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A las faldas del Misti, donde la nieve cubre con su blanco manto la tierra, las nubes brindan al cielo ese aspecto tan único, donde nace el Río Chilina, donde no existe el tiempo y la vegetación te invita a descansar, lejos del bullicio típico de la ciudad, lejos de la gente, se hallaba la chacra de Don Francisco.
Don francisco, un hombre de 65 años dedicado a su labor como agricultor, vivía en su pequeña casa junto con Chusco, un pequeño perrito juguetón de patas negras y panza amarilla. Más que amo y mascota, eran amigos, eran compañeros.
Era una hermosa tarde, el verdor de los cultivos alegraban la vista, las aves trinaban sobre los maizales, el viento corría suavemente, y el río acariciaba los sentidos de aquellos que se tomaban un momento para escucharlo.
Don Francisco, se encontraba alimentando a sus animales para así concluir con sus labores. A su lado como siempre se encontraba su fiel compañero, Chusco,  que movía la cola de felicidad por estar cerca de su dueño.
No había pasado mucho tiempo de haber concluido con sus quehaceres cuando de pronto relámpagos se vislumbraban en el cielo, nubes negras se acercaban, una tormenta estaba en camino.
Una feroz tormenta había llegado, aguaceros se liberaban sobre el paisaje, las aves asustadas huían a raudo vuelo, los rayos no se hicieron esperar, impactaban muy cerca de la chacra de Don Francisco, los truenos hacían sentir su poderío generando un poderoso eco en los cerros aledaños, era tal la magnitud de estos, que Francisco se sentía como si hubiese tenido el privilegio de presenciar el nacimiento del universo mismo.
Los cielos parecían haberse resquebrajado, el agua de la lluvia acrecentaba el caudal del río, haciendo que este se desborde de su cauce.
Una gran masa de agua, ingresaba a la chacra, Francisco corrió presuroso para poner a salvo a sus animales guiándolos cerro arriba, pero era tal la magnitud de la tormenta que no le dio tiempo de terminar con aquella labor, no pudo ayudar a todos, tuvo que ver con tristeza como el agua se llevaba a sus ovejas, arrasaba con sus cultivos, y a pedradas en un mar de lodo arrasaba con su humilde morada.
La desesperación invadía al hombre, ver los esfuerzos de su vida arrasados por la ira de la naturaleza manifestada en forma de agua.
La lluvia no cesó, mientras aquellas nubes negras no parecían tener intensión de irse, el río parecía haberse vuelto un enemigo.
Al cabo de unas horas, terminada la tormenta Francisco bajo desesperado, buscando algo que haya podido salvarse, cuando de pronto noto que algo le faltaba, algo importante.
Su pequeño perrito no se hallaba por ningún lado.
Francisco corrió hacia aquel terreno lodoso que antes era su chacra, camino río abajo, hasta encontrar la horrible sorpresa.
Era su perrito que yacía muerto cubierto de lodo y rocas, la naturaleza había reclamado la vida de aquel indefenso animal.
Francisco quería llorar, gritar, reclamarle a la naturaleza por haberle arrebatado a su compañero, se preguntaba: ¿Por qué?, sus ojos se llenaban de lágrimas y  no le quedo más que morderse los labios ante la impotencia de no haber podido hacer nada por salvar a su compañero, su guardián, su amigo.
La tormenta llegó a ser de tal magnitud que los medios de comunicación se hicieron presentes, el apoyo para Francisco no tardó en llegar.
Esta había sido una llamada de atención para la familia de Francisco, familia disfuncional y desunida, que ante la situación de casi haber perdido a su patriarca, dejaron rencores de lado y convencieron a Francisco de regresar a su hogar, con su familia.
Todo era confuso para Francisco, él lo veía como un sueño, como algo que jamás pasó, pero la ausencia de su pequeño Chusco estaba ahí para recordarle que todo era real.
Francisco no dejaba de pensar en su compañero Chusco, pero vio esto como una oportunidad para estar bien con su familia, una oportunidad de reforzar lazos, una oportunidad para un nuevo comienzo.
Seudónimo: Nayeli