La Ciudad Dormida es la primera obra del periodista y escritor, Gustavo Pino, publicada en el 2017 por la editorial Aletheya. Escrita entre el 2010 y 2015, fue pensada en un comienzo en publicarse como una novela, sin embargo por su extensión se optó por una publicación en formato de relatos seleccionados. 

RESUMEN: 

El libro recorre con irreverencia, ironía y nostalgia los recuerdos de la adolescencia y juventud, esos que no se van nunca, y que persiguen al autor por más que trate de librarse de ellos, a pesar de que se hagan imperfectos en su memoria. También habla de los primeros amores, de las travesuras escolares. Relatos que reflejan, entre líneas, diferentes problemas sociales como la delincuencia, la drogadicción, el alcoholismo, la prostitución. Además, habla sobre la hipocresía de algunos representantes de la iglesia. También tiene una pelea encarnizada por retratar personajes que se van quedando solos en medio de los demás, y por reflejar el asombro de lo cotidiano que muchos hemos olvidado de observar y apreciar. 

De la misma manera, el libro plasma la impresión que deja a un joven periodista sus primeros días de prácticas en un medio impreso, el ambiente que se vivía, los gritos desenfrenados del editor en la hora de cierre, las computadoras sonando producto del tecleo incesante. 

Después, salta a un reencuentro entre amigos, donde el autor trata de resaltar la importancia de la amistad, la belleza de ello. Esa camarería que puede existir entre las personas, ese vínculo casi irrompible que es la amistad, y que muchas veces es tan difícil de conseguir. 

Por otro lado, está el tema central del libro que es el Moqueguazo, que es ficcionado en su totalidad, utilizando elementos de la crónica literaria y periodística. Este evento se divide en tres partes importantes, que van a poder encontrar en el libro. Primero: las más de 3 mil personas dirigiéndose al puente Montalvo para realizar un paro programado por 48 horas, donde finalmente cierran el paso del puente soldando vigas de metal a su ancho. Segundo: el ataque de efectivos policiales, donde varias personas resultaron heridas producto de las bombas lacrimógenas, las piedras que eran lanzadas por hondas rudimentarias, los palos que caían sobre cascos. Y todo concluye en la captura de los efectivos policiales, que se salvaron por poco de ser linchados, y que fueron llevados a la iglesia Santa Domingo de Moquegua, donde permanecieron como rehenes. Y el tercer punto: la declaratoria de la ciudad en Estado de Emergencia, seguido por el corte de la señal de medios televisivos y radiales en la madrugada del 18 de junio. 

RESEÑAS: 

En palabras de Darwin Bedoya (Premio Cope de Oro en Poesía 2011): «En cada página late el placer de soñar despiertos y de imaginar —como si fuese real—, ese imposible no tan lejano que merodea nuestras vidas. El autor nos hace comprender, con esta su ópera prima, que el espacio no es un universo, sino aquellos pocos metros cuadrados que ocupamos a lo largo de nuestras vidas, de nuestros días llenos de insidias e impedimentos, donde, a veces, nada sucede; pero si llega a ocurrir suele ser trivial e intrascendente. Pero en todo esto, quizá lo más importante sea que con este libro, Gustavo Pino, nos hace conocer de la ambición y el vigor con los que hoy se cultiva la narrativa moqueguana.»

 Por su parte, Orlando Mazeyra (reconocido escritor arequipeño): «En “La ciudad dormida” encontraremos relatos escritos con desparpajo y, sobre todo, sin artificios. Gustavo Pino despierta –interpela– a los lectores para contarles historias en donde las “primeras veces” son el hilo conductor de su (también) primer libro: la imaginación desbocada de un estudiante que parece conocer los secretos más inconfesables del cura de su colegio, los juegos y ritos de la juventud, el despertar sexual y todas sus consecuencias, la primera nota de un novel periodista perdiendo el tiempo en una redacción donde no hay mucho que aprender, la casa de uno de sus amigos con afanes “literarios” y la dignidad de un pueblo que, como el autor, se resiste a claudicar. A Gustavo Pino la realidad se le subleva, entonces su destino está sellado. Sólo le queda la dulce condena: escribir.»