ESE VIEJO
—Siete.
—¿Tantos? 
—Sí son siete, ahora deshazte de las hembras y colócales a los machos una cinta para que se vean más “lindos”, y te apuras, salimos en una hora al mercado.
—Está bien —respondí.
Me sorprendía tanta crueldad, esa orden tan fríamente dicha, “deshazte de ellas”, no estaba seguro si podía hacerlo, quitarles la vida, son tan solo animales indefensos; luego de pensarlo mucho, me decidí por no hacerlo, no las asesinaría, mejor les pondría un lazo en el cuello como a los machos, tenía fe que en el mercado habría gente que las querría.
Pasada una hora, Don Pancho llegó, me dio una bofetada porque desobedecí su mandato.
—Te dije que te deshicieras de estas —gritó. 
—Lo siento, pero no tengo corazón para hacerlo, además  sé que en el mercado habrá alguien que las compre, mejor para ti, ganarás más dinero.
—Menudo canijo, desobediente como siempre; pero me gusta la idea de más dinero, bueno vamos andando —me jaló del brazo dirigiéndose a la salida.
Don Pancho era un hombre un poco chabacano, de un buen corazón… claro, corazón ambicioso, quería todo el dinero para él, según para sobrevivir en esta dura vida, y algún día salir de la inmundicia en la que subsistíamos; pero que yo recuerde nosotros sí tuvimos dinero en algún tiempo; cuando mis padres murieron, él se apoderó de la jugosa fortuna, y tomó la potestad paterna.
Yo en el fondo quería a ese viejo, muy a pesar de su ambición e interés, pues él me enseñó todo lo que ahora ayuda a mi existencia, es lo único bueno que puedo rescatar de él, pues también es un patán sin escrúpulos, especialmente con los animales. Así era con Laica, no la veía como el mejor amigo del hombre, sino como su fuente de abasto. Yo conocí a Laica desde que tengo memoria, recuerdo cuando era cachorra, se la obsequiaron a mi madre y ella la quería mucho, sin embargo paso a poder de Don Pancho por las razones ya mencionadas  y como yo ya tengo casi 11 años, Laica debe estar ya por cumplir los siete, de los cuales  seis de haber servido como centro de abasto para la supervivencia del viejo y yo.  Así era la vida de Laica, pobre animal; y esta no era la excepción, iríamos a vender sus crías al mercado con la única diferencia que ahora habría la posibilidad de la obtención de más ganancias.
Llegamos al mercado, nos establecimos en el lugar de siempre, pusimos el mismo letrero “gran venta de hermosos cachorros”. Yo me sentía muy feliz al saber que ellos tendrían tal vez unos mejores dueños, pero no uno como Don Pancho, aunque también para su mala suerte, le podía tocar uno peor, mas preferiría no pensar en ello, solo quiero imaginar que serán felices con las personas que se lo llevarán.
Luego de un cuarto de hora de empezada la venta, se llevaron al primero, pagaron una jugosa cantidad por él, dinero que el viejo se guardó en el bolsillo sin dejarme ver; después adoptaron al segundo, y así sucesivamente, llegaban personas buenas ansiosas de un cachorro. Al final  solo quedaron las hembras, yo trataba de ofrecerlas al más bajo precio, incluso regalárselas, pero aun así nadie las quería, fue muy triste, ellas tenían la ilusión de tener un amo al cual querer y respetar. Mas ya se hacía tarde, Don Pancho vio la hora en su reloj y me ordenó que guardara la caja con las cachorras restantes, y después tirarla al río, maldito viejo, que se habrá creído. 
—¡No! —dije— no puedo hacerlo.
—Pues entonces ya verás en la casa, tú eliges.
—¡No! —reafirmé mi respuesta.
—Tarado —dijo esto sin mirarme, y empezó a caminar muy rápido, yo le seguí lo más veloz que pude.
En todo el camino, anduve detrás de él a una distancia de dos metros. Cuando llegamos a casa, él entró primero.
—Come, y después te enseñaré lo que es ser hombre  —dicho esto me sirvió un plato de frejoles, comí con muchas ganas, mas él en cambio, no se sentó conmigo, sino que entró al cuarto de cosas viejas y antigüedades, sacaba algo, luego salió de la habitación dirigiéndose al patio, seguidamente me llamó.
Yo no había terminado de almorzar, sin embargo me dirigí hacia él sin pensarlo dos veces.
—¿Qué pasa don Pancho?
—Sabes qué es esto —sacó de su bolsillo un extraño objeto negro— mira esto, es una pistola.
—Y para que me da esto —le pregunté.
—Pues si no quisiste deshacerte de ellas —apuntó el arma hacia las cachorras— de algo nos tienes que servir, bueno aprenderás a usar una pistola.
—¿Quieres que les dispare? 
—Sí, solo apunta y jala el gatillo —dijo— espera te daré una muestra —se volteó y apunto con la pistola a las cachorras.
—Así, apuntas y fuego —jaló el gatillo, disparándole y asesinando a una inocente criatura.
—Ahora tú practica con las otras dos.
—Está bien —volteé, simulando que empezaría a “practicar”, pero sabía que no podría hacerlo. Mi ira aumentaba al ver a la cachorra agonizando después del disparo.
—Maldito viejo, eres despreciable, he aguantado 7 años de mi vida, años en los cuales veía como maltratabas a indefensos animales.
—¿Qué te pasa idiota, si esas cosas no sienten?
—¿Que no sienten? ¿Qué encima son cosas? Son seres vivos, viejo infeliz, ignorante, deberías de estar pagando una condena en la cárcel —estaba lleno de euforia y algo me impulso, yo no quería hacerlo, o tal vez  sí, pero apreté el gatillo y disparé.
No sé qué pasó, pero la bala le cayó al viejo, a ese viejo que me crió, me daba de comer, el que me daba enseñanzas de vida, yo le había disparado, y tan mala fue mi suerte que le di en el corazón.
—Infeliz, piensas que debo pagar mi condena, pero ahora tú la pagarás y con creces  —dicho esto soltó su último respiro.
No sabía que hacer estaba aterrado, entonces no lo pensé dos veces, tomé a Laica y a las demás cachorras, y salí sin rumbo fijo, llevaba la pistola conmigo.
Esa noche salí de la ciudad, tal vez a Tacna o Ayacucho, no había hecho ningún plan, caminaba sin destino, pero una cosa si sabía, que no debía volver nunca más. 
(Paucar Mamani, Pamela Alexandra)
Colegio Particular Internacional Albert Lehninger