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—Con esos indios hambrientos y analfabetos no vale la pena discutir —pronunció dichas palabras mientras sacaba el látigo que ocultaba en el maletín aterciopelado.
Oculto detrás de un “taje”, donde mi padre almacenaba toda la cosecha de cebada, contemplaba aquel escenario lleno de insultos, maltratos y sangre, era el único testigo del triste canto de la soledad, de las miradas perdidas y de la frialdad de la noche. La rabia me envolvía y la impotencia me hacía sentir la persona más despreciable, pero… ¡Qué podría yo hacer!... era solo un niño atormentado por la pobreza y las desigualdades sociales.
Pasaron dos horas desde que llegaron a casa. Tomé valor y cogí  el hacha con la  mano izquierda, el frío recorría mi cuerpo, mi mente empezó a nublarse y el recuerdo llegó a impregnarse en mi alma.
Sí, sí… quiero estar sólo, no soporto más… no me pegues tayta ya no más. Los golpes no cesaron, en la  oscuridad mi mundo y mis delirios están en lo alto del dolor psicológico por lo que paso la vida sufriendo maltratos y humillaciones, intento borrar todo esto con una simple sonrisa… una simple sonrisa sádica, la tristeza se mata, el orgullo perece, las alegrías pasan, y la soledad se oculta… ¿Me odio?...  suelto una carcajada, no sé lo que soy, no me gusta estar triste  pero aun así disfruto de esos pequeños momentos con mi familia… no sé lo que soy, escondo todo mi dolor y miro al horizonte… por cada momento de felicidad siempre habrán más tristezas y dolores que no se puedan curar… así defino mi soledad…
Una mano tosca y repugnante me tomó del hombro, solté el hacha en la oscuridad y corrí sin rumbo fijo. Me persiguen los perros y el croar  de las ramas acompañan mi desesperada huida. Salté el muro que rodeaba al rebaño y caí pesadamente entre las malezas que rodeaban el pequeño riachuelo del lugar.
Me levanté rápidamente y proseguí con la huida. Nadie me podrá detener, monologaba. A dos kilómetros de la primera quebrada  que da a la casa de mi abuelo me encontré con un escenario macabro y escalofriante, indios, cervatillos, liebres y algunos cuervos totalmente decapitados. La tristeza me consume y el suicidio parece ser la mejor opción, pero para personas como  yo hay más orgullo en el ser asesinado que morir por mano propia, no le daré el gusto… ¡No lo haré! El graznar de las aves me hace dudar del sentido del escape, escucho el ladrido de los perros en el chapotear del río. Me apresuro a subir al único árbol del lugar y diviso el semblante de mi perseguidor, la lluvia empezó a caer en el sombrero de cuero escarlata y marrón de aquel hombre. El miedo se apoderó de mí ser y la respiración entrecortada no me dejaba actuar. Ahí estaba, debajo de mí, aquel hombre que tantas desgracias habían traído a mi familia. Espero el momento oportuno para soltar toda la rabia que se había alojado en mi triste existencia. Abrazo, por instantes, el tronco  de aquel árbol que cobijaba mi asustado semblante. Se apodera de mí el deseo incoherente de destruir la raza animal, me cae una hoja de la copa del árbol y ondea ligeramente rozando mi nariz y mi mejilla derecha hasta posarse en mi hombro, pareciese que intenta atraer mi atención. Otra hoja se desplaza hasta llegar a mi cabellera azabache, así mismo sucede con dos siguientes. Empieza a caer una quinta y al atravesar por mi oreja e intentar llegar al hombro izquierdo, es penetrada y dirigida por el aire hacia una dirección diferente. Una bala rompió el silencio y se alojó discretamente en mi pierna derecha. Cogí, apresuradamente, el cuchillo que tenía en uno de los bolcillos la mostré directamente a los ojos de mi enemigo, logre ver su mirada perpleja entre mi sádica postura y mi aterradora forma en la que me encontraba, el cabello me tapada el ojo derecho, mis dientes rechinaban entre sí, mi mirada era directa y precisa, llena de odio. Aquel hombre traía una camisa corta y totalmente limpia, una polera rojiza, el cabello recortado, sus ojos mostraban firmeza y maldad. Con la mano derecha sostenía la pistola, se notaba que era arrogante, pues no traía pocos artículos para asesinarme, divise nuevamente su rostro pero su expresión ya no era la misma, empezó a notarse una pequeña sonrisa. Disparó tres veces y aunque era principiante, me rozo el cuello y la cintura, intentó nuevamente y me dio directamente en el cráneo. Como pudo actuar así, solo era un niño... no existía justicia para los indios.

Seudónimo: Astrith