SUEÑO CUMPLIDO

 ¿Echar la culpa al tiempo? ¿A Dios? ¿A las circunstancias? ¿Al inimaginable destino o a mi padre? Por lo que no me dio, por lo que no tuve, por lo que me dio a cambio de algo que me quitó o ¿Qué? Simplemente, no hallo una certera respuesta a toda esta vida, que da y quita, que viene y va, que vuelve y nuevamente no está. Qué ironía. Querer la muerte amando la vida… Sólo para desear un instante estar con alguien.
A mis  siete años no entendía lo que me pasaba, eran deseos extraños, ocurrentes deseos. Pero deseos al fin. 
Apenas anteayer era como cualquier día, me levantaba como de costumbre, pues a mi edad, como se inculca a los niños, elevaba mi oración al señor, agradeciéndole por las horas de vida, por mi salud y porque mi madre me guarde, esté donde esté. 
El primer día de la semana, lista  para ir  al colegio, bajé  a tomar desayuno  junto a mi padre y Beatriz. Como unos extraños compartíamos la mesa; lo único en común con la mujer nombrada, era que ambas  amábamos  a la misma persona. Entre nosotras existía un “hola” y un “chau” algo desatento y a veces un “cómo estás” o “qué tal”. Nunca intentamos  volvernos  cercanas pese a que nos conocíamos tres años hace.
Mi padre me llevaba como de costumbre al colegio, compartíamos su auto rojo que hace un par de años, le ayudé a elegir. El colegio  era el único lugar en el que la alegría reinaba mi corazón, la calma me abrazaba y las clases entretenidas me causaban mucho interés por aprender. Junto a mis amigos Lucas y María  me pasaba todo el día contenta, llena de risas y bromas divertidas. Y entre risa y risa, broma y broma, “jajajás” y “jejejés” Llegábamos a la última hora después del segundo receso, era ahí donde la nostalgia volvía en mí. Mi padre en su trabajo, lejos de mi alcance por cinco días. Se me venía a la mente cuestionamientos propios de mi infancia, bueno, en  relación a mi realidad y a lo que yo atravesaba. Cuando de repente… mis usuales cuestionamientos sobre las ciencias o ciertos juegos, esa tarde cambió.  
— Lucas, María ¿Cómo son sus madres? —les exhorté.   
— Bueno —respondía Lucas— la mía  es la más hermosa y buena del mundo, siempre me prepara la lonchera y cuando enfermo me cuida mucho. 
—¡Mi mamá también es la más bella! —exclamaba María, casi al mismo tiempo.  
—Siempre  vela por mí todas las noches antes de dormir y me acaricia la cabeza en señal de amor que me tiene...
Al escuchar a mis amigos, se generaba en mí una envidia y tristeza inmensa… A pesar de que mi padre siempre me brindó su apoyo y cariño, su paciencia y comprensión.  Jamás hizo que me faltara algo. A pesar de ello, sentía la falta y necesidad de  alguien, alguien femenino. Ese ser a quien se le puede confiar asuntos féminos… Ese ser a quien evoco siempre antes de dormir, ese ser a quien extraño tanto y quisiera verla ya.
No culpo a Dios por quitármela, ni a mi padre, quien no pudo estar junto a nosotras, pues cumplía con su deber de hombre y trabajador. Sin embargo, la heroicidad de la que tanta admiración siento y el furor hacia aquella circunstancia, me hacen contrariar ideas, sentimientos y posturas… Bueno, por lo menos sé que lo que sé sobre mi madre, es el sacrificio más bello que en ningún libro podría hallar, esa historia, fue real, con personajes reales, cuya protagonista  y el final, son inesperados.
Y así, después de cesar mi llanto, recostado junto a mi cama, después de tantas interrogantes acerca del ¿cómo? ¿Cuándo? Y ¿Por qué? ¡Por qué! La historia sobre mi madre, mi atento padre, me la hace saber…
“…Tu madre, cual heroína innata, ofreció su vida para salvarte a ti…” Así cual impactante narrador de cuentos; me narra que en una tarde de invierno, en la lejana comunidad de Pichigua, de este vasto Perú, bajo el tormento de la naturaleza y la inexorable e imperdonable lluvia, mi madre, noble y humilde ser, de joven edad y decidida personalidad, se percata un día antes, de mi mal estado y después de agotar remedios caseros y mucho más, decide conducirme al centro poblado de la posta de Espinar. Pues el único día en el que la posta más cercana y única del lugar, sólo los domingos, no había atención. Así que mi madre frente a la negativa de ciertos pobladores y el estado casi sin remedio en el que me hallaba, todos le decían, “Siñorita, ya no se puede hacer nada, la wawa ya muerta está casi, muy mal está” Otros sin resignación alguna decían “Espere numás a quel siñor se la recoja” “Sólo in el hospital lo pueden ver, el ductor numá lo puede curar” Otras voces decían “Mala suirte, hoy no hay carros para Ispinar, ni autos particulares hay” Y otras voces lamentando añadían “Cálmese siñurita,  además la lluvia muy fuerte está, ya nada se puede hacer” .
Coloradísima, con fiebre alta, ojos casi cerrados por completo y pequeños gemidos de quejidos, de vez en cuando se me oía. Cuenta mi padre, que la decisión de mi madre fue: “O dejo morir a mi hija frente a mis ojos o morimos las dos en el intento, porque mis ojos no vivirían así”. Dejó de lado las sugerencias y lamentos, pidió un asno y una frazada, me cubrió bien con ropas salimos en marcha.
Su heroísmo era tal, que a pesar de no haber movilidad, me subió a un asno, y ella sin saber montar bien esa bestia noble, terca pero audaz, erramos por las pampas y ríos del campo, en brazos yo, a cuestas del cuidado de mi heroica madre, lloraba casi a cántaros, solo la lluvia y la tarde oscura, enjugaban mi llanto y el suyo, con la persistencia de mi madre por salvarme. La fiebre que tenía a causa de una infección estomacal, llevaba su propia cuenta, pues un curandero de la zona, le había dicho a mi madre, que de no llegar ese mismo día a ser socorrida por un médico, moriría. 
Mi padre, siempre lamenta, el haber estado algo lejos, pues él trabajaba en las minas de la provincia, en Tintaya. Lugar de donde la comunicación no se extiende a la zona en la que nos hallábamos ambas. Madre e hija perdidas entre montes, cerros grises y vías sin señalizaciones, a plena marcha, cuyo compás de nuestro asno, era lerdo y casi torpe. Se dice que salimos como a las cuatro y media. El trayecto en carro es de hora y media, pero a pie debiera ser tres horas, no más. Sin embrago, el jumento, se negaba andar por el atroz clima: truenos, lluvia ardua y el frío indolente, consumía las ganas y el paso del animal. Mi madre sin pensarlo más, me bajo del asno y emprendimos la caminata, ¡Domingo aquel señores! ¡Domingo aquel amigos! En el que solas, dos almas rumbaban casi levitando, buscando algún lar por caminos cortos o por carreteras extrañas. Según cuenta mi padre; pues fue lo que le reveló mi madre, instantes antes de su partida. Nadie pasaba por el lugar, ninguna señal de Dios, ¡nada! Y de algún modo, me dice mi padre, yo debí sentir, inconsciente más que consiente, la fuerza implacable de Dios o la naturaleza cruel; y al mismo tiempo, la entrega y fe de mi madre por lograr lo inlograble.
Cuatro horas  y mucho después, con solo el instinto y sentido de orientación, pues todo era oscuro, se dice que llegamos. Cual nubes densas, desprenden gotas de agua que caen sobre la tierra. Y ¡Oh! Naturaleza increíble! A varios metros nada más, el clima era otro. Sosegado y en paz… Valga la redundancia del término… En la provincia, no había llovido, sólo truenos y fuertes vientos, hacía regocijar al poblado en cada lecho. Nadie salía a curiosear, nadie sentía los pasos casi yertos de mi madre, y la voz entumecida por el frío y el clamor que no se oía ni a un metro… Arrastrando su fe, seguía viéndome a los ojos, sus brazos fuertes seguían protegiéndome y su voz no dejaba de oírla: “Hijita linda, wawita linda. ¡Espera! ¡Espera!, que pronto ya llegamos” A manera de canto, repetía y repetía, una tras otra vez… 
Cuando mi padre llega a esta parte de la historia, mi padre se quiebra y llora. Yo… me sujeto fuerte hacia él y lloro también.
“Yo acabada de salir del trabajo, había cenado y charlaba con los amigos, nada me hacía pensar, que algo malo y extraño les sucedería…” Y con voz arrepentida y llena de sinceridad, me implora. “Perdóname hija, perdóname”.
Esa noche… sin  dejar de darme calor i protección que me hizo llegar moribunda pero viva a la posta, mi madre empapadísima de lluvia, cogió un resfrío pulmonar, el viento, al llegar, penetró su cuerpo frágil y cansado, y en menos de dos horas, una bronconeumopulmonía, azotó su ser y padeció.
Las últimas palabras que llegó a proferir, cuando mi padre, perdido y asustado por lo sucedido, postrado a la cama donde yacía mi madre, debía jurar cuidarme y hacer de mí y de él lo más dichoso que ella había amado. Que se busque una buena mujer, que lo siga donde él vaya y que estén juntos, que cuide de mí y que nos quiera mucho. 
Once de la noche del mismo domingo, entre sollozos y penas hondas, lloramos los tres… Ya segura, en la camilla, sola y salva…  Mi padre, apoyado en ella. Después del último pálpito del corazón de mi madre, me dormí.  
Desde muy pequeña siempre fantaseé despierta y en sueños con  ella, soñaba que corríamos, jugábamos, me peinaba y me llenaba de besos, abrazos y caricias mientras le decía lo mucho que la quería. Mi padre me hablaba de ella  para  que no me sintiera sola, decía que era una  mujer muy fuerte, luchadora y querendona… que le gustaba leerme cuentos andinos y era amante de la literatura, las películas románticas y algo de música pop; pues a pesar de haber vivido en los andes, hubo un tiempo en el que vivió en Arequipa, lugar donde se conocieron, se enamoraron y comprometieron su amor como los pocos puros que aún puede haber en este mundo. Siempre decía que a pesar de que no sabía  cocinar,  anhelaba  preparar conmigo y enseñarme a hacer galletas, tortas y muchos dulces para que fuera de mi agrado.
Siempre que me hablaba de ella, me sentía feliz y orgullosa, pero a la misma vez un mar de lágrimas de tristeza y nostalgia caían de mis ojos. Y mi padre atinaba a abrazarme i decir que no estábamos solos, pues ella siempre velaba por ambos. Eso me calmaba en algo.
Esa tarde, Beatriz y yo fuimos por un helado. Al instante en que lo acabamos, ella me compró un libro, pero no cualquier libro, sino uno  de los que mi mamá gustaba mucho y solía decir ser su preferido, “La fuerza de Sheccid” Pues Beatriz era muy buena e inteligente y a todo dar, quería que yo la estimara y tratara como una madre. Sin embargo, noté que no se sentía augusta, pues luego supe, que mi padre había prometido a mi madre nunca dejar de amarla y jamás comprometerse con otra persona, cosa contraria a lo que mi madre le pidió. ¡Qué cosas no! Asunto de adultos que por ahora no llego a entender.
—Beatriz, ¿Pasa algo?
—¡No! —respondió.
—¡Nada! —y solo atinó a sonreír,  esa misma tarde mi papá no vino a  almorzar pero en la noche abrazó fuerte a Beatriz y a mí, y  felices me dijeron que mañana iríamos al cementerio a visitar a mamá.
Al día siguiente se cumpliría lo dicho; fuimos al cementerio en el que se hallaba mi madre. Dicen que la elección de dónde la enterrarían, fue obvia, ella quería bastante Arequipa, su clima, su gente, su comida… Además que fue ahí donde conoció a papá. Ya en el cementerio, me contó que había muerto uno de  los escritores favoritos de mamá: Mariano Melgar. Él me contó la historia de este poeta héroe, que al igual que mi madre, ofrendó su vida por una causa creíble y justa. Yo por mi parte, leí poemas hermosos, poemas que solían dedicarse ambos, cuando enamoraban. 
Fuimos con un ramo de rosas y con una carta que le escribí, fue entonces que frente a la tumba de mamá, ellos me dijeron que Beatriz estaba embarazada  y tendría un bebé. Llena de furor corrí hacia otro cerca dentro del cementerio y Beatriz me siguió y hablo conmigo. 
—No te pongas triste, yo no quiero quitarte el cariño de tu padre, ni mucho menos este bebé lo hará. Te admiro y te estimo, y a la vez amo a tu padre. Sólo te pido una oportunidad, podemos ser la familia que tanto quisiste, tal vez no sea tu madre  pero considérame como una amiga. 
Sentí a Beatriz  muy sincera y accedí asentando la cabeza. ¡Esperaba poder amar aquella criatura! Y acostumbrarme a Beatriz y decirle algún día “mamá” Seguro que lo haría. ¿Por qué no? 
Pero el destino es otro, y los muertos que dicen no sentir, muestran a veces otros indicios u otros deseos, inesperados, siempre inesperados. Yo extrañaba a mamá, anhelaba verla, aunque sea por una sola vez, y decirle “gracias”, aunque sea “hola” o solo mirarla… ¡Algo!
¡Oh destino sordo, destino empecinado! Mientras cruzábamos la pista, aguardando el cambio de luz al semáforo, a Beatriz se le cayó una hoja, en cuya faz se apreciaba una imagen, llamada por la curiosidad, me suelto de ambas manos y corro hacia ella. Ellos sin percatarse, me ven detenida en medio de la pista, observando la imagen. Una foto bella, en cuya inscripción decía: “Querida hija, esta es la foto que más me gusta, tú y yo, como dos gotas de agua, sentadas al borde de este río donde todos los días te traigo a jugar…  Por siempre. Tu madre que te ama y extraña mucho” 
No tardé en leer y abrazar la imagen, cuando dos lágrimas empapaban mis mejillas y sin oír el clacson de una cúster, Proferí “¡Yo también te extraño mamá!” 
Al despertar vi una luz muy brillante, no savia lo que pasaba, ¿estaba viva o muerta? ¿Sería  una alucinación de algún sedante? Se  presentó ante mí una señora que al parecer  era la reina de este  luminoso  lugar lleno de paz y tranquilidad. Ella me extendía su mano, acongojada   no sabía si  responderle,  puesto que  yo  la desconocía; sentía miedo, pero en su mirada me brindo  serenidad y confianza. Era muy hermosa, tanto que ninguna estrella se podría comparar con la majestuosidad que se presentaba ante mis ojos. Me guio de la mano, inocente, la seguí. ¡Sí!  ¡Era cierto! ¡Era mi madre! Mi sueño se cumplió, todo lo que decían de ella era cierto. Era tan bella como la rosa, angelical  y  llena de alegría, yo quería quedarme con ella sin creer que era el cielo o cualquier otro lugar… sólo deseaba jamás apartarme de ella… ¡Era tan feliz…!
En ese instante  junto a ella, me  sentía tan satisfecha, que cada caricia, cada palabra, era la más sutil que jamás había sentido antes… Y las horas, eran eternas y melodiosas. Estaba tan feliz hasta que me acorde de Beatriz y mi padre, entonces, le pedí a la bella señora, que con respeto inmenso me dirigía hacia ella y le pedí que si podía hablarles por última vez. Ella accedió, “claro que sí” me dijo, “cuando quisiera”. Entonces preferí escribirles una misiva. Me dio un lápiz y una hoja, pero de esas de árbol, era amplia, más grande que la de papel normal. Y escribí.
“Hola papá,  soy  yo, Sheril,  tu hija,  te escribo esta carta para contrate algo grandioso y a la vez darte las gracias. Eres un papá ejemplar a pesar de no saber hacer ciertas cosas. Siempre supiste sacar una sonrisa en mí, en momentos en los que necesitaba una madre, tu sola presencia y un abrazo tuyo calmaba esa pena. Quiero que sepas que te quiero mucho y que no te equivocaste, mamá es una mujer muy hermosa, admirable y digna, acabo de conocerla y estoy admirada y feliz a la vez… ¡Ay papá…! Sabes, acá donde mamá se encuentra, es un lugar apacible, cálido y algo extraño, hay mucha luz, pero es hermoso, porque en todo lo que nos rodea, está mamá. Tú  te encargaste de que siempre tuviera esa imagen de ella. Me leías en las noches los versos que mi madre te escribía cuando andaban juntos, nunca me negaste una foto o un recuerdo de mi madre… ¡Ah! Ahora que recuerdo, la última foto antes de conocer a mamá, me sorprendió mucho, nunca antes me la habías mostrado. Fue algo genial, Hazme el favor, papá, de enviármela lo más antes posible, quisiera compartirla con mamá… seguro que le encantará. 
Bueno… Tal vez la presencia de Beatriz no era lo que yo quería, pero tú hiciste que todos conviviéramos en armonía en casa a pesar de ser unos extraños, pero papá, ahora tienes a alguien que te acompañe; Beatriz te dará una hija, ella me lo contó. ¡Qué alegría! Quiero que ames a esa niña tanto como me amaste a mí, bríndale mi cuarto, mis juguetes, mi cama; y claro, todos los libros que me compraste. Papá ahora soy feliz junto a mamá, espero que seas feliz junto a ellas porque yo decidí quedarme con mamá, ella me dijo que el tiempo que desee, y bueno, deseo quedarme… ¡Un buen tiempo! Así será. Besos y abrazos a los tres papá… “Te amo”. 
Ahora vivo feliz al lado de mi madre… ¡Oh madre! Como si fuese un sueño, te admiro tanto y te amo tanto, que no pierdo un instante para ser feliz a tu lado, pues solo cuando oigo voces que dicen: “Despierta, despierta” “Aún estas acá” “Vuelve ya…” Siento algo extraño. Luego vuelvo a mi madre, la veo a los ojos, ella me ve y sonreímos juntas… siempre juntas como lo soñé.

Seudónimo: Shinigamy