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Miré el reloj y faltaban cinco minutos para la salida, puedo decir que esos cinco minutos fueron los más extensos de mi vida, pero al fin sonó el silbato que tanto esperaba, indicando ya la salida. Tomé mis cosas rápidamente, salí apresurado del salón, bajé las escaleras tan rápido como puede, que cualquiera que me haya visto diría que estuviera escapando de algo o alguien. Salí de la universidad, afuera hallábase una ráfaga de carros coloridos que prestaban sus servicios de transporte, tomé el primero, pero siempre llevaba conmigo la incertidumbre de no llegar a mi destino porque me encontraba en una ciudad peligrosa.
En el camino a mi casa, iba pensando en lo primero que haría al llegar a ese hermoso lugar que casi más de diez años no sabia nada de él, tras el cristal de la ventana del auto que separaba la tensión de una ciudad despierta de la tranquilidad que se hallaba allí adentro, veía la multitud de personas trasladarse de un lugar a otro, con rumbos distintos, con vidas distintas y dentro de mí nacía una prematura pregunta: ¿conocerán ese esplendido lugar que me vio crecer, que me vio reír y llorar, el cual me dio logros, esa perla escondida que casi nadie sabe de su existencia?, ¿Conocerán a ese valle hermoso del oro verde llamado “Quicacha”?. Por unos minutos salí de mi realidad y pensé en lo maravilloso que sería que toda esa multitud conociera ese hermoso lugar; estaba empezándome a proyectar mejor esa idea, hubiera seguido haciéndolo si no fuera porque el conductor me indicó que ya llegamos; pisé tierra nuevamente. Llegué a casa, empecé a alistar, lo más esencial para dicho viaje, haciendo una cosa y otra la hora se pasó volando, me acosté, pero no pude dormir, algo me impedía hacerlo; pero por cuestiones del agotamiento que traía encima, no se cómo, pero me quedé dormido. Programé el despertador para las seis de la mañana pero este  no sonó. Cogí mis cosas que la noche anterior había alistado, salí de casa, tomé un taxi que me llevaría rumbo al paradero, en el trayecto los únicos amigos que me acompañaron fueron el frio que se hacia sentir todas las mañanas de invierno y el alba que ya se empezaba a notar, mi amigo fiel desde que nací. Llegó la hora de partir, subí al autobús que me llevaría  a mi destino, casi todo el trayecto la pasé dormido, hasta que mi cuerpo mismo empezó a sentir que ya estábamos llegando, como un invasor al asecho una emoción indescriptible se apoderaba de mi cuerpo, diez años alejado de lo que más quería pues era imposible no emocionarse. El asiento de mi derecha estaba vacío, entre sueños escuchaba una melodiosa, acogedora y escasa  música, que ascendía cada vez  de lo más interno de la movilidad, aún recuerdo una parte de ella que decía: “Quicacha, tierra de mis amores, edén de mis ilusiones” automáticamente trajo consigo muchos recuerdos de mi vida. Frenó en seco el autobús por esquivar a un indefenso zorrito que cruzaba el pavimento.
Una fuerte explosión se dio en la parte delantera de la movilidad, fue tan fuerte que me dejó sordo por unos segundos; al bullicio le sumamos la desesperación que en ese momento generaron las personas. Decidí bajarme y continuar con mi viaje a pie, porque sabía que la reparación seria algo difícil. Tomé mis cosas  de la parte de arriba del asiento, al pasar por ese angosto callejón que dividía los  dos grupos de asientos repletos de personas, sentí incomodidad o algo parecido, empezaba a sentir que la gente se quedaba mirándome cuando pasaba, algunos murmuraban, el callejón se tornaba cada vez más extenso ante esa situación, parecía que me conocían, y yo sentía algo casi mutuo en lo más interno e incierto de mí. Al pisar el último peldaño que separaba la tierra del transporte, me detuve, el frio parecía sentirlo hasta en los huesos, se me secaron los labios y mi corazón empezaba a latir cada vez más rápido para poder darme la estabilidad necesaria. Bajé, y al pisar el suelo sentí una conexión que va más allá de lo que podemos imaginar, fue satisfactorio sentir el aire puro ingresar por mis fosas nasales, escuchar el canto de los pajaritos a lo lejos, fue como vivir por segunda vez. Empecé a caminar, con pasos acelerados cada vez. Miré la hora en el reloj que llevaba en la mano izquierda, un reloj deteriorado por el tiempo, marcaba las seis de la mañana aún con sus agujas casi inmóviles; Disminuí la velocidad de mis pasos, ya que la subida me había quitado energías, ya no era el chiquillo de siempre que hacia carreras al viento para medir su velocidad y resistencia, ahora empecé ya a notar el paso cruel del tiempo sobre mí. Analizando que el tiempo vuela, la vida es corta y largo es el saber, me di cuenta de que ya estaba en Quicacha.
Me introduje en la plaza principal, a dos cuadras más allá, tomé la transversal que me llevaría al colegio en el que me formé por cinco años. Llegué a la entrada principal y estaba cerrada, con anuncios adjuntos a esta que daban el horario de atención. Mas allá a casi tres metros del portón principal de la escuela, hallábase una plazuela en forma de un paralelepípedo, valga el termino,  con palmeras que parecían rasca cielos, flores tan bellas que por momentos parecieran artificiales, aún seguía ese hombre parado en la mitad de la plaza, un hombre que tenía  una mirada profunda, me hacia recordar tanto a un pariente muy cercano; en una de sus manos llevaba una pala que indicaba el trabajo y al lado un montículo de paltas que hacían referencia al oro  verde. Esta escultura permaneció por toda mi infancia, adolescencia y aún antes de ella, estaba tan conservada que me llamo la atención, me acerqué, todas las piezas que formaban esta escultura parecieran recién confeccionadas. Bajé del pedestal en el que se encontraba y al lado este de la plaza una imponente y a la vez elegante palacio municipal empezaba a despertar. Los colores habían cambiado, de un color  blanco puro a un  hueso con verde limón intenso; caminé hacia él, a través de los vidrios que separaban el cálido interior con el frio del exterior, logré ver algunos cambios en su auditorio. Ahí  estaban, las veredas que rodeaban la parte principal del palacio, estaban desgastadas parecía que el tiempo se había ensañado con ellas. Seguí caminando, ubicado en la calle del centro continúe con mi ruta, ya el sol empezaba a hacer sentir su presencia por el cerro la Lunareja, que en ella portaba una fiera petrificada, en su momento fue un asesino sin piedad y hoy una simple silueta de color cenizo. Cada vez más cerca a la que fue y será mi casa. Doblé la esquina, hay se encontraba mi casa, deteriorada por el tiempo, al costado de una capilla que su existencia se remonta desde los inicios de Quicacha. Me acerqué con una gran emoción, toqué el timbre, salieron mis padres, en sus ojos se notaba la emoción que ellos también sentían al verme, porque como bien dicen que los ojos son la ventana del alma. Ya adentro pasamos a tomar desayuno, en la mesa encontré de todo, desde pan, tubérculos frescos, hasta queso y leche recién comprados. Parecía un festín, después de tiempo desayunar algo así y con mi familia fue algo reconfortante; conversamos de todo, no había minuto de silencio ese día, hasta ahora no comprendo como pude comer casi todo lo que había en la mesa.
Terminamos casi una hora después.  Tomé una siesta porque ya no podía más. Me sumergí en un sueño que parecía eterno, soñé que había escrito un libro y que este sería la llave que abriría las puertas del mundo a Quicacha. Después de dos horas o más, desperté algo sorprendido pero a la vez motivado, recordé la idea que había tenido en el trayecto de la universidad a mi casa aquella vez; analicé una y otra vez la misma idea porque si bien es cierto escribir un libro no es tan fácil, imaginar sí, pero esa imaginación plasmarla en un papel es un poco complicado a eso le sumamos que el libro en todo momento tiene que ser atractivo para que la idea y ganas de leerlo crezca cada vez más; después de analizar llegué a la conclusión de que sí, podía hacerlo. A partir de ese momento se convirtió en más que un reto para mí. Empecé a recolectar información a cerca de los orígenes del distrito. Quería que el libro que crearía fuese atractivo, con información detallada. Visité por vez primera en mi vida pequeños pero calurosos pueblos tan acogedores: Sifuentes, Tambo, Maraycasa, Tonco, Irurupa, Sahuara, Tierras blancas, Molino. Pasé días conversando con personas de diversas edades, parecían un baúl de los recuerdos, con tantas historias que contaban y ninguna era repetida. Pasé como un mes o más de pura investigación. Una noche revisaba todos los apuntes que había recolectado, eran mucha información que pude adquirir, esa misma noche antes de la cena, salí al patio de la vieja casona, levanté la mirada y la noche estaba estrellada. Mirando el firmamento, pude hallar la cruz del sur, que solo se podía mirar en el cielo Arequipeño.
Trascurrió una semana y por fin pude editarlo, poder tenerlo no como una idea sino como algo real, como una llave que abriría las puertas mas cerradas y difíciles de abrir, pero ¿Cómo se llamaría? ¿Quicacha de mis amores? No. Moví la cabeza. Faltaba algo. Escribí una larga lista de opciones y finalmente elegí el titulo que encerraba en una sola oración lo que quería expresar. Comencé… lo titulé “QUICACHA-ATRACTIVO CULTURAL EN EL SIGLO XXI”. A los dos días que terminé de ordenarlo, regresé nuevamente a la ciudad con el fin de hacerlo conocido y  para  ponerlo  en un buena biblioteca. Por fin, después de mucho sacrificio y disgustos, dicho sea de paso, conseguí imprimirlo y saqué cien repeticiones. Lo presenté en un recreo en la universidad a algunos les importaba como a otros no; todos los libros los puse a disposición de una biblioteca no tan reconocida, me frustré aún más, tanto esfuerzo por las puras; pensé que había fracasado. Paso cuatro años, ingresó una llamada, conteste atemorizado, me preguntaron si era el autor del libro: “QUICACHA-ATRACTIVO CULTURAL EN EL SIGLO XXI” dije que sí, entonces me dijo la voz que los cien libros se habían vendido en menos de un día, me dijeron que ellos habían impreso algo de dos mil ejemplares más y todos se habían agotado en menos de una semana. Programé una conferencia en la cuál relate las historias narradas de ese libro, y de alguna u otra manera incentivé a que visitaran Quicacha, en la cual también resalte la importancia de leer, porque leer nos permite transportarnos a lugares donde quizás no podemos llegar pero nuestra mente sí. Y fue así como Quicacha un pueblo escondido fue conocido a nivel nacional, el turismo se incremento, mejoró nuestra economía y Quicacha pasó a ser de un pueblo a  ser una ciudad muy valiosa en un mundo globalizado. Al mes recibe una llamada, tras un breve saludo como un protocolo, me dijo: “gracias por todo, lo lograste”; nunca supe quién fue, quise responder un simple gracias pero se corto la comunicación. Siendo realistas y como sabemos que en este mundo nada es color de rosa, se dio lo que tanto temía, porque el progreso llega conjuntamente con la delincuencia y esta última llegó a mi pueblo; de ser un pueblo tranquilo como siempre se consideró, ahora se convirtió en un lugar lleno de delincuentes, donde lo que primaba era la violencia y el machismo.

Seudónimo: Tavito