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Hola, soy Samira, tengo la piel pálida como un muerto, ojos grandes y celestes, cabello negro y lacio con un pequeño lazo rojo (la única muestra de color en mi atuendo), siempre llevo ropa negra, pues ese es mi color favorito.  Tengo 14 años y… no puedo cargar con mi vida un día más.  Escribí estas líneas para que sepan porque intenté hacer tantas cosas y como cambié mi vida para bien…
Nací un viernes 13 de octubre en Arequipa exactamente en el barrio tradicional de San Lázaro en una pequeña casa de sillar con un balcón en el segundo piso y maceteros con gardenias en la cual había vivido desde que nací, mis papás dicen que ellos esperaban un hombre y no tuvieron más que ponerme la ropa negra que habían comprado.  Fui creciendo y me siguió gustando ese color tan oscuro como mi corazón. Tuve una niñez solitaria porque mis padres nunca me dieron hermanos, ellos no lo sabían, pero yo no era como los demás niños, yo era especial; lo único que sabían era que yo era un poco extraña e incapaz de darles muestras de afecto.
Solo tuve una amiga en toda mi vida, la cual se llamaba Mileku.  Aunque nadie lo supiese, muchas veces intenté matarme pero sólo lograba desmayarme.  Mis manos siempre estaban frías porque yo soy la representación en carne, de mi corazón.
No quiero hacer esto largo porque a nadie le importa mi vida, ni si llegué a tener amigas o no.   Lo que les importa es sacar a la luz mi secreto y la razón de mi decisión. Primeramente el secreto que había logrado guardar durante toda mi vida es el siguiente: “En cuanto toco a una persona puedo ver cómo va a morir, intento no tocar a nadie pero es inevitable, he visto decenas de muertes y hasta en un momento había considerado amputarme las manos. Un día vi como mi vecina iba a morir de un infarto al corazón cuando descubriese que su matrimonio de casi 20 años iba a ser arruinado por la infidelidad de su esposo con una mujer rubia, de ojos claros y piel morena que iba a conocer en su nuevo trabajo de otorrino laringólogo.
La razón para suicidarme es que hoy Mileku me tomo la mano y paso lo que tenía que pasar vi cómo iba a morir pero lo que vi fue demasiado y no lo pude soportar, lo que vi fue a mi detrás de Mileku con un cuchillo en mi mano izquierda acercándome a ella mientras Mileku hablaba por teléfono con su hermana, yo la maté y vi por un segundo su cara de tristeza, decepción, euforia, etc.
Yo solo atiné a sacar mi mano e irme corriendo hasta lo alto del edificio de mi colegio pero antes de que haga cualquier cosa mi amiga vino y me dijo:
—Qué te pasa —dijo un poco asustado.
—Nada,  ¡vete ya! —le dije enojada.
— ¿Qué ibas a hacer? —me tocó el hombro mientras le caía una gota por su rostro y se daba cuenta de mi decisión.
—Yo… no te he contado nunca que… al tocar a la gente puedo ver cómo van a morir, no lo puedo aguantar más y lo que colmo mi paciencia es que al tocarte vi que yo era la dueña de tu muerte… así que déjame, es mejor, si te maté a ti sabe Dios a cuantos más —dije mientras empezaba a llorar.
—Ella se quedó atónita pero luego de unos segundos dijo —no me importa tú eres mi mejor amiga y jamás te dejare, prefiero morir antes de saber que tú por mí lo hiciste.
Me tiré encima de ella y le tomé la mano y como siempre vi su muerte pero había cambiado éramos las dos en un auto color azul, estábamos a punto de chocar y de repente ahora estaba en un hospital con Mileku llorando encima de mí cuando el doctor le decía: Es imposible. No entendía nada porque miraba mi muerte y no la de Mileku tal vez algo o alguien quería que yo esté  aquí. El doctor se fue de la habitación y una luz rara que provenía de la ventana, la cual nos ilumino a las dos, se escuchaba una voz masculina que decía: Haz llenado de paz a un ángel sin remedio ahora es tu turno… Mileku le grité mientras maravillosamente despertaba como si el accidente nunca hubiera ocurrido y al abrazarnos nos tocamos mutuamente y en vez de ver nuestras muertes estabas otra vez en el techo del colegio.
Desde ese día Mileku y yo mirábamos las muertes de los demás pero en vez de asustarnos íbamos con esa persona y la ayudábamos a cambiar su destino.

Seudónimo: Saruka Fernández