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Había una vez  un rey muy bueno que gobernaba un país muy pobre. Como además de bueno era discreto, pensó que sería conveniente tener consejeros que le ayudaran a diseñar políticas públicas para el beneficio de sus súbditos.

Fue así que contrató a dos sabios para que le aconsejaran. Desde un principio cada uno de ellos habló mal del otro. Se negaban a trabajar juntos y en vez de ofrecer soluciones a los problemas del reino, lo único que hacían era tratar de convencer al rey de que las ideas del otro estaban equivocadas.

Desesperado, el rey contrató a un jefe de asesores para que se ocupara de coordinar el trabajo de los sabios. Sin embargo, el jefe comenzó a quejarse de ellos con el rey y le propuso que los despidieran y trajeran asesores extranjeros que fuesen menos problemáticos. El rey pensó que no podía despedir a los dos sabios nacionales pero le autorizó al jefe que contratará a tres asesores. Pero las dificultades no acabaron aquí. El jefe de asesores le pidió al rey que creara un conjunto de asesores del reino y que le autorizara la compra de oficinas y mobiliario y la contratación de secretarias, archivistas y ayudantes. El rey no estaba seguro de que esa fuera una buena idea, pero el jefe le dijo que para que las cosas se hicieran bien era disponer de más recursos. Al rey le pareció que esa opinión era sensata y autorizó la creación de la nueva dependencia.

Pasó un año y los dos sabios nacionales se unieron para exigir la creación de un área de asesores , pero ya no podían pagar más a los consejeros del rey los trabajadores se pusieron en huelga. Una de las exigencias de los consejeros era que se les dieran tierras. El rey no quería aceptar estas peticiones porque quería utilizar los pocos recursos del reino para ayudar a los pobres, no para ayudar a los que supuestamente le darían ideas para ayudar a los pobres. Pero como no quería meterse en más líos, les concedió sus propuestas.

Con el paso del tiempo, consejeros del reino se convirtió en un conflicto interminable. Sin embargo, el rey, viejo y defraudado, no quiso cerrarla porque todavía tenía la esperanza de que de ella saliera alguna idea para ayudar al reino. Como era inevitable, el rey murió. Su hijo, el nuevo rey, estaba convencido que los consejeros del Reino era una dependencia inútil, pero no se atrevió a cerrarla para no manchar la memoria de su padre. Entonces tuvo una idea brillante: se reunió con sus colaboradores más cercanos, todos ellos jóvenes formados en las nuevas teorías, y les propuso crear el instituto de estudios sobre el reino que dependería directamente de la oficina del rey. A todos sus colaboradores les pareció que la idea era en verdad brillante y de inmediato le ofrecieron nombres de posibles candidatos para integrar el organismo.

El rey nombró a cinco destacados intelectuales del reino para que hicieran propuestas para el desarrollo de su país, que seguía siendo muy pobre. Sin embargo, muy pronto los cinco intelectuales comenzaron a tener problemas entre ellos. El joven rey estaba muy ocupado con otros asuntos y le pidió a su secretario particular que se encargara de los conflictos de los nuevos asesores. Una mañana, su secretario le dijo al rey que era indispensable que el instituto se transformara en un centro académico autónomo. Para que el Instituto pudiese producir las ideas que necesitaba, decía el secretario, que los asesores trabajasen con plena libertad como investigadores científicos. El rey pensó que el proyecto de su secretario era sensato y autorizó que el instituto de estudios sobre el reino se convirtiese en un organismo público.

El reino ahora tenía  con dos centros de estudios en los que cientos de personas laboraban para encontrar soluciones a los problemas nacionales; pero el reino seguía siendo muy pobre y la corona gastaba demasiado en pagar los sueldos de ambas dependencias así que decidió despedir a los consejeros y así volvió a la normalidad el dinero del pueblo.
Seudónimo: Cal Pherson