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El otoño ha empezado, los árboles han dejado caer sus hojas color miel, estas producen un sonido tibio para el alma y para el corazón.
Ahí estaba yo, una joven de 19 años de edad, postrada en una camilla del hospital de Larkson a las 12 del mediodía.
Era un diez de Agosto; lo recuerdo muy bien,  porque fue el día en el que mi padre hizo una batalla de cocina con mi joven, y delgada madre.
Fue el día en que ocurrió todo; mi accidente y   mi aventura con el joven Beltrán.
Un hombrecito llamado Nick Beltrán, era otro paciente del hospital; era un joven dos años mayor que yo; compartimos la misma habitación así que tenía que verlo cada mañana durante dos meses, él era irritante pero poco a poco me fui acostumbrando a gozar de su compañía y de sus bromas, era una persona muy cálida y dulce, tanto como para endulzar mi taza de café; pero no sólo era dulce, sino también incomprendida y melancólica, eso me fascinaba más.
—¿Quieres hacerme compañía? —preguntó Beltrán.
—Está bien —respondí, para que no se sintiera solo.
Así, charlando, sentía que el tiempo avanzaba más rápido que de costumbre.
Mientras más hablábamos, me iba acordando de Rodrigo, el chico más gentil de mi escuela; que también fue mi primer amor, un amor joven…
 Sus ojos, sus grandes y bellísimos ojos color café, esos ojos que eran mi cafeína puesto que no tenía la necesidad de estar dormida para estar soñando.
Sus labios, aquellos labios color sangre fresca, aquellos que podían hacer que hasta el vampiro más sediento, calmara su sed de un solo mordisco.
Sus cabellos, dorados, delgados que botaban un olor intenso a flores.
—Tranquila, aquí estoy yo, nunca te dejaré.
Era hora de olvidar ese amor juvenil, que tanto me erizaba la piel de sólo pensar en él y en la melodía que provocaba al hablarme.
Seguí la conversación con Beltrán.
—¿El amor es peligroso? —pregunté.
—Sí, y también te lastima cuando no funciona lo que creías que funcionaría.
—En ese caso, espero no enamorarme profundamente; mejor me quedo con mi Teddy, él no me hará daño.
—Y nunca lo hará.
—¿Tú serías capaz de hacerme daño? —le pregunté.
—Nunca lo haría.
Así fue como concluimos la conversación.
Me recosté suavemente sobre la cama.
Cerré los ojos por un momento para retener el sueño. Nada. Los volví a abrir y me puse a pensar.
—Es difícil expresar con palabras lo que uno siente.
Y es peligroso enamorarse de alguien que tiene demasiado café en sus ojos. Podría quitarte el sueño para siempre.
Cerré nuevamente los ojos, ya era demasiado tarde, el sueño invadió mi cuerpo y mi mente.
A la mañana siguiente, todo comenzó a ser raro, entre él y yo.
Las terapias que él recibía, eran casi diarias  y continuas.
En fin, más tiempo para mí sola. Pero tanta soledad es deprimente, extraño escuchar cómo él se quejaba por las inyecciones de las once.
Sí que era cobarde.
No sé si era miedo, pero empecé a tener la idea de que me quedaría sola por el resto de mi vida. Quizás nunca encuentre a un hombre que me haga suspirar.
Pero ningún hombre es necesario para mí. Con un día lluvioso, unos buenos libros y una buena taza de café, soy la mujer más feliz que pudo haber existido y existirá en la tierra.
15 De agosto.
Pasaron tres días desde que te dejaste de conectar a mi vida.
La camilla de enfrente solía estar con un hombrecito en ella; pero ahora, ya no hay nada.
No sé si ya te dieron de alta, al menos espero que te encuentres bien.
Sabía que no debía de depender de su compañía, como lo detesto, pero también extraño gozar de su inigualable sentido del humor, y extraño esos labios; ¡Oh Dios! Los pude haber mordido por toda una eternidad, pero nunca tuve la oportunidad de probar ni si quiera un poco de esa miel.
Llegué a sentir como el demonio desgarraba mi piel; ese medicamento que me dieron era muy fuerte para mí. Pero no podía existir dolor más grande que el de no sentir su cafeína en mí; sino en otra quizás.
A veces me imagino a él haciendo sus tonterías para que yo sonriera, pero también me imagino a otra mujer, ahí, riéndose de aquellas travesuras.
 También recuerdo cuando él veía la lluvia caer desde su ventanilla de cristal, sus lágrimas caían a su ritmo. Sólo era cuestión de esperar a que la lluvia dejara de caer, para que sus lágrimas también lo hicieran y así él volteara y me dijera.
—Estoy bien.
Temo a que quisieras olvidarme, de que dejes de quererme, de que me cambies por una mejor.
Llegué a concluir que todo lo que siento, siempre trato de suprimirlo, pero ya no debía hacerlo, no más; debía gritar todo lo que sentía por él.
Tomé mi teléfono y lo llamé.
—¿Hola? ¿Estás ahí? —dije nerviosa.
—Si estás ahí, escucha con atención.
—Me gus…
—¿Me gustas? ¿Eso era? No eres la primera, pero tampoco serás la última que me lo dice.
Finalicé la llamada antes de que él dijera otra palabra; intenté sacarme las agujas de mi brazo, pues ese sería el último día que estaría allí.
Las lágrimas caían, esto era demasiado para mí.
Sonó el móvil. Era él. No contesté.
Insistió unas veinte veces, pero a ninguna accedí a contestar.
Entrando ya a mi apartamento; el número dieciséis, no pasaron más de quince minutos para que la puerta sonara.
No tenía ganas de recibir la visita de alguien, estaba y me sentía horrible y destrozada.
El toc-toc, se hacía cada vez más fuerte e insoportable de ignorar.
Decidí a abrir.
—¿Qué quiere…? —antes que terminara la oración, entraste; entraste y me preguntaste.
—¿Tienes soda dietética?
—¿Cómo? No tiene sentido. Me rechazaste por el teléfono y vienes a mí a preguntarme por una soda. ¡Cómo es eso posible!
—¿De qué hablas? Ah, eso.
—¿Eso? ¡Eso! Si no sabes eso es…
Me interrumpiste con un jalón de mi brazo derecho hacia tu pecho. Pude sentir como tu corazón se aceleraba más al tenerme cerca de ti; no te lo dije en ese instante, pero tu calidez, me quito el frío del otoño. Por primera vez me sentí muy feliz de medir 1,55…
—No quise decirte eso, lo lamento.
Me encontraba en un momento difícil y sólo me desquité contigo.
—No te preocupes —dije.
Hubo un silencio enorme entre los dos. No había un tema para hablar y romper aquel incómodo silencio.
—¿Aún quieres la soda?
—Quizás, pero que sea dietética, tengo que mantener mi bella figura.
Unas risas y carcajadas resonaban una y otra vez en el apartamento 16.
—¿Qué dices? ¿Quieres tener una noche de diversión? —preguntaste.
—Si voy, ¿Qué me das a cambio?
—Una noche inolvidable.
—Dame quince minutos y estoy lista.
— Eso es en tiempo femenino, unas ¿Quince horas?
—No, son dieciséis.
—¿Qué? —dijiste sorprendido.
—Sólo bromeaba, tranquilo. Sólo necesito veinte minutos para sentirme bella.
—Tú siempre estarás bella para mí. Así que cuidado, si termino enamorado de ti, tendrías que esconderte de mí;  porque sería como un lobo que no puede evitar aullar amor por la luna, no sabría controlarme, y te comería en un instante, y te quiero para toda la vida.
Me sonrojé por aquellas palabras.
—Desde que me dieron de alta, no podía darte la cara, puesto que no me despedí en el momento en que debía hacerlo.
—Olvida eso, esta noche, será eterna —dije.
Me puse un vestido color vino, no sabría decirte que lo elegí para embriagarte con mi cuerpo. Y unos tacones negros y oscuros como la noche.
—¡Estás bellísima! —exclamaste.
—¿Nos vamos?
—Sí.
Me llevaste a una ceremonia en la avenida Hustong.
La noche perfecta para bailar junto a ti.
Parecía que no te gustaba estar rodeado de tantas personas.
Salimos de ahí, y nos dirigimos a una pequeña choza en el bosque. Tenía una vista increíble; las estrellas parpadeaban y la luna alumbraba la joven noche.
Pusiste música lenta, sacaste uno de tus mejores vinos, y empezó la diversión.
Me contaste sobre tu vida, yo de la mía; de tus aventuras en las calles de Paris y Pensilvania. Yo apenas conocía el museo de Umbridge, pero me pareció que eso, no importaba ahora.
—Así que, eres un joven que le gusta viajar y descubrir nuevas culturas, ¿No? —te dije.
—Y tú, eres una señorita, muy curiosa que quiere hacerse la dura conmigo, pero en el fondo, eres muy cálida. ¿No? —respondiste.
Así estuvimos gran parte de la noche, hasta que acariciaste mi pálido rostro.
Tus manos, sobre mis finos cabellos de chocolate; mis manos, sobre tu gran pecho masculino; nuestras miradas, incrustadas en el otro…
Pasamos la noche allí; recostados sobre el sofá azul.  En ese instante, no había sofá más cómodo que ese, y pagaría una fortuna por congelar el momento.
Nos dormimos abrazados, intercambiando calor humano.
Soñé que todo fue un sueño, quizás nunca desperté de aquel hospital, y aún sigo dormida o en coma tal vez; nunca podré saber si Beltrán, fue real o no. Si hubo un chico que hizo que suspiraran flores de mi ser hacia él.
Si esto es un sueño, no quiero despertar. Quiero seguir soñando que dormí en aquel sofá azul, y que el café de su mirar, hizo que me quedara dormida en aquel sofá y que la noche, duró para siempre.

Seudónimo: China