WAWA

Aquella mañana fui a trabajar antes de que el gallo cantase. Llevé una bolsa de cuero de toro en el hombro, en la cual introduje una de mis tantas palas oxidadas y un destornillador por si lograba encontrar oro. Siendo objetivo, ya no esperaba encontrarlo. Hacía ya bastante tiempo que el oro escaseaba, y por no encontrar ni un gramo en un mes, tremenda paliza recibí por parte del jefe, un anciano de barba canosa tan avaro que a veces ni me daba paga en más de tres meses. Lamentablemente, nada podía hacer yo, siendo un niño de once años que solo vivía de la minería y de lo poco que recibía por ello. 
Mientras pensaba en mi labor, vi al jefe sentado lejos sobre un viejo tractor estancado en un sucio río embarrado. Ay de mí si no me ponía manos a la obra en ese instante. Sin embargo, divisé un hombre al que no pude reconocer a pocos metros de distancia en dirección contraria. Estaba sentado en la trocha escarbando el fango con sus largas uñas. Yo estaba seguro de no haberlo visto nunca antes, así que me acerqué lentamente para ver si necesitaba ayuda. 
Tenía la cara sucia y los ojos totalmente cerrados. Esperaba que los abriera para mirarme pero no lo hizo. Se dio media vuelta y yo tan solo retrocedí unos pasos.
—¿Necesita dinero? —le pregunté por curiosidad. No obstante, no tenía siquiera una moneda para brindarle.
Él no me respondió:
—¿Qué hace aquí? —le cuestioné nuevamente, esperanzado en obtener respuesta.
Esta vez tampoco contestó. Al contrario, abrió los ojos y clavó su mirada fijamente en mí. Tenía ojos opacos, como si una capa blanca los cubriese. Rápidamente me di cuenta que aquel pobre hombre estaba ciego y, teniendo en cuenta que no abría la boca para hablar, también mudo.
—Bueno, tengo que ir a trabajar. Hasta luego —le comenté  para desaparecer y no tener que lidiar con él una vez más.
—¿Wawa? —me dijo antes de que pudiera avanzar en dirección opuesta. Descubriendo que sí podía hablar.
—¿Wawa? —repetí su misma pregunta.
—Oh Wawa, estás de vuelta. Ven. Ven —dijo levantándose del suelo y caminando hacia mí. 
—¡Ese no es mi nombre! ¡Suélteme! —vociferé para evitar cualquier contacto con aquel hombre. 
—¡Vamos a casa! ¡Tu madre te está esperando! —me gritó alegre jalándome del brazo. 
Si no fuera por mi odio al trabajo y al viejo que me mandaba, no hubiera ido con el hombre que ahora me arrastraba por un angosto camino.
—¿A dónde me llevas? ¿Quién eres? —le dije mientras su paso cada vez se volvía más acelerado.
—¡A casa, hijo! ¡A casa! Oh, Wawa, creí que no volverías —me respondió, dejando en mí una intriga aún mucho más grande.
—Pero yo… no soy Wawa. No soy tu hijo —comenté crudamente.
El hombre se detuvo y dirigió la mirada al sol naciente por unos segundos, meditabundo. 
—Tu voz no engaña Wawa. ¡Vamos a casa! ¡Vamos! —y volvió a arrastrarme por la reducida trocha.
Su risa nerviosa me hizo creer que el hombre había perdido la cordura mucho tiempo atrás. ¿Quién era Wawa? ¿Yo? Quería hablar con él, quizá ayudarlo a encontrar a Wawa, quien, al parecer, era su hijo.
—¿Estamos yendo a casa? —interpelé— ¿Quién es usted?
—Ay, hijo. Tu madre debe tener listo algo para ti. ¡Corramos! 
Su respuesta obtusa no satisfizo mis preguntas. 
—Yo no tengo madre —agregué— Nunca la conocí, en realidad. Falleció antes de que yo nacie…
—Creí que te había perdido Wawa, a ti y a tu madre. Se enfermaron mal. Oh, tan mal estaban. Casi ni podían hablarme. Y cuando salieron de casa, creí que no volverían. Pero ahora estás aquí, de vuelta. ¡Vamos! ¡Vamos Wawa! —me interrumpió y empezó a dar brincos.
Definitivamente estaba demente. Sin embargo, sentía pena por aquel ciego. Me incomodaba estar en esa situación, pero no tenía el corazón para dejarlo solo en ese momento. Al menos lo acompañaría hasta su casa y luego volvería a trabajar sin que el jefe se diera cuenta.
—¿Por qué saliste con tu madre, Wawa? ¿A dónde fueron? —me preguntó hablando con un tono de voz más apagado.
—No… lo sé. Solo salí por un momento, ya sabes, un poco de aire libre, papá —le respondí para hacerlo sentir mejor. Aunque poco tiempo después, pensando bien en mi respuesta, me di cuenta que ahora él creía que yo sí era su hijo. Abandonarlo se volvería una tarea difícil. Tenía que ayudarlo a encontrar al verdadero… “Wawa” por lo menos.
—Wawa, hemos llegado ¡De nuevo en casa!
Levanté la mirada del suelo, esperando ver una caseta, alguna chacra o a alguien caminando por ahí; pero no había nada. Maderas quemadas regadas por todo el suelo, yesca amontonada en distintos lugares y restos de lo que parecía ser una vivienda de adobe y paja. 
—Entra a casa, hijo, que ya es hora de comer. ¿Ves a tu madre por algún lugar? ¡Querida!
—¿Estás seguro de que es aquí? ¿Cómo pudiste saber por dónde íbamos? —le pregunté mientras me acercaba a él.
—¡Ajá! Tu madre se debe de estar escondiendo. ¡Vamos a buscarla! —voceó corriendo por detrás de unos árboles.
Ya no podía ver dónde estaba. Yo temía por su vida, aquel hombre ya no tenía noción de lo que hacía, así que lo seguí por detrás de unas ramas hasta encontrarlo. 
Él corría dando vueltas por todas partes, riendo y llorando. Había un maizal cerca de donde el correteaba, y a lo lejos pude ver una manta que cubría alguna clase de objeto. Me acerqué mientras él andaba por detrás de unos arbustos y removí la manta para destapar lo que debajo se encontraba.
Una mujer joven y un niño pequeño recostados en suaves colchas húmedas. No se movían ni respiraban. Tenían el rostro pálido y emitían un olor hediondo. Se veían terriblemente enfermos. Quise creer que dormían, pero no lo hacían, estaban muertos.
Entonces entendí por qué me llevó ahí. Su esposa y su hijo habían fallecido, pero el hombre creyó que tan solo habían enfermado. Trató de cuidarlos pero de nada sirvió, ya habían muerto. Aquel ciego no estaba enterado de nada, partió en búsqueda de ellos y, al escucharme, pensó que había encontrado a su amado hijo, Wawa. 
Sentí mi corazón siendo apretujado y me levanté del suelo. Volví a cubrir los cadáveres y me acerqué al hombre que ahora descansaba al lado de un charco.
—Papá, ¿vamos a caminar? —le dije tomándolo de la mano.
—Claro, Wawa. Pero después a comer. 
Lo cogí fuertemente y lo llevé conmigo en busca de ayuda. No recuerdo haberme separado de aquel ciego en algún momento desde ese día.  

Seudónimo: Daniel C.R.