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Vivía en Sandia con mi madre, tenía ella su piel canela, ojos cafés, y cabello ondulado; mi padre era futbolista y mi hermano Fidel todo un Don Juan para ser aun niño. Yo era pequeña, tenía 12 años, ya entendía eso del mal y del bien. El dolor me obligó a madurar a fuerza.
Teníamos una casa pequeña y la más hermosa chacra. Mi madre era muy renegona y mi papá ¡uf! Mi madre vendía en la ciudad de Sandia todos los productos de la cosecha junto con mi hermano  y yo. Terminado el negocio regresábamos a casa con nuevas anécdotas y alimentos para consumir.
Era yo la comerciante de los rocotos, mi madre me daba una hora exacta para que yo regrese a casa y si no vendía más de 50 soles me castigaba. Un día de aquellos fui a la ciudad junto a mi hermano a comercializar los rocotos; a mi hermano le gustaba  jugar canicas y fue así que compartí la recreación con él; luego de sucumbir ante el juego, mi hermano y yo nos dimos cuenta de que ya era hora de regresar a casa, fuimos a recoger la caja con rocotos y no había ninguno, nos asustamos y empezamos a llorar, no quisimos regresar a casa con el temor que mi mamá nos castigara como lo hacía frente a estas situaciones.
Mismos detectives tratamos de recuperar algunos rocotos, al no obtener buenos resultados no tuvimos otra opción más que quedarnos a dormir en algún lugar de la ciudad. Llegada la noche mi madre estaba preocupada ante nuestra ausencia, fue a la comisaría para que los policías nos buscaran y nos encontraron en el interior del cementerio;  mi hermano y yo, llorando y rogando a los policías que no nos llevaran con nuestra madre, pero ellos nos dijeron: no se preocupen, no los llevaremos donde ella, ¡VAMOS! Y nosotros confiados fuimos, al llegar a la comisaría vimos a nuestra madre, nuestros corazones dejaron casi de latir, quisimos escaparnos, pero los policías cerraron la puerta y mi madre nos cogió de las manos y nos obligó a salir de la comisaría.
A pocos metros de casa nos dimos cuenta que esta estaba en llamas, mi madre fue corriendo a querer apagar el fuego, los vecinos empezaron a ayudar tratando de apagar el fuego con baldes con agua, después de tantas horas de intento lograron apagarlo.
Momentos después llegó mi padre bañado en licor y no se dio cuenta que la casa estaba quemada, él agarró a mi madre, la llevó a la cocina y empezó a gritar y golpearla, mi hermano y yo escuchábamos los gritos de mi madre porque mi papá le estuvo propinando tremenda golpiza. Mi hermano me agarró de la mano y nos fuimos a dormir debajo del puente, cerca al río.
Pasamos la noche más fría de la historia. Nos despertamos con el canto de un gallo, escuchamos el llamado de nuestros nombres  y fuimos corriendo, vimos que mi papá estaba con unas sogas en las manos, nos asustamos pero igual nos acercamos donde él. Nos empezó a golpear y a maldecir, nos castigó con la correa de doble cuero.
Nosotros teníamos un árbol alto y grande en el interior del jardín, mi papá nos obligó a desprendernos de nuestras ropas, nos obligó a subir, empezó a amarrar las sogas al árbol y luego amarró el otro extremo a nuestros pies, nos hiso parar en el extremo de la rama más fuerte con el fin de empujarnos y caímos, estábamos colgados. Él cogió un palo bien grueso y nos dijo: si el palo no se rompe en nuestro cuerpo, no los bajaré del árbol. Después de la advertencia él empezó a propinarnos golpe tras golpe, nuestros cuerpos empezaron a expulsar sangre, vi como mi hermano se desmayó y mi papá ni se inmutó, él seguía golpeándonos con el palo. Pasó un rato y mi papá se fue a beber, después de unos minutos retornó, subió al árbol y desató las sogas y nosotros caímos al suelo.
Mi hermano continuaba desmayado, yo me desaté la soga del pie y me acerqué a auxiliarlo, pero mi hermano no despertaba, me vestí e hice lo mismo con mi hermano, fui a buscar ayuda donde mi vecino, pero él no quería ayudarme. Le dije a mi papá que mi hermano no despertaba, pero a él no le importó nada. Lo último que hice fue arrastrar a mi hermano hasta la carretera; al detenerse un bus subimos al techo por la escalera posterior, casi al llegar a la ciudad nos descubrieron y nos echaron del bus porque no teníamos dinero. Yo estaba más preocupada por Fidel, de pronto apareció una abuelita que me preguntó si nos encontrábamos bien, yo solo le contesté que mi hermano se encontraba mal. Ella se alejó de nosotros, tiempo después vi que la abuelita empezó a traer unas hierbas y empezó a quitarle la ropa a Fidel y con ellas exclamaba unas palabras muy extrañas (¡Hijos de Dios! ¡Kajkunaqa Diospa!) y con estas palabras se hiso presente la mañana.

Seudónimo: Masha