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Cuando el viejo mar susurra
y trae historias en su espuma
como quien presume de sus años una obra,
ahí escribe el solitario poeta,
haciendo honores a los inefables amores de su vida
que nunca podrá olvidar.

Entonces tajantes avanzan las letras
para asumir las desdichas de una vida injusta,
pero hay de él que usa palabras sin conciencia
y camina sobre el mar creyendo volar en cordillera.

Cuando el sol penetra en las montañas
e incrusta sus rayos como rogando piedad
a las pinceladas luces de la luna,
ahí ensimismado en el dolor ajeno,
es el momento en que el poeta sueña
para sí mismo y para los demás.

Tiene su mano un privilegio, un don;
su pluma es acogida en las curvas ondeantes del desierto
las palabras son cómplices de su utopía
y su risa la resignación a la verdad.

Ya no hay mar,
ya no hay sol,
ya no hay luna,
desierto,
ni cordillera.

Ya no hay hombres ni niños,
solo corazones de metal
que hablan de Dios y de su ausencia,
de sus sueños que vagan en el tiempo
 y le ruegan a la pluma plasmarlos en verso
pero ella no quiere ni puede escribir de la asquerosa realidad.

Seudónimo: Olivia