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Ya son las 15 horas, y hasta estas horas sigo esperando noticias de la base “Gja 104”, soy el general mayor, Jack Ninfack, no puedo hacer nada pues estoy postrado aquí en esta cama, no puedo moverme pues tengo la pierna rota, me dispararon mientras recogía a Salome, ella no sobrevivió pero yo sí, el único recuerdo de mis padres, es la sangre que de ellos había en una carretera destruida, estados como Gabrielle y Ruleta ,ya no existen, no queda nada de ellas, fueron destruidas cuando el dictador más oscuro llego al poder. Ya solo somos 500 personas entre militares y médicos, así me remecía entre recuerdos y memorias, ahí fue cuando entró el Dr. Pazingue con una enfermera:
—No creo que despierte —decía.
—Que quiere decir —dijo la enfermera.
—Mmm…creo que gastaríamos demasiados implementos en él —dijo el doctor.
—¿Quiere que muera? —dijo la enfermera.
Yo no podía decir nada, solo podía escuchar, no podía realizar ningún movimiento, ¿Qué me pasaba?
—Enfermera, deme la vacuna —dijo el doctor.
—Aquí lo tiene, ¿está seguro? —dijo la enfermera.
Sí —dijo el Doctor,  y de inmediato me aplico la vacuna.
Entre mareos y mareas, sentía como cada parte de mí se disolvía, como mi alma se podía separar de mi cuerpo, como lo hace una pegatina de la hoja y me quede así por mucho tiempo; pero pude sobrevivir a la letal vacuna.
Abrí los ojos, y todo parecía estar destruido, parecía que no habían atendido en mucho tiempo, ¿Qué había pasado?, No lo sé, pero de lo que sí sabía, era que me podía mover y que había vuelto a la vida, no sabía lo que pasaba, pero en uno de mis sueños, pude ver a mis padres en lo que al parecer era el inframundo, decían, ve y vive.
Me  levanté como un animal que había despertado después de invernar, pero aún estaba con la duda de porque todo estaba desolado, empecé a caminar por el destrozado camino, estaba con raras manchas de sangre, pero el telégrafo seguía sonando, fue entonces cuando decidí entrar a la oficina del Doctor Pazingue; pero, ESTABA MUERTO, estaba degollado, sentado en su telégrafo, al parecer intentaba mandar un grito de auxilio; pero no lo logró, ahora entendía porque el lugar estaba destrozado, decidí cruzar la puerta y largarme por fin de ese campamento.
Al salir solo había desierto, no estaba resguardado por Samuel o Ricardo, hasta incluso Pedro, esto me olía raro, no era común, hasta que rodee el campamento cuando me horroricé al ver a todos sin excepción muertos, tirados, ensangrentados, aferrados a sus armas, ahí estaban Sebastian, Mauricio, hasta la pequeña Zuleica, ya lo sabía, todos, todos estaban ahí, ¿Cómo habría pasado?, No lo sé;  pero por el terreno circulaban grandes vientos como siempre, de lo que sí estaba seguro, era de que yo era el último soldado.
Con rencor, seguí caminando y poco a poco me iba alejando de esa horrible escena, hasta que pronto me encontraba en un pequeño bosque, con tristeza, me senté en un tronco; pero, como dicen, un  soldado no puede llorar; pero estaba muy triste así que boté una pequeña lágrima, entonces vino un cachorro de lobo que al ver mi lágrima, la lamió. El pequeño estaba desnutrido y muy debilucho, así que, lo cargué y lo llevé a un arroyo que cerca de ahí estaba, el cachorro lo bebió como si nunca hubiera bebido, al quedar saciado, lo dejé para que se quede con la naturaleza; pero cuando me alejé, el cachorro comenzó a seguirme, así que decidí llevármelo y por la forma en como bebía, lo llamé Segua.
Caminamos mucho, hasta que llegamos a Cranberrie, era un pequeño poblado, que estaba resguardado por los soldados del miserable Nanfick desde afuera, sabía que era una oportunidad de venganza, pero viendo la situación, solo decidí ocultarme como un cobarde. Tomé al cachorro y cruzamos por esa montaña que nos separaba, nos infiltramos en una casa, estaba desolada y todas las ventanas junto con las puertas estaban caídas, subiendo aquellas escaleras, pronto me di cuenta de que no estábamos solos, cada vez que me acercaba, sentía la extraña razón de que estaba en peligro, cuando abrí esa puerta que al final estaba, vi a una mujer, parecía tener la misma edad que yo, me estaba apuntando con una escopeta, dispuesta a disparar, cuando me preguntó:
—¿Qué quieren, no les fue suficiente con asesinar a mis padres? —me dijo con un enojo singular.
—Yo no soy de esos —le dije sin ningún escrúpulo.
—Entonces, porque llevas un traje militar —me dijo.
—Soy un soldado del escuadrón alas de justicia.
—Pero, todos esos están muertos, ¿Por qué estas vivo? —me dijo nerviosa.
—Yo tampoco sé porque estoy vivo —le respondí.
—Supongo que debes estar cansado, no quieres algo de comida o de beber —me dijo incómoda.
Al ver a Segua, que ya estaba cansado, decidí aceptar su propuesta, por lo que de inmediato me llevó a una habitación que tenía un pequeño horno, con una mesa y dos sillas:
—Tienes un lobo muy lindo —me dijo alegre.
—Sabes, me llamo Selena, yo también tengo a alguien pequeño que cuidar —me dijo.
De inmediato llamo a una niña que respondía  al nombre de Sara:
—Ella es Sara, mi hermana —dijo abrazándola.
La pequeña por un momento me hizo recordar a Salome, tenía la misma sonrisa, los mismos ojos, hasta la misma tonalidad de piel, la niña, de inmediato empezó a acariciar al cachorro.
—Tengo un pequeño terreno al cual tengo que cuidar, me agradaría que me acompañes —me dijo coquetamente.
Al ver su seguida petición decidí aceptarlo, por lo que nos dirigimos a cuidar el terreno, cuando estábamos en él, me contó acerca de su pasado, de cómo murieron sus padres y de un par de desgracias que le habían ocurrido, yo no hacía más que sentarme y mirar al horizonte. En el camino a casa olimos un extraño olor a fuego, cuando supimos la realidad, era demasiado tarde, muy tarde, Cranberrie estaba en llamas, y estaba rodeado por los malditos soldados, asesinaban a cualquiera que intentara salir con vida, y luego ponía una sonrisa en su cara, ya era suficiente.
Fue entonces que ella cayó al suelo, llorando de angustia y de dolor:
—¡Noooooooooooo, mis vecinos, mascotas y amigos¡ —dijo gritando.
Al ver su desesperación, solo me quede viéndola por un buen rato, cuando, en mí, entraba la desesperación, decidí callarla.
—Ya cállate y para —le grité.
Al parecer, no me había escuchado, pero cuando Sara fue a verla, se calló, al parecer las dos tenían una gran conexión, me quede viéndolas un rato, pero cuando voltee, un soldado, sacó su metralleta y empezó a dispararnos; tomé del brazo a Selena y ella tomo del brazo a Sara, Segua alistó sus patas y nos echamos a correr, me había reconocido y todos los soldados empezaron a seguirnos; pero nosotros seguíamos corriendo y cuando volteamos, solo ráfagas habían.
Llegamos a una playa, que estaba rodeada por un bosque frondoso, en la orilla habían unas pequeñas tablas de madera, por lo que decidimos construir una pequeña barca, Segua seguía a mi lado mientras que Selena observaba a Sara jugar en el mar, seguía llorando; pero, por alguna extraña razón, fingía una sonrisa cuando Sara se le acercaba, no entendía por qué lo hacía, pero nunca le pregunté.
Pasaron muchos días y la barca ya estaba lista, la bordamos y decidimos partir a la ciudad más cercana, Belamia, los soldados seguían vigilándonos, pero no se atrevían a dispararnos, Segua seguía atento a cualquier alerta, Sara jugaba a ser capitán, pero Selena seguía llorando.
Llegamos a puerto Valentina, y nos escabullimos entre la multitud, todos se preguntaban por la extraña barca, pero nosotros seguíamos escabullidos, hasta que llegamos a un pequeño edificio, que antes era un hospital. Decían, que aquel lugar, era una base militar, por lo cual, el ambiente era muy familiar, tenía armas escondidas por todo el lugar, bombas y hasta un tanque oculto.
En el antiguo hospital, pasamos muchos días, escondidos de la sociedad y sobrevivíamos a partir de los residuos de las alcantarillas, obviamente a Segua le gustaba, pero Selena:
—¡Qué asco! ¿Cuánto tiempo estaremos así?  Me reprochaba lamentándose.
Todo iba bien hasta que, por alguna razón, un carro pasaba anunciando lo siguiente:
—Todas las personas mayores de 18 años, acérquense a la plaza Talerico
Yo tenía 19 años, Selena, también, ella quería ir; pero algo dentro de mi decía que no, Selena tampoco fue.
La gente se empezó a mover por todos lados, decían que regalarían víveres, que el Presidente iría o incluso que era un plan de evacuación, pero nada era cierto, de pronto aquellas risas y carcajadas, se convirtieron en dolor y lamento, eran las 11 de la mañana cuando un revuelo de sonidos y gritos se escuchó a lo lejos, esto me hacía recordar a la perdida de mis padres, era un coche bomba, nadie sobrevivió.
Al poco de unas horas, los niños que no sabían de nada, empezaron a salir, uno en uno, uno dijo:
—¿Dónde está mi papá?, escuché su grito; pero no sé de dónde.
Al ver su tono de voz, sentí un dolor en mi corazón, él no debía tener menos de 10 años, salí del hospital con un gran dolor, y lo abracé.
—¿Tú quién eres?, me dijo, y los demás niños nos vieron,  conmovidos salieron.
—No importa, solo sé que tu papá está en otro lugar; pero todo está bien.
—¿Dónde está?  —me dijo.
Yo solo supe responderle con una mirada hacia el cielo, el al mirar aquella señal, solo se aferró a mi pecho.
—No se preocupen estarán a salvo con nosotros —dije llamando a los demás.
Fue un momento agradable, todos estábamos reunidos en la pista, parecía que un pedazo de mi corazón se había vuelto blando y disfrutaba con los niños, hasta que por el cielo se escucharon unas hélices moviéndose, eran ellos, nos apuntaron y empezaron a disparar, Selena ordenó que todos entraran de nuevo al hospital, entramos y pudimos ocultarnos, pero de repente los disparos cesaron y otra vez solo habían ráfagas, esto ya era extraño y todos se dieron cuenta.
—Sabes cómo utilizar un arma —dijo Selena a un pequeño niño.
—No, dijo el niño, mi papá dice que es malo usarlas.
—Nada es malo, con tal de que sea para el bien y la bondad —dijo Selena, parecía que la tristeza se le había borrado de la cara al ver a los niños.
Y así estuvimos varios años, preparando a los niños, preparándolos para el ataque y defensa, Segua ya no era un cachorro, era un gran lobo, con un gran pelaje en el pecho, Sara ya no era la típica niña engreída y consentida, era una mujer muy alta y con un gran carácter, los niños, ahora eran soldados comandados por Selena y yo por fin era Capitán. Les estábamos enseñando a cómo usar una metralleta, cuando por la puerta entraron varios soldados, Selena de inmediato bajó por aquellas escaleras rotas y cada soldado tomó un arma, todos empezaron a disparar, Segua mordía a cuantos podía, Sara con su gran voz, comandaba en remplazo de su hermana, y yo disparaba a cuantos podía, nos estaban ganando, pero las ráfagas de viento empezaron a transcurrir, otra vez, por todo el hospital, cerré los ojos en aquella masacre y cuando los abrí, no estaban los soldados de Kcafnin.
—Jack, apártate —dijo Selena desde un rincón.
Todos se apartaron preguntando donde estaba ella, cuando una pared se derrumbó, era Selena, estaba conduciendo el tanque, pero grande fue su sorpresa al ver que nadie estaba, bajo y pregunto qué había pasado
—Fueron las ráfagas —otra vez, le dije.
Ella quedo sorprendida y me miro confundida, nos quedamos así un tiempo, hasta que Segua empezó a aullar y Sara miraba con los soldados algo, era Kcafnin, junto a más de mil soldados, al verlo, empecé a dispararle; pero nada pasaba, no tenía ningún daño, él  agarró una escopeta y empezó a apuntarme; luego jaló el gatillo, yo vi alarmado como poco a poco venía la bala, pero luego solo vi una espalda con los brazos extendidos; era Selena, no tuve tiempo para quitarla del camino, ni de retrasar su muerte, cayó lentamente al piso, Sara empezó a gritar, los soldados empezaron a pelear y Segua dio un gran aullido, yo me quedé paralizado, la tomé en mis brazos y suplicaba que resistiera, ella me miraba confusa y poco a poco cerró sus ojos, sus grandes ojos; lleno de ira y cólera, agarré aquella ametralladora que solía usar ella, apunte y le dispare.
—Eres un maldito  ¿Cómo te atreves?  —le dije lleno de cólera.
—Es que no lo vez, nada en esta vida importa —me dijo con aquel tono sarcástico que tenía.
De repente, él agarró su metralleta, por un momento pensaba que moriría; pero cambió de dirección y apuntó a todos los soldados; luego empezó a disparar, Sara dio un gran salto, pero murió instantáneamente, al caer de cabeza; pero al menos murió al lado de su querida hermana, Selena, Segua vino corriendo a mi lado, y éramos los dos otra vez, por un momento pensé que esto pasaría, pero estaba congelado, viendo como aquel ASESINO, asesinaba a todos mis soldados y a los soldados suyos, pasaron por mi mente muchos recuerdos, mis padres, mi querida Salome y hasta incluso el Dr. Pazingue, todos ellos.
De repente, las ráfagas volvieron,  atacaron; pero era imposible, tan  pronto como comenzó esto, los exterminó, todos estaban muertos, aquellos niños que habíamos enseñado y que habíamos adoptado, yacían en el piso ensangrentados, con armas a su lados, Sara y…. Selena también, el único que estaba a mi lado era Segua, mi lobo fiel. El límite ya había sido sobrepasado, me armé de valor por mi antiguo ejército y por mis difuntos soldados, y le pude dar un golpe en esa cara llena de repugnancia, inmediatamente cayó; pero siguió vivo, agarré su ametralladora y voltee la vista, pero él estaba ahí, agarrando del pescuezo a Segua:
—Déjalo —le grité.
—Claro, tú eliges, muerte al perro o vida a Kcafnin —me dijo.
No sabía qué hacer, estaba entre la espada y la pared.
—Yo…, te dejaré libre —dije decepcionado.
De inmediato dejó a Segua y tomó el tanque; viendo su escape, un gran viento se presentó frente a él, tenía que aprovechar esa oportunidad. Apunté y disparé por todos los hombres que habían muerto por “Alas de Justicia”; de inmediato, el tanque explotó y por fin se hizo justicia; pero Segua estaba mal herido, ya no se podía hacer nada, lo abracé en su agonía, y me despedí del que fue mi amigo, ahora, sabía que era de nuevo el último soldado.

Seudónimo: Hudson la Beouf