—Es un viejo amargado  —aseveró mi madre  en tono frontal—. No te acerques a él.
Había llegado de un momento  a otro trasladado  de un hospital. Dijeron que era mendigo y lo recibíamos en casa por caridad. Para la edad que yo tenía, me conmovió su vejez. Nunca imaginé que las personas pudieran vivir tanto. Me sorprendió ver sus cabellos blancos como algodón y la piel apergaminada. Los primeros días, sin que mi madre se enterara, me dejaba llevar por la curiosidad hasta la puerta del cuarto, cruzando el patio. Antes que el viejo lo ocupara, ese ambiente fue el lugar donde papá guardaba los trastos, herramientas, antiguallas y también sirvió de dormitorio al Cholo, nuestro pastor alemán, que murió de aparatosa ancianidad.

El viejo permanecía  rendido  sobre un vetusto catre de metal. Yo lo espiaba desde la puerta que siempre se mantenía entreabierta,  sin atreverme a ingresar. Era época de vacaciones. Por entonces yo tendría siete años a lo mucho; él poseía todos los años de la tierra y demás planetas del universo. Eso pensé al fijarme en su piel rugosa y transparente. Cuando Dominga, la sirvienta, venía trayéndole el almuerzo, corría a esconderme detrás de los geranios para que no me acusara ante mi madre. Después que se marchaba, yo regresaba. Observaba al viejo llevarse la cuchara a la boca descolgada, temblorosa y con parsimonia de quien no tiene apuro. A las justas probaba bocado.

Transcurrieron  varias semanas en esa rutina. Yo espiando desde la rendija y él momificado entre las frazadas. Cansado de acechar, me ponía a jugar con mis dinosaurios. Mi hermana, cuatro años menor, no se dignaba empolvarse y prefería quedarse dentro de casa. Un día, en medio de mis solitarios juegos, escuché la voz lánguida del anciano. Me aproximé a la puerta con temor y estiré el ojo por la rendija. Se había sentado al extremo de la cama. Llevaba puesto un pijama desteñido a rayas. Era casi mediodía y el sol rebalsaba por los cuatro costados del patio.

—Alcánzame el bacín —ordenó con voz ajada.
No supe si se dirigía a mí o a alguien más. Yo apenas me dejaba ver detrás de la puerta.
—Alcánzame el bacín, rápido —volvió a repetir.
Miré hacia la casa, nadie estaba cerca. Empujé la puerta que soltó un chillido de bisagras oxidadas y con paso torpe avancé. Demoré en ingresar a propósito. El olor a moho y humedad me abofetearon la cara.
—Rápido —mandó—, me gana.

Con la mirada busqué algo sin saber exactamente  qué. El viejo alzó la mano  y señaló con el dedo. Era un balde amarillo, de esos en que papá compraba pintura. Con cierto temor y sin pronunciar  palabra le pasé el objeto. Me quedé observando. El viejo, torpemente,  se bajó el pijama, colocó el balde sobre un pequeño taburete y se sentó a defecar. El cuarto se infló con olores fétidos. Solo después de algunos segundos se percató que yo continuaba ahí.
—Vete —ordenó con la mano  como espantando  una mosca.

Yo volé hacia la casa, ingresé a mi habitación y cerré la puerta. Pero luego recordé que no vi papel higiénico en el cuarto del viejo. Corrí al baño, tomé el rollo y se lo llevé. Lo encontré limpiándose con papel periódico. Venciendo el asco, alcancé el rollo. Al recibirlo me percaté que se había embarrado  los dedos. Una arcada repentina  me sobrecogió. Salí corriendo con la promesa de no volver más. Esa noche se me quitó el apetito. No podía evitar en mis recuerdos la escena del viejo con caca en los dedos y retorciéndose como un garabato.

Mi promesa de no regresar apenas duró dos días. En realidad no pensaba hacerlo  nunca, sino fuera que una tarde vi la puerta del cuarto abierta de par en par. Fui a mi habitación, me coloqué la máscara antigases de juguete y me aproximé al lugar. Parecía un bombero con todos los aditamentos  que me vestí. El viejo permanecía echado en la cama con los ojos cerrados, emitía jadeos imperceptibles que me asustaron. Me mantuve breves segundos en la puerta, luego entré con pasos de gato. Imaginé que dormía y no deseaba molestarlo. Llegué junto al catre. Contemplé su rostro arrugado, incrustado  de una barba espesa y plateada. Repentinamente abrió los ojos, me observó. Recompuso el rostro, creí divisar en sus labios morados una apagada sonrisa. Quise salir corriendo intimidado por su cara de papel, pero un gesto desesperado de su mano me detuvo. Trabajosamente buscó algo debajo de la almohada y me lo extendió. No dijo nada. Desconfiado retrocedí dos pasos, miré su mano; eché un vistazo afuera y volví a clavar mis ojos en los suyos. Eran unos ojos sin brillo, apagados, congelados como de los pescados que compraba Dominga. Con una mueca indicó que cogiera lo que me alcanzaba. Era un trozo de papel higiénico enrollado. Lo recibí y salí huyendo con la sensación infantil de estar cometiendo algo vedado y malo.

Al día siguiente, aplacado el temor, fui a buscarlo, pero no lo hallé. Indagué  con Dominga sobre su paradero, me indicó que el viejo había fallecido durante  la noche y se lo llevaron a un velatorio en la mañana. Esa tarde solo mi hermana, Dominga y yo permanecimos en casa. Mis padres llegaron tarde vestidos de negro riguroso.

Al otro día un chatarrero se llevó el catre, los colchones y las frazadas del cuarto. La ropa usada fue incinerada. Yo continuaba jugando en el patio, veía el cuarto, la puerta entreabierta. Todo parecía igual que antes, pero no era igual. Sentía la ausencia del viejo, la ausencia de su figura moribunda y ojos de pescado. El silencio resultaba desasosegante. Recordé el papel higiénico que me entregó. Lo había escondido debajo del colchón en mi cama como un secreto entre él y yo. Fui en su busca. Al sacarlo, recién me percaté que contenía algo. No me había fijado en ese detalle cuando lo recibí. Lo desenvolví con cierta impaciencia, al final de tantas vueltas y vueltas encontré una fotografía en blanco y negro. Era el viejo, mucho más joven. Me resultó deslumbrador, en ese momento  no comprendí  nada. Por miedo al castigo, oculté la fotografía entre mis juguetes para que mamá no la descubriera. Quizá la habría roto. Solo ahora sospecho que ese viejo sucio, arrinconado como un perro sarnoso en el depósito, era mi abuelo. Frente a su fotografía lo evoco y sorprende mi parecido con él: sus cabellos canos, la profusa barba, esa nariz afilada de buitre, sus manos sarmentosas. Mirarlo es como verme reflejado en un espejo del tiempo.

(El cuento “EL VIEJO” del autor Goyo Torres se encuentra en el libro “NADA ESPECIAL, Cuentos” publicado el 2016-Octubre)