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El cielo tornaba ya sus matices del azul profundo a un gentil lila. El sonido de las gotas de lluvia, que caían suavemente arrullando la madrugada, humedecían las calles, el asfalto brillaba y las ventanas se empañaban. El pavimento lucía limpio por primera vez en meses, y el petricor opacaba el hedor de la basura acumulada en la esquina.
Pero algo no encajaba en el paisaje. Ese algo era aquel extraño bulto tumbado a puertas de la vieja casa de la calle, ese bulto era él.
Había llegado a las 11 de la noche, aunque  conocía las reglas. El viejo no lo dejaría entrar, nunca escuchaba a nadie, así que medio dormía inmóvil junto a la puerta, cobijado bajo el umbral.
Miraba hacia la nada, las mejillas húmedas por la garúa, los ojos hinchados por el sueño, el cabello azabache pegado a la frente y el cuerpo helado hasta los huesos.
Había llegado tarde por esperarla, dos horas, frente a la puerta de su universidad. Y conocía las reglas del viejo, no pasaría hasta las 5 de la mañana.
El sopor le nublaba los ojos, le dolía la cabeza, obnubilación oscurecía su mente.
No se movió hasta que un pequeño bultito se acercó  a su lado.
Era un cachorro de gato, pequeño, mojado y sucio. Y sin embargo bajo de toda esa suciedad, se dejaba notar el pelo corto y blanco, y sus ojos, del más puro azul se hallaban algo caídos en las esquinas, dándole la natural apariencia de una mirada triste.
El chico intentó tomarlo, pero el pequeño bufó asustado y lo mordió en la mano, dejando dos minúsculos puntillos rojos en el dorso. El chico ni se inmutó, estaba acostumbrado.
La puerta se abrió, el viejo hombre arrugó la nariz dejándolo pasar con un hosco movimiento de manos. Era tan alto que apenas pasaba bajo la puerta, aun cuando cada día se jorobase un poco más. Miró al chico con repugnancia, mas se hizo a un lado para dejarlo pasar.
Incluso el viejo amaba a los gatos, así que quedárselo no sería un problema. Su gata había muerto hace solo una semana, una bonita atigrada de ojos verdes como el campo, sus cosas estaban intactas. Aún seguía dejando comida en su plato.
Acurrucó al pequeño animal en su abrigo, este temblaba, pero no huyó. Ese día el chico no durmió, no hubo tiempo. Salió temprano, debía estudiar, es por eso que estaba en Arequipa. Fue su familia quien lo ayudó a llegar hasta allí, y se sentía en la obligación de retribuirles.
 Salió temprano, pero al pasar cerca de la casa abandonada de la cuadra, ayudó a una mujer a llevar unas pesadas bolsas que  cargaba junto a su pequeña niña. La señora era dulce como arrullo del viento, y él la ayudó hasta llegar a la casa a medio construir, aquella que tenía un gran cartel que decía: No está en venta. Y fue ahí donde notó que las bolsas eran solo botellas de plástico comprimidas y papel usado.
Llegó y esperó, como siempre. Había postulado a la carrera de sus sueños, y debía estar recibiendo la llamada ganadora la próxima semana. Sería una gran sorpresa para sus padres, estará entrando a una importante universidad de Lima.
Y cuando salió de la academia se encontró con ella, la misma por la que había esperado toda la noche. Estaba radiante, sonriente, feliz; sin embargo, le sonreía a otro, al mismo que hace apenas unos días solía llamar amigo.
Se resignó, siguió adelante. Su futura era mucho más brillante como para pensar en ella, y sin embargo sonrió culpablemente al imaginárselos ardiendo juntos.
Lo malo, ese “amigo” era a quien tenía que pedir prestado para el viejo.
Ya de regreso a casa, ella le escribió, acusándolo de no haberla saludado ese día. Y de pronto sintió todo el sueño de la noche anterior sobre los hombros, y la presión sobre su regazo del pequeño gato blanco.
Días después, su amigo no había vuelto, y ella lo perseguía para interrogarlo por él. Una semana después, su amigo aparecía saliendo de uno de esos centros de juegos en red. Totalmente arruinado. Pero con la sonrisa en el rostro, pues la llamada ganadora le había llegado.
Y el chico que había dormido bajo el umbral de una puerta, aún esperaba la llamada. No podía perder, simplemente no había pensado en ello, había invertido cada pedazo de tiempo y dinero que le quedaba. Si fallaba estaba en quiebra, y no solo él, jalaba a su familia con él.
Los días pasaban, y el gato siempre aparecía junto a él en aquellos momentos de tempestad. Aún no le pagaba al viejo, y su amigo simplemente ya lo había olvidado.
El último día para que la llamada ganadora llegase, y el gato, sobre él.
La noche era increíblemente larga, e inusualmente azul. Se sentó junto al teléfono aunque faltaban más de 2 horas para que una posible llamada llegara.
Tomó la fotografía de su familia en un impulso desesperado, la única que tenía.
El viejo torció los labios en lo que se suponía, era una sonrisa; guardando el sobre que había llegado ese mismo día: su paga del mes por el cuarto del chico, de parte de la familia, por supuesto, ese mugroso no podía pagarle a tiempo nunca, mas lo hacía siempre.
Los meses pasaron, el chico estudiaba cada día más, o eso intentaba, hasta que el inmenso dolor de cabeza empezaba y no lo dejaba en paz.
El tiempo pasaba y todos sus amigos se iban de la academia, y solo quedaba él. Su familia había dejado de escribirle, y aún pagaba al viejo.
Mientras más crecía el gato, más pequeño se hacía él.
Y sus ojos, sus benditos ojos, azules, como el llanto, azules como él.
La llamada nunca llegó, los sueños no se hacían realidad, el gato volvió a su regazo.
Estaba harto, molesto, hastiado. Tantas noches, tanto esfuerzo.
Al día siguiente el gato entró a la habitación, como todas las mañanas. Mas esta vez el chico no despertó.
Estaba sobre la cama, los ojos cerrados, y un brazo afuera.
El gato se acercó y mordió su mano.

Seudónimo: Sindae