugares tenebrosos: Wallpani. Éste se encontraba entre la frontera de Tarawankuni y Pantihueco. Mi abuelito y su padre pasaron con la fe remendada en el corazón y… no les pasó nada malo, entonces se pusieron muy felices por haber atravesado dicho lugar.
El viaje continuaba guiados por el sentido de los caballos y… en una de ellas escucharon un ruido extraño. Como la luna no brillaba no se podía distinguir ni señalar lo que era. Entonces, mis abuelitos apaciguaron el galope y… en medio de la noche vieron una sombra negra que parecía una persona, pero no era persona; sino, ¡un zorrino! Estaba parado en sus dos patas en medio del camino. Mi abuelito se asustó mucho, pero su padre le tranquilizó:
—Solo es un zorrino, hijo, avancemos.
—No padre, no avancemos, mira, hay muchos zorrinos —respondió su hijo con una voz frígida y temblorosa. 
Era verdad, aparecieron zorrinos grandes y pequeños, de colores negro, blanco, plomo y otros que no se podía distinguir por la acuarela de la noche. Éstos, lentamente les rodearon a mis abuelitos. Los caballos se asustaron, se pararon de dos patas y su relincho rompió aquel silencio nocturno; y, por consiguiente, los viajantes cayeron al suelo, lastimados. Seguidamente, en un abrir y cerrar de ojos vieron cómo esos zorrinos vinieron corriendo hacia ellos moviendo sus colas más grandes que sus cuerpos. Y el ataque comenzó. Les saltaron de todas partes. Sintieron numerosos cuerpos estrellarse contra sus cuerpos. No se imaginan cómo mis abuelitos ya estaban adoloridos de recibir tantos golpes, y en ello mi tatarabuelo haciendo esfuerzos le dice a mi abuelo:
—Martín… finjamos que… estamos muertos… Sé que… resultará…
El hijo aceptó y se quedaron quietos, y sus pulsos se disiparon en medio del manto negro. Luego, los zorrinos se bajaron, se reunieron y empezaron a discutir en su idioma. Mi abuelo me dijo que en noches de luna nueva se puede oír el lenguaje de los animales en nuestra lengua. Aquella noche debió ser una de esas porque los zorrinos discutían en el idioma aimara. Así que, un grupo de zorrinos empezaron a cavar un hoyo y los demás vigilaban a los viajantes derribados.
Wawanaka,
¿kunaraki aka jakañaxa?
¿Khitinakasa awkitaykamaxa?
¿Khitinakaraki yanapt’apxatamxa? (2)
El primer equipo de zorrinos hizo un gigantesco hueco y al ver que era adecuado, silbaron al segundo equipo para que lo arrastraran y metieran al hoyo profundo. Después, todos participaron en el entierro, con tierra, pastos, raíces secas, pajas y otros arbustos del camino oscuro. 
Mis abuelitos permanecían bajo tierra. Ellos, desde abajo, oyeron que los zorrinos hicieron un círculo alrededor de su tumba, escucharon a uno de ellos comandar y realizar un rezo más extraño que no habían oído, y al término de ésta todos lloraron como las personas en sus entierros. Al final, orinaron sobre el féretro de tierra y se marcharon.
Poco después, al cerciorarse que la noche volvía a alquilar otra vez al silencio, mis dos abuelos Martín salieron a garra de uñas de las profundidades del subterráneo. Asombrados, llamaron con un silbido sosegado a sus caballos que se habían ocultado y presenciado la escena desde unas piedras. Reanudaron su viaje y al llegar a sus hogares contaron a sus hijos y a su esposa lo ocurrido en el camino de la noche.
Mi abuelo Martín me dijo que vino el viento y se los llevó a los zorrinos y en cuanto al cuento, al pueblo. Y desde entonces esta historia se rima cada vez que uno atraviesa o va enrumbar por esos parajes.

Seudónimo: Sank’ayu Panqara

(1) Traducción del aimara al castellano: 
Camino, camino, caminito / de dónde vienes a dónde vas / camino, camino, caminito.
(2) Traducción del aimara al castellano:
Hijos, / ¿qué es esta vida? / ¿Quiénes son tus padres? / ¿Quiénes les va a ayudar?