I
Era una noche de enero de 2006. Aún permanecíamos con la resaca del ron del Año Nuevo, que fue interminable. Bebimos cerca de tres días sin parar, entre risas, conversaciones amenas y besos que dejaban un dulce en los labios. Nos acomodamos en un parque: La “Bolo” —como le decían—, para ser exactos,  en bancas endebles y de maderas humedecidas, bajo la noche diluida y la brisa ileña que parece arrancarte el ardor de la piel.

Mientras algunos golpeaban cigarrillos otros daban pequeños sorbos de alguna cerveza que se iba calentando. Las palabras se hacían cansinas, aburridas. Pero surgían las risas repentinas, incontenibles de  chistes malos. A nadie le importaba, solo queríamos reír. Sentirnos vivos.  A lo lejos se escuchaba un ritmo pegajoso como el calor de la noche, que decía: «Mientras nos quede ron  no tomaremos agua, porque el agua solo sirve  para irse a bañar». Años después, supe que se trataba de Richie  Rey y Bobby Cruz interpretando el maravilloso Bembé en casa de Pinki. 
—No sería mala idea terminar la noche con un roncito, ¿no? —dijo alguien del grupo. 
No negaré  que la idea me pareció lo más sensato que se dijo esa noche. Caminamos presurosos en dirección a alguna tienda. Sacamos el sencillo de nuestros bolsillos para la chancha. El dinero que sobró se utilizó para más puchos.

Volvimos al centro del parque, acomodándonos como podíamos en el piso y en la misma banca de siempre. Apuramos algunos vasos. El líquido parecía encender el interior de nuestros cuerpos. Algunos pusieron su cara de asco. Otros dijeron: «Bendito caldito negro, ven pa' dentro».  
Íbamos media botella, cuando vimos que se acercaba la “Olla”. La imagen era la misma que la noche anterior cuando lo conocí: gordito, amondongado, de risa indescifrable, voz particular y sonora, guitarra al hombre y con la visera de una gorra apuntando a su derecha. Ya no pensamos que nos venían a asaltar o algo así. La Olla era del pueblo, del barrunto. No había nada que temer. Nos saludó a cada uno diciendo: «¿Cómo estás, causita? ¿Cómo te trata la vida? Qué bueno, causita. A mí como siempre, tú ya sabes, pes... No me puedo quejar».
No dudamos en invitarlo a la ronda de vasos repletos de «la bebida que engalana el paladar», como dijo Jhon. En ese tiempo era mayor que nosotros por 5 años, así que debería tener unos 21. Nunca supe su apellido. Hace unos días traté de saber de él, pero nadie me daba respuesta, ni tampoco su apellido, ni su edad exacta, ni mucho menos el por qué de su apodo. Tal vez me comentó algo sobre su apelativo, pero el tiempo se ha encargado de borrar ciertas cosas. No me atrevo a asegurar nada.
—La música es como el ron y el ron es como la música. Una vez que ese caldo espirituoso pasa por tu boca, sientes cómo la música se enciende en tus oídos —comentó la Olla, saboreando cada palabra.

II
La vida de Jhon o la Olla, como prefieras llamarlo, no fue fácil. Desde muy temprana edad tuvo que ganarse la vida en la calle, en los micros, durmiendo a la intemperie, pasando hambre. 
«Yo no sabía qué iba a ser de mí. Vivir en mi casa ya no era vida. ¿Para qué quedarme, entonces? Es por eso que decidí irme. Escapar de todo aquello que me rodeaba. Sentía que iba a morir… Lo único que me dio pena fue dejar a mis hermanos. Pero, aunque no creas, el tiempo y la calle te hacen fuerte. Te terminas acostumbrando a todo», me dijo una vez en las calles estrechas de un barrio sin nombre y sin asfalto. 
Ese verano, en una borrachera que parecía salida de la novela póstuma Islas en el golfo de Hemingway, aparecí con la Olla y con un amigo más, tirado en un bar con paredes de estera, mesas empolvadas y con un travesti totalmente arrecho por mi amigo. Rebusqué   apresuradamente entre mis pantalones. Respiré aliviado: tenía todas mis cosas. Dudé por un momento y me toqué entre las nalgas: no había pasado nada. 
—Hasta que por fin despertaste —me dijo la Olla alcanzándome un vaso de cerveza. 
Lo tomé sintiendo un alivio en mi estómago. El travesti de espalda extremadamente ancha se acercó a la mesa. 
—¿No quieren tomar un roncito, mejor? —nos dijo. 
—Ahí nomás, causita —le dijo la Olla—. Ese caldito negro solo se toma entre patas o con flaquitas. 
El mesero frunció el seño. No entendía nada. 
—Mira, causita, te voy a explicar para que me entiendas. Cuando lo tomas con los patas bacán, porque te termina matando el palo, ¿entiendes? Ma - tan - do el pa - lo —señaló entre sus piernas con los dedos índices—. ¿Ya entendiste? 
El travesti le guiñó un ojo. 
—Ya, causita, así me gusta, que seas rápido. Ahora, escúchame bien, si lo tomas con flaquitas la cosa cambia, porque a ellas se les suelta las piernas, ¿entiendes? Terminan soltando el tesorito. En tu caso el potito. 
Las risas no se hicieron esperar. El mesero disfrazado de mesera se tapó la dentadura casuta y rió escandalizado. 
Esa mañana, casi tarde, tomamos una combi sin tener para los pasajes. 
—Pero ¿cómo vamos a pagar? —le preguntó mi amigo a la Olla, aún somnoliento de alcohol. 
—No te preocupes, causita. 

Subimos a la combi destartalada. Los pasajeros nos miraron extrañados. Algunos sujetaron a sus niños y carteras. El calor era insoportable. Pasamos hasta el último asiento. Nos quedamos parados, mientras una señora se persignaba y con la otra mano trataba de hacerse un poco de viento. Cuando nos dimos cuenta, la Olla se había quedado en la parte de adelante, acomodándose la guitarra a la altura del estómago. Parecía que la noche y el alcohol no habían pasado por él. Carraspeó y empezó a hablar: 
—Bueno días, señores, discúlpenme por interrumpir su tan placentero viaje…  —volvió a emitir una tosecilla tratando de aclarar la garganta. Tenía la boca pastosa—. Hoy quiero mostrarles un poco de mi arte. 
Un señor de avanzada edad, murmuró: «Deberías buscar trabajo, en vez de estar perdiendo el tiempo». 
—Disculpe, ¿qué ha dicho? —lo encaró la Olla, para sorpresa de todos—. ¿No cree que lo que hago sea suficientemente bueno y honrado para que me brinde un poco de su tiempo? ¿No cree que el arte que yo tengo sea mejor que el de los que salen en conciertos y en la televisión? ¡Dígame, pues, viejo de mierda! 
Esa mañana tuvimos que regresar a las casas, donde nos hospedábamos, a pie. Llegamos sudorosos, con los rostros colorados, destilando una mezcla de ron y cerveza, y desternillándonos por la cara de bobalicón que puso el «viejo de mierda». 

III
Cuando me dispuse a escribir esto, como ya había mencionado antes, traté de averiguar sobre Jhon o la Olla, elija usted cómo llamarlo. Yo preferiría decirle la Olla, como lo conocí. Sin embargo, nadie, de los que estuvieron esa noche en el parque la Bolo, me supo dar razón de él. Algunos me dijeron que siguió viajando en los buses, de ciudad en ciudad, y subiéndose a las combis  para mostrarles un poco de su arte. Quiero imaginar que siguió mandando a la mierda a todo aquél que quisiera meterse con su arte, que era cantar y arrancarle un par de acordes a la guitarra. En mi afán de saber de él, llegué a enterarme de que estuvo en el casting de un programa conocido de canto en Lima. Dicen que pasó a la etapa de casting en vivo, y ahí quedó; sin embargo, cantó como siempre: mostrando su arte.  
Febrero de 2015