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Este es un cuento que nadie creerá, pues trata de una niña llamada Edith de cinco años, que su vida era llena de felicidad a lado de la persona a quien quería con toda su alma, su abuelita, a  ella no le gustaba estar separada de su amada abuelita, quien la cuidaba y la llenaba de amor, todo era lleno de felicidad juntas, se la pasaban el día pasteando sus llamitas en la sierra, comiendo su canchita; juntas reían y cantaban, pues la abuelita le enseño a cantar y Edith aprendió con tan solo escuchar.
Pero quién iba a imaginar que toda esa felicidad desaparecería de la noche a la mañana. Cierto día su papá le dijo a Edith que tenía que ir a la ciudad a estudiar, ya estaba grande y debía prepararse para la vida, aprender nuevas cosas, y quien sabe, tener una profesión.
Tanto ella como la abuelita entristecieron y la nostalgia creció aún más cuando los padres de Edith se separaron. Al poco tiempo el padre de Edith ya tenía un nuevo compromiso y las cosas en casa serían diferentes. Edith lloraba cada noche, extrañaba bastante a su abuelita, jamás imaginó separarse de ella por mucho tiempo, los meses pasaban y su nueva mamá no le permitía visitarla, la hermosa sonrisa que caracterizaba a Edith fue desapareciendo con el tiempo hasta no quedar nada.
Ahora Edith se encontraba muy lejos, su nueva casa estaba a casi dos días de su querido pueblo. Aquella distancia más la falta de cariño convirtieron a Edith en una niña triste y acongojada.
La relación con su madrastra no era tan buena, los regaños y maltratos, fueron en aumento, había muchos días que se quedaba castigada sin comer y que recibía una golpiza por no haber hecho alguna actividad sin importancia. Los baldazos de agua y las marcas en los brazos y piernas de Edith se hicieron comunes, no había día que no tenga uno nuevo, y lo que era peor, cualquier queja a su padre desencadenaba una nueva discusión y una nueva golpiza para ella. El colegio se convirtió en su única escapatoria al tormento que vivía en casa, es por ello que jamás faltó, así su ropa estuviese mojada por haber recibido una paliza antes, ella nunca dejaba de ir a estudiar. Su hermosa escuela, como ella la llamaba, era el único hogar que conocía. Quedaba a quince minutos de casa y se llamaba Benjamín Yancapallo de Chilcaymarca.
Los maltratos que recibía en casa se convirtieron en un secreto a grandes voces, pues, casi siempre había una excusa para cada moretón o golpe que aparecía en su frágil cuerpo. Sin embargo, el talento que ella poseía nunca desapareció, era como si expresara todo su dolor en cada canción que entonaba. Los premios en los concursos del colegio empezaron a llegar uno tras otro y los aplausos fueron tal vez el único calor que recibiera.
Cada año, ella creaba una nueva canción a su escuelita querida y cada año ganaba en concurso que se presentará. Su padre casi no estaba en casa, por lo que las felicitaciones sólo llegaban de extraños. Cada vez que su padre llegaba de viaje, ella se llenaba de valor y trataba de contarle los malos tratos de los que era presa cada día, así como también de los éxitos que tenía en sus concursos, pero no fue escuchada. Tan enamorado estaba su padre, que prefería a su esposa que a su hija.
Así llego el día de su doceavo cumpleaños, había pasado mucho tiempo desde que se separó de su querida abuelita, y cada día sentía que la vida se le apagaba más y más. Hasta que llego un día negro, en que quiso dar término a este calvario, ni su padre ni sus vecinos la escuchaban y la única persona que en verdad la quería, se encontraba muy pero muy lejos. ¿Cómo escapar de este tormento? ¿Existía acaso una salida? Las hadas madrinas no existen en la vida real. No había respuestas para sus preguntas, y cada vez caía más y más en la profundidad de un negro e ilimitado pozo. Dejar este mundo era la única alternativa. Pero no lo hizo, recordó que al cantar renacía en su pequeño cuerpo la niña de antes, la que era feliz en un mundo de inocentes.
Edith fue creciendo, adquirió cierta rebeldía ante las injusticias, aprendió a defenderse de su madrastra; “La bruja” la llamaba y no dejaba que esa “Bruja” siguiera hechizándola. Ahora defendía su sueño. Ser cantante. Pronto vendría otro cambio. Por razones laborales, su padre tuvo que viajar por un largo tiempo y al no poder volver, trasladó a su familia al lugar donde trabajaba.
Edith cambiaba ahora de escuela, y esta era aún más bonita que la anterior. Pero lo mejor de todo es que ahora era escuchada, tenía nuevos amigos y mucha gente la quería, sin embargo ello no hacía que la relación con “La Bruja” cambiara. Comenzó a buscar una salida, ahora no era tan pequeña, y fue así como encontró su primer empleo, ayudaba a su señora en los quehaceres del hogar. Ahora Edith trabajaba y estudiaba, al principio su padre no estuvo de acuerdo, él prefería que sigan viviendo “juntos”, pues para él todo era color de rosa, luego tuvo que aceptar la marcha de Edith.
Edith seguía en el mismo pueblo, sólo que vivía en otra casa. Cada vez que su padre llegaba de viaje, ella iba a visitarlo, y le contaba las aventuras que había pasado durante la semana. Además, estaba ahorrando, pues quería volver a ver a su adorada abuelita. Tener una meta, era su fuerza cotidiana. Pero los concursos en los que participaba cantando, se hicieron cada vez más escasos en su nuevo colegio. Sin embargo su meta seguía allí, ser una exitosa cantante junto a su abuelita.
Juntar el dinero se le hizo muy complicado, los útiles escolares cada vez representaban un mayor gasto, por lo que ver a su abuelita demoró más tiempo que lo previsto. Ella sentía que al verla, todo ese sufrimiento por el que había pasado, desaparecía al instante. Tan sólo deseaba abrazarla y escucharla cantar.
Hasta que por fin llego el día, ya había ahorrado lo suficiente y después de tanto esperar, podría ver a su querida abuelita, verla fue como tener todo lo deseado y escucharla, un golpe de energía que la lleno de fortaleza para seguir adelante. Edith regreso a seguir trabajando y a estudiar, pero con la promesa volver. Pronto termino su secundaria y viajo a la ciudad a seguir estudiando, allí tuvo la oportunidad de demostrar su talento y ahora es toda una cantante, por lo que tanto su padre como su abuelita se sienten muy orgullosos.
Como todo inicio feliz o triste que vivas, tú sigue adelante, proponte una carrera con el tren y verás que ganarás con tu actitud y esfuerzo  y solo así lograrás ser alguien en la vida, no dependas de nadie ni mucho menos de la gente, porque de ellos no se vive, vive de ti, de tu esfuerzo, no dejes que las oportunidades se te pasen por ya no volverán y te quedaras atrás mientras los otros estarán avanzaran, ve el muro que dice  “no agaches la cabeza sigue adelante, supera todo el dolor que viviste y Dios te lo recompensará en grande por tu esfuerzo”.
Seudónimo: Enith