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Las flores abrieron sus capullos. Dejando entrever la impresionante belleza, para lo cual fueron objeto su creación. Ese hálito perfumado cual mítico sortilegio, se siente por doquier en los jardines de la antigua casona, mi hogar.
Recuerdo cuando niña, sus altas paredes de sillar me causaban una ligera sensación de opresión y fantasmagoría. Sobre todo cuando en aquellas largas tardes de verano,  Faustina nos reunía en torno a una mesa de la cocina y nos relataba antiguas  historias de aparecidos y almas en pena. Las leyendas de “Mónica, la condenada” y “El cura sin cabeza” eran mis favoritas, sobre todo esta última, que aun   años después cuando regresaba por las noches a  casa, el hecho de  pasar cerca del callejón de la catedral causaba que una alta carga de adrenalina discurriera aprisa por  mis venas. Mi querida Faustina, mi niñera, en aquellos años; pero más aún  mi  “mamá chiquita” mi cuidadora…
Sentir  los movimientos telúricos, como suave estremecimiento; acusa mi corazón como el latido de las entrañas de mi tierra, Arequipa.
Ignoro la procedencia de este llamado “orgullo arequipeño”, sentimiento de  pertenencia a la región; pero, es tan arraigado. Algún día lo consideré un asunto inverosímil; no obstante,  lo siento palpitar plenamente en cada una de mis más  íntimas fibras. ¡Qué linda mi tierra! ¡Arequipa, roja y blanca, bicolor!
En este mes de agosto, en el que celebramos su  aniversario de fundación, es realmente imposible fingir que nuestros corazones no se inflaman, palpitan, se desbordan de amor por nuestra querida “Patria” —sin altanería— Izando la bandera, que flamea primorosamente sobre cada una de las casas, llevando orgullosos en la   solapa el escudo; y de pronto, solo apetece  consumir sus deliciosos platillos tradicionales, amenizados con las notas de un bello yaraví. Y por qué no, proclamar la belleza de su naturaleza, al mundo.
Definitivamente el auténtico poblador arequipeño posee un corazón de valiente complejidad, acompañado de la hidalguía de un espíritu que no sufre en vano; que sonríe despectivo y desprecia todo tipo de subordinación.
Recorrer las calles y sentir un cálido ambiente de amoroso orgullo. Las personas transitan con miradas cómplices y sonrisas espontáneas.
Hacia la medianoche del decimocuarto día, la ciudad entera se pone de pie para cantar solemne  las melodías de su acompasado himno. Y para quienes no pasa inadvertida la obligatoriedad de contonearse al compás de su tradicional carnaval.
Soy heredera  de linaje ancestral, de orgulloso origen, que ama profundamente a su tierra natal; su arquitectura, expresada en casonas coloniales, iglesias  y conventos en volcánico sillar; matizada con la aún encantadora campiña,  al pie del coloso y elegante volcán Misti; su espléndido cielo azul, la cristalina corriente del río Chili que atraviesa la ciudad, su exquisita y singular gastronomía; costumbres, tradiciones e impactantes mitos y leyendas.
Mi hermoso jardín se ha poblado de rosas y claveles rojos; pese a la insistencia, de aquel cantarino pajarito, cuyo esfuerzo musical,  ya empieza a colmar de impaciencia mis mañanas.
Su canto dulce, alegre, melodioso, bastante inapropiado para un amanecer adolescente. Teniendo en cuenta mi biológico desajuste  de melatonina, que hace que me cueste tanto, alejarme del calor de las sábanas, al mundo.
 Considero que me ha tocado una vida cómoda y ligera, cuya única preocupación es hacer las tareas cotidianas y cumplir con la labor académica. Ajena por completo a diferentes situaciones familiares que observo en mi entorno. La problemática familiar suele ser muy álgida y triste en un amplio sector de la población infantil y adolescente.
Fue en un día de aquellos, un día de reflexión, cuando el cristal de mi perfumada burbuja, se rompió.
Comenzó una noche, de manera inexplicable, con un ruido de misteriosas pisadas en el pasillo principal; continuó con el crujido de mi puerta, cual si intentaran abrirla,  a las tres  horas cada madrugada  de las siguientes semanas.
Aun así no me di por aludida, no sentí alarma ni temor alguno. Sentí más bien una ligera curiosidad; pero asumí serían ruidos provocados  por la contracción de la madera al frío de la noche. Después, noté que  algunos objetos personales, desaparecían. A veces aparecían en otro lugar y en diferentes circunstancias.
Mi más seria incomodidad  surgió aquella madrugada en que me encontraba interpretando al piano “Fantasía Improntu” por décima o vigésima vez, siempre con el objetivo de  lograr su perfección musical; cuando advertí, que a intervalos se escuchaban pisadas que ascendían por las gradas hacia el  tercer piso.  Desconecté rápidamente el piano, apagué las luces y subí tan aprisa a mi cuarto que caí de rodillas un par de veces,  para luego cerrar la puerta con gran precaución  evitando causar el menor ruido.
Una noche le conté a mamá sobre mis supuestas “aventuras paranormales”; pero ella solo atinó a sonreír y considerar que serían ruidos provenientes de la calle o tal vez del vecindario y que mi imaginación disfrazaba como ruidos de nuestro hogar.
También mencionó una particular “teoría”  en la cual consideraba que todos los seres vivos e inertes poseían energía. Y que cuando se extinguía lo hacían lentamente, de tal manera que de algún modo,  quedaban grabadas y afloraban cuando menos lo esperábamos, y esto  hasta que se extinguieran por completo.
—No todo lo ha descubierto la ciencia —sentenció— existen leyes físicas aún ignoradas.
Cierto día  sus leyes de física se vieron desbaratadas cuando una mañana advirtió once llamadas perdidas, provenientes de su celular en desuso; un celular sin línea y sin batería, desde la soledad de la habitación contigua, durante el transcurso de la noche anterior.
Describían un patrón de tres y ocho minutos entre llamada y llamada a intervalos de hora; hasta las cuatro de la mañana del día en mención.
Esta vez fui yo quien la tranquilizó.
—Es una máquina —le dije.
Tal vez la línea “colapsó”. Después intenté hacerla reír.
—Creo que recibiste una llamada “del más allá”.
Los días siguientes se sucedieron impregnados de situaciones por demás extrañas.
Un hoyo negro que se abrió ante mis ojos en el pasillo, cuando me dirigía a los servicios higiénicos, tuve que frotar sorprendida mis ojos para convencerme de que no sufría una alucinación, a la vez que hice acopio del valor que me impidiera salir literalmente corriendo. Después, descubrimos extrañadas, nuestros rostros borrados de un antiguo retrato; aquella noche en que me desperté por los sonidos de algunas notas provenientes del teclado de mi piano; el sonido de cristales rotos desde la cocina. Aquel olor nauseabundo a carne magra; las pesadillas recurrentes, con aquella bestia que rondaba en la oscuridad del  jardín y siempre, alguna sombra fugaz… que se disipaba rauda al ser advertida.  Opté por encerrarme en la seguridad de mi cuarto cuando me encontraba sola en casa.
Fue durante aquellos días, en que recibí la primera y más triste noticia. Mi mejor amigo, mi confidente, casi un hermano para mí, nos había dejado. Cerró sus ojos y desplegó sus alas rumbo a la eternidad. Nunca más volvería a escuchar sus risas, ni sus palabras de aliento.
Fui a despedirlo de este mundo y guardé atesorando, cada una de las vivencias compartidas y recuerdos lindos, en mi memoria y  muy cerca de mi corazón.
Casi no pude advertir que los ruidos se desvanecieron. Los sucesos inexplicables cesaron y poco a poco todo quedó en el olvido.
Cierto día me planteé si realmente estos sucesos se relacionaban. Tal vez en un vértice de un mundo y submundo paralelos.
No tengo aún respuesta para ello. Sólo sé, que una triste noticia, como aquella, la recibí tres veces más durante aquel año. En forma  inesperada  y con el protagonismo de las personas que más amaba.
 Y toda esta secuencia de situaciones, singularmente inexplicables, que rompían toda lógica, se sucedió en cada una de estas oportunidades.
¿Será que alguna voz universal se hace presente? ¿Será que nos advierte del peligro? ¿Será que nos advierte de la inminente llegada del dolor? ¿Será que antes de partir se activa la energía de los pasos recorridos? Me queda claro, que existe algo mucho más allá de lo que nuestros ojos pueden observar. Quizá la ciencia logre develarlo alguna vez.
Tal vez, este relato y un puñado de vivencias, se tornen legendarias en este mítico mundo de mi muy hermosa, encantadora e inexplicable, ciudad de Arequipa.

Seudónimo: Unicornio gris