De: Orlando Mazeyra Guillén
Material para el docente [-- LEER MÁS --]

Después del almuerzo siempre hace lo mismo: prepara, a fuego lento, una infusión de anís con ramitas de apio en un viejo jarro de porcelana; mientras espera que enfríe «su mate digestivo» (así lo llama en las esporádicas tertulias familiares), se calza morosamente las abrigadoras pantuflas de lana que se compró en Juliaca durante las vacaciones del invierno pasado; y, conteniendo un ligero bostezo, se envuelve en una gruesa bata azulina que, tibia, siempre lo espera oreando en el cordel que atraviesa el jardín contiguo a su recámara; luego vierte la infusión en una rústica taza de arcilla que lleva su nombre con letras de imprenta: RAÚL RAMÍREZ; limpia sus gafas con un borde de la manga izquierda de su misma bata, se hunde en su sofá de descanso vespertino, y gasta al menos dos horas leyendo un par de periódicos (uno «serio» que llega desde la capital, otro «informal» que es del ámbito local).
Con ambos periódicos también sigue un riguroso e invariable programa (que él nunca llamaría rutina): empieza en la sección deportiva, escamotea las tediosas páginas que abordan la nauseabunda política, ojea sin atención el escaso bloque cultural. Memoriza un par de estrenos (pero casi nunca va al cine, pues su vieja misantropía se lo impide). Descansa. Termina con ruidosos sorbos su infusión.

Aborda la sección de Avisos Económicos del diario nacional y lee todos, pero todos, los avisos con desusada atención.  
Antes de leer la sección de ALQUILERES, recuerda que tiene una casa de tres plantas sólo para él. Sabe que jamás se animaría a alquilar ni siquiera esa cochera que nadie utiliza (nunca se compró un auto pero, paradójicamente, siempre renovó su licencia de conducir)... Tampoco gastaría sus ahorros alquilando casas de playa, terrenos, departamentos, etcétera. Pero todo esto para él es lo de menos cuando memoriza las ofertas que le parecen bastante atractivas.
Cuando llega al bloque de EMPLEOS, recuerda que el próximo mes se van a cumplir once años desde que se jubiló. Añora sus buenos días de trabajo en la fábrica de telares. Se imagina joven, brioso, con ganas de conseguir un buen trabajo y se engulle todas las ofertas laborales que le ofrece el periódico.
AUTOS. «Siempre que estaba a punto de comprar un auto, no sé por qué me desanimaba», recuerda mientras termina de repasar la última de las diecinueve ofertas de cuatro ruedas.
 INMOBILIARIA, ANIMALES, AGRO, CONSTRUCCIÓN, SALUD, VARIOS. Todas. Las lee todas. Cuando lo invade el sueño, se frota los ojos. Mueve la cabeza, sacude las manos, vuelve a tomar el periódico, y siempre cierra la pesada faena con la sección ADULTOS.
Nunca, eso sí que jamás. Nunca de los nuncas llamaría a alguna servidora del cuerpo. A veces un impulso primitivo lo invita a hacer la prueba... pero su mojigatería es más grande que sus apetitos sexuales.
Termina un aviso y sin descansar pasa al siguiente. Se da un respiro para acomodarse los lentes. Cuando está por finalizar esa recargada sección, descubre —perdido entre variopintas ofertas de masajistas complacientes, morochas A1, charapitas ardientes y costeñitas confortables— un aviso que, en realidad, no sólo no encaja en ese voluptuoso rubro, sino que no podría pertenecer a ninguno de los que hay en el diario. Lo lee y lo relee sumido en una mezcla de estupefacción e incredulidad:

URGENTE: necesito un retazo de felicidad.
Quien esté en condiciones de ayudarme
por favor llamar al 054-256290.

 Se ríe y se quita los anteojos. ¿Retazo de felicidad? Cierra el periódico pensando que se trata de una broma muy peculiar, o quizá un error de redacción... cualquier cosa. ¿Quién podría anunciar en un periódico que busca un «retazo de felicidad»? Ni siquiera buscaba felicidad (o la felicidad), sino un «retazo» de ella.
Piensa en la felicidad. Trata de imaginarla, concebirla. No la conoce. Es muy difícil imaginar algo que uno nunca ha sentido. Felicidad, felicidad, felicidad... ¿Qué rayos era la felicidad? Tira el periódico al suelo mientras sentencia en voz alta:
—Yo también me conformaría con un retazo de felicidad.
El aviso ahora sí tenía sentido. Ya no le parecía una broma o un simple error. Era un pedido desesperado. Ahora sentía algo de pena —¿absoluta identificación?— por el autor (o autora) del pedido. Bah, era cierto: la sección ADULTOS no era el mejor medio para solicitar algo tan abstracto pero, bueno, valía la pena el intento.
«Puedo llamar a ese teléfono —piensa, encendido por una creciente llama de curiosidad—. No pierdo nada: escucho su voz y cuelgo... O puedo decirle que yo tampoco encuentro a la felicidad y que me siento muy identificado con su aviso... Aunque me puede mandar a rodar. Mejor dejo de pensar tantas tonterías...»
Se para del sofá y se quita la bata. Recoge el periódico y vuelve a buscar el anuncio. Lo lee una vez más y se pone pálido al descubrir que el número no era otro que el suyo. Sí: 054-256290. No había duda, era el número de su casa. Tenía que ser un error. ¿Quién le estaba gastando una broma tan estúpida? ¿Algún familiar? ¿Alguno de sus odiados vecinos? ¿Quién?
«Yo soy feliz», se dice con firmeza y se golpea los muslos con las palmas de ambas manos, «no necesito ningún retazo de felicidad ni de nada. ¡No necesito nada!»
Suena el teléfono. No quiere contestarlo. Todo le parece absurdo, jalado de los pelos. De algo estaba absolutamente convencido: no le había gustado en absoluto la extraña broma.
—Aló
—Sí, buenas tardes —le dice una voz femenina—. Llamo por el aviso del periódico.
Se queda en silencio.
—¡Aló, aló! —repite la mujer—. Señor, le digo que llamo por el aviso.
—¿Qué aviso? —pregunta contrariado.
—El aviso del periódico. Yo estoy en condiciones de ayudarlo, señor.
—¿Y cómo piensa ayudarme? —pregunta turbado y con ganas de colgar.
—Poniéndole fin a este patético sueño.
—¿Qué cosa? No me tome el pelo, señorita.
Despierta. Está en la Sala de Emergencias de un hospital. Una enfermera lo mira con cariño y le toma una mano: «Tranquilo, señor Ramírez. Ha tenido usted un infarto». Un médico ausculta su corazón con extraños aparatos. Trata de balbucear algo pero la enfermera le junta los labios: «No se esfuerce, por favor. No diga nada, tiene que descansar. Ya todo ha pasado».
Al fondo, en una banca gris, una mujer de mirada extraña lee un diario. Cuando ella lo mira, él siente que el corazón le va a volver a estallar. La mujer se pone de pie, hace caer el diario y sale del ambiente. El periódico, en el suelo, luce abierto en la sección de Avisos Económicos, y el señor Ramírez se convence de que éste también es otro horrible sueño: «Mi corazón nunca falla, ¡jamás falla! —piensa confundido—. Tengo que despertar. ¡Tengo que llamar al diario para que   quiten de una vez  ese estúpido aviso!»