EL ZETA

Nació en una tarde muy lluviosa de un año bisiesto, en una modesta casa construida de piedra y adobe, en las afueras de Tiabaya, poblado ubicado en los rincones de Arequipa, fue el hijo no esperado de don Nicanor Carpio y doña Victoria Valdivia, que sin querer trajeron al mundo al hijo número 13 de su larga descendencia.
Esta vez la pareja de esposos se pusieron de acuerdo y don Nicanor dijo: 
—¡Es el último hijo que tendremos, ya no más!
—¡Si viejo! —respondió doña Victoria— ¡Además ya me estoy poniendo muy vieja y cansada de amamantar y criar a tanto hijo!
Le pusieron de nombre Zacarías, pero más lo conocían como el “Zeta”, porque su nombre comenzaba con la última letra del alfabeto y era el último de los hijos.
Su niñez fue muy dura, porque al año su nacimiento murió su madre, dejando un hogar donde reinaba la pobreza, la falta de dinero y de alimentos, sus hermanos mayores abusaban de él, por su tamaño, del menor de los Carpio, por esta razón el “Zeta”, era un niño muy delgado, desnutrido, pero tenía algunas percepciones, que no tenían otras personas o niños de su edad.
Sus hermanos decían que el “Zeta” alucinaba, que estaba al borde de la locura, su hermano Ramón decía:
—¡Hay que llevarlo donde el loquero, para que le ajusten los tornillos!
Su hermana Casilda reprendía a su hermano Ramón y le decía:
—¡No seas malo, nuestro hermanito ha sufrido mucho, no ha conocido a nuestra madre!
Su hermano Palermo decía:
—¡Mejor se hubiera muerto, para que no sufra!
Sus hermanos mayores no tenían consideraciones de él, lo maltrataban, lo hacían trabajar pese a su corta edad.
Tenía siete años y ya tenía responsabilidades, un día cuando se encontraba en los pastizales cerca al río Chili, pasteando los borregos de su padre, que eran en total doce, sentado bajo la sombra de un álamo, cantando y silbando, como para hacer alegre esos momentos de tristeza, le gustaba recoger piedras y arrojarlas al río, también las lanzaba contra los “chihuancos” que por allí se encontraban, para ahuyentarlos.
Lanzó una piedra contra una de estas aves, pero no le cayó, el ave no se asustó, ni levantó vuelo, por el contrario se acercó más al niño, este se levantó y correteó al ave, pero tampoco logró que se fuera. Se acercó al ave y la agarró con sus manos, jugó con ella y luego la dejó libre. Llegada la tarde empezó a reunir las ovejas para llevarlas al corral de la casa, para que pasen la noche.
Al día siguiente, nuevamente con las ovejas se dirigió a pastar a las orillas del río, al igual que el día anterior, silbando y cantando, para su sorpresa nuevamente se le presentó el ave, que voló sobre su cabeza, se le acercó y jugó sin ningún temor, poco a poco el ave y el “Zeta” se hicieron amigos.
El “Zeta” le puso un nombre a su nuevo amigo:
—¡Te llamará plumitas!
Cuando regresaba a casa, les contaba a sus hermanos, que tenía un amigo que se llamaba “Plumitas” y que siempre jugaban juntos.
—¿Quién es ese plumífero? —le dijo su hermano Ramón.
—¡No es plumífero, es plumitas, y es un chihuanco!
—¡Otra vez, este loco está alucinando! —murmuró Ramón.
Sus hermanos no le prestaban atención, lo ignoraban y como siempre lo maltrataban.
Pasaron varios días y se repetían los días de alegría y juego entre el “Zeta” y su amigo “Plumitas”, siempre se divertían.
Un día, un ladrón de animales vio a las ovejas pastando en la orilla del río, se frotó las manos y dijo:
—¡Ese niño está distraído, le voy a robar sus ovejas!
Se acercó al rebaño y sin que el niño se diera cuenta se empezó a llevar las ovejas por el camino de Catary, que era un sendero muy abrupto y con algunos barrancos accidentados.
Cuando el “Zeta” se dio cuenta que le habían robado las ovejas, se separó de su amigo “Plumitas”, se fue corriendo hacia la casa a informar a sus hermanos del robo. Sus hermanos se molestaron y castigaron con azotes al “Zeta” y su hermano Ramón le dijo:
—¡Loquito, ahora si la hiciste, con un abrir y cerrar de ojos desapareciste las ovejas!
Encerraron al niño en un cuarto oscuro y frío, como castigo por haber perdido los animales. El “Zeta” lloraba desconsolado por su mala suerte, por el maltrato de sus hermanos, cuando de repente escuchó un aleteo conocido, era su amigo “Plumitas”, que logró entrar al cuarto oscuro en busca de su amigo; tanto se entendían este par de amigos, que el ave logró comunicar al niño donde estaban las ovejas. Como el “Zeta” era flaquito logró salir por un espacio de la puerta que no cerraba bien, y fue donde su hermana Casilda, que era en la que más confiaba y le dijo:
—¡Mi amigo “Plumitas”, sabe dónde están las ovejas!, hay que seguirlo.
Su hermana creyendo que alucinaba, le dijo:
—¡Déjate de tonterías, basta de locuras!
—¡No hermanita, créeme mi amigo no se equivoca! Respondió el “Zeta”.
Algo con duda, su hermana Casilda aceptó hacer lo que le decía su hermano, pero llamó a dos de sus amigos vecinos, no a sus hermanos, porque estos habían castigado al “Zeta” y si se enteraban que se había liberado, se hubieran molestado más de la cuenta.
Grande fue la sorpresa de la hermana del “Zeta”, cuando al llegar a Catary encontraron las ovejas en poder del ladrón, quien tenía rasgos indígenas y un rostro que daba miedo.
Se acercaron a recriminarle al ladrón por haberse llevado las ovejas y este en lugar de aceptar su falta, sacó un puñal para atacar a los reclamantes. Cuando se iba encima de uno de los amigos de la hermana del “Zeta”, apareció “Plumitas” que se lanzó sobre el delincuente, haciéndole perder el equilibrio y cayendo desde lo alto de la ladera, muriendo de manera instantánea, por ello a este lugar se le llama “Indio Muerto”.
Enterados sus hermanos como habían recuperado las ovejas, con el relato de Casilda y sus amigos, creyeron en el “Zeta”.
El “Zeta” continuó su amistad con “Plumitas”, hasta que el ave murió, pero sigue viviendo en su corazón, como su mejor amigo.

Seudónimo: Yorsh