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Y quién se iba imaginar que en nuestro barrio de San Martín,  de nuestro distrito de Mariano Melgar, encontraríamos la historia de una amistad incomparable, en este barrio que está cuidado y cautelado por nuestro majestuoso Misti, de calles polvorientas, invadida de perros callejeros que buscan sin cesar su alimento diario.
Eduardo y Gabriel, creo que desde que nacieron ya el destino había creado en ellos una unión indescriptible, vecinos de callejón, andaban juntos de allí y para allá, no se separaban porque compartían historias comunes, juegos de trompos, cometas y todos aquellos juegos que los hacía feliz cada día.
La amistad no podía ser completa si es que sus padres no los matricularan en el mismo colegio, fue así… Eduardo y Gabriel fueron al mismo colegio.
—¡Eduardo! ¡Vamos al colegio!
—Espérame cinco minutos.
La mamá de Eduardo hizo pasar a Gabriel para que le esperara en la salita.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó  la mamá de Eduardo.
—No señora acabo de tomar desayuno, no me gustó, pero tenía que tomarla, sino mi mamá me mata.
Cuando conversaban Gabriel y la mamá de Eduardo, él bajó, se saludaron y muy contentos salieron.
—¿Vamos en bus o caminando? —preguntó Eduardo.
—Yo creo que vamos caminando y conversamos un poco.
—¿Cuánto demoraremos?
— Seguro que unos 10 o 15 minutos.
Muy a prisa y vestidos muy elegantemente, por ser el primer día de clases, hablaron y hablaron, planearon lo que harían en el colegio, que juegos realizarían y donde se sentarían juntos.
Al llegar al colegio, como si despertaran de un sueño, se quedaron inmóviles al llegar a la puerta verde, grande y mucha gente, muchos vendedores, mucho bullicio, estaban sorprendidos, ahora muy asustados. Se miraron entre ellos, no sabían que hacer.
—Bienvenidos chicos, ¡adelante!
Era un señor vestido elegantemente con un terno verde, una camisa amarilla y una corbata que no recuerdo como era.
—Pasen que ya van a tocar el timbre.
Nos dio una palmada en la espalda y pasamos, siempre al lado de mi amigo Eduardo.
Fue un día formidable, que recordaremos por siempre.
—¿Qué te pareció el cole? —preguntó Gabriel.
—¡Cachete brother! ¡Cachete!
Caminamos juntos, saltando y empujándonos, riendo y silbando, seguro sí, seguro que la pasamos súper bien, nadie podría imaginar que me gustaría mi nuevo cole. Para los dos todo parecía conocido, amigos, maestros y todo…
—Mañana nos vemos Eduardo.
—Chau, mañana temprano.
Así Pasó toda la semana, el viernes a la salida fuimos a mi casa a jugar play station, estuvimos tan entretenidos que fueron cuatro horas…que castigo nos esperaría… mi papá estaba muy molesto, no sabía qué hacer, que decir, solo lloraba, quería esconderme y correr a la calle.
Gabriel, cuando miró a mi papá salió disparado, muy asustado, en estos momentos no sé qué estaría haciendo, estaría preocupado por lo que me pasaría, seguro que sí.
—¡Papá, Gabriel tuvo la culpa!, él me dijo que jugáramos.
Hasta ahora no sé porque lo dije, pero lo dije, una traición a mi mejor amigo, yo sabía que yo invite a Gabriel, que él no tenía la culpa, pero Dios porque lo dije, saben nunca me lo perdonaré.
Mi papá salió furioso, temía lo peor, si… mi papá estaba caminando hacia la casa de Gabriel, tenía que venir lo peor, solo sé que el mundo se venía encima.
— ¡Ahora, no te molestará más, se acabó!, no quiero verlo por la casa, ¡entendido!
—Si papá…
Fue el fin de semana más difícil y triste, culpar a mi amigo… Esperé el lunes, y como era de suponer Gabriel se alejó de mí, se cambió de sitio, ya no me llamo para ir al cole, fue todo muy penoso. Pasaron los días, creo que era tan difícil para los dos, saben yo esperaba que el me hablara, pero cuando volvía a recordar yo  era el cobarde que lo culpe sin hacer nada. Saben no sabía cómo arreglar eso, mis amigos se dieron cuenta, dicen que estaba muy cambiado, que no era el mismo, no salía  a jugar con ellos, Gabriel también estaba muy triste y yo era el culpable.
—Mira Ernesto, no sé qué tienes —me dijo mi maestra.
—Te vas a enfermar —habló Mirella.
—En la vida todo tiene solución, sólo tienes que enfrentar las cosas .
 Era una voz muy suave y tenue que venía del fondo del salón, estaba escribiendo, pero habló, parecía mi conciencia, era Michaell, el más pequeño del salón.
Esas palabras retumbaban mi mente y me encerré a llorar en mi habitación
 —¿Qué pasa hijo?, porqué estas así, ¿tienes algún problema?
No pude más y le conté todo a mis padres, mi papá muy avergonzado, no sabía qué hacer, me prometió que él arreglaría las cosas, pero yo era el culpable y tenía que solucionarlo.
—Gabriel, ¡perdóname!, mentí, te fallé, eres mi amigo, ¡perdóname!
—Eduardo, aprendí mucho de esto,  nuestra amistad es nuestra mistad.
Nos abrazamos y lloramos, saben mi amigo es una persona noble que con su perdón me dio una lección, no lo esperaba, ahora lo quiero más y estoy muy seguro que nunca le fallaré y estaré cuando él me necesite.
Seudónimo: El jugador