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Amanece la mañana con un silencio tranquilo. El sol ilumina la comarca con sus primeros rayos de luz. Hoy todo es diferente. Mi abuelo alista todo lo necesario para ir a escarbar la papa. Carga al burro el pico, las redes y nuestro fiambre. Llega la hora de partir a Mulla de Llau, y mi abuelo le habla al animal: “Camina rápido burro”. Yo, sonriente, voy detrás del segundo burro, respirando el aire mañanero. Ya en medio camino tomamos un descanso, compartimos el maíz tostado del desayuno y observamos a los lequechos atravesar la naturaleza. Poco después, continuamos y vamos acercándonos a nuestro destino que luego de minutos llegamos al lugar. Este ambiente era hermoso, bello, un lugar impresionante. Sentía que estaba en el otro mundo, era maravilloso por sus bellas montañas rocosas rojas que nos observaba y nos rodeaba desde muy lejos… ¡Cómo describirlo!
Descargamos las cosas del burro y lo amarramos junto con el otro en el terreno indicado para ellos. Miré a mi abuelo que luego de ver los surcos me pidió que trajera las redes, los dos picos y el fiambre. Lo puse delante de él y se arrodilló mirando el terreno. En aquella mañana éramos las únicas personas. Así que le seguí y también me arrodillé. Se persignó y comenzó a pronunciar una oración en aimara:

Willkatata, Pachamama,
jumanakawa uywapxista
suni alaxpachata quta lakakama
Sumakiya jichhuruxa aka wawanakamaru khuyapayapxita
sumakiya jichhuruxa jilata-kullaka ch’uqinakasampi aruskipayapxita
Willkatata, Pachamama,
jumanakaruwa suma jakasiñataki juthapxta. (1)

Después de cerrar la oración, mi abuelo me dijo que extendiera las redes en medio de los surcos. Mientras lo hacía, él sacó de su bolsillo una ch’uspa pequeña y de allí extrajo varias hojitas de coca y un pequeño bolo color ceniza al que dio un mordisco, luego lo guardó. Cuando volví, ambos cogimos los picos y empezamos con la faena. Las papas negras, blancas o imillas eran hermosas; eran grandes y tenían los ojos de Juanita, mi compañera del colegio a la que la miraba más que una compañera. Mi corazón estaba feliz. Era verdad que este año nos sonreía a todos. Había buena cosecha de papa, buen recojo de cebada, quinua. Sí, mi corazón también había encontrado un hermoso corazón, no cabía duda. 
Cuando el sol hizo desaparecer nuestras sombras debajo de nuestras ojotas, nuestros estómagos conversaron con el fiambre de casa: con los chuños blancos y negros, con la tortilla de hoja de quinua, con la papita sancochada y con el fresco quesito blanco. Los dientes de mi abuelo aún competían con los míos, sí. Cerramos la inkuña y bebimos la chicha de cebada. Luego continuamos con la labor y, unas horas después, terminamos de escarbar la papa; lo metimos en los sacos, lo cargamos a los burros, lo sujetamos con una soga a cada uno. La sombra de la tarde ya estaba despertando, pronto se arrancaría muy rápido de los cerros; así que, retornamos con dirección a LLau. Nos acercamos a una pequeña quebrada y una vez llegado allí, descansamos. Era un lugar que tenía rocas moldeadas a capricho de la naturaleza y, no solo eso me impresionó, sino algo muy importante, sorprendente que no me lo había imaginado hasta ahora. Mi corazón del que les hablé volvió a latir tan fuertemente que me dije: ¡qué! Cerré mis ojos y los volví a abrir para cerciorarme si era realidad o simplemente una alucinación. Mi corazoncito seguía latiendo cada vez más y más, lo sentía explotar, no creía que podía cobijar aun otro sentimiento más. Ciertamente era una puerta rojiza de piedra, pero muy grande, al centro había otra puerta muy pequeña y en el medio un hoyo circular. Entonces, no dudé en preguntar a mi abuelito que miraba sonriente y con toda naturalidad a aquella puerta: ¿Quiénes hicieron esa enorme puerta? Y él me contestó: No lo sé quién lo hizo, pero sí sé una historia de mi abuelo.
Poniéndose de pie y mirando la tarde con esos ojos de lequecho me ordenó: Levántate que tenemos que llegar a casa, sino la noche con su manto negro nos cubrirá. Ciertamente, el firmamento empezaba a despejarse más y más y a colorearse de infinito; ya pronto, seguro, las estrellas despertarían. Te lo contaré en el camino, agregó mi abuelo. A la distancia, otros comuneros junto a sus burros también emprendían la caminata de retorno a casa. Sorprendido y, a la vez, sonriente hice caso a mi abuelo e inmediatamente sus palabras me transportaron al pasado.
“Cierto día, mi abuelo en su niñez pastaba las ovejas cerca de la puerta de Willka Uta, y allí, de pronto, vio a tres personas acercándose a la puerta. Vestían prendas extrañas. Dos de color azul y uno de blanco. Mi abuelo se escondió detrás de una piedra, por miedo. Los extraños se arrodillaron frente al portal; uno en el medio secundado a medio metro de distancia por los otros dos. E inmediatamente empezaron a hablar en una voz fuerte y en una lengua que mi abuelo no entendía, y lo más sorprendente fue que al terminar de hablar, de repente la puerta pequeña se abrió. Seguidamente, entró el hombre de vestimenta de ángel; luego de unos minutos salió con un saco dorado. Mi abuelo casi se desmayó al ver lo que sus ojos presenciaban, olió la muña que por suerte crecía al lado de aquella piedra de escondrijo. Los otros dos hombres azules seguían en la misma posición; el de blanco volvió a su lugar y, otra vez, pronunciaron palabras extrañas, y aquella puerta se selló lentamente. Estos hombres se pusieron de pie, miraron a los cuatro vientos y se alejaron con dirección al lago Titiqaqa.” El silencio de mi abuelo indicaba que la historia había concluido; sí, también el encuentro con mi tatarabuelo. En casa las ovejas y los ganados ya habían vuelto, solo nos esperaba a nosotros. En la distancia, la naturaleza era cubierto suavemente por la noche. Entonces, esa misma noche empecé a soñar…
Estaba frente a la puerta de Willka Uta. Pronuncié unas palabras en aimara:

¡Jaya punku… llawirasma! (2)

Y de pronto la puerta se abrió, sí. Adentro todo era oscuro por lo que seguí caminando y, sorpresivamente, vi a lo lejos que brillaba una luz. Mis pasos me hicieron llegar a un lugar desconocido. Era una ciudadela llena de personas vestidas de amarillo. Seguí deslumbrándome con cada nuevo ambiente y, mientras mis pies sentían la nueva tierra, vi una moneda tirada en el suelo, lo recogí y lo que más me sorprendió de ésta fue su fecha de fabricación. Era del año 2039, así que pensé que estaba en el futuro. Pero para cerciorarme de ésta idea, se me ocurrió preguntar a una persona: Buenos días amigo, disculpe la molestia, ¿en qué año estamos? Y me respondió: Buen día de sol amigo, seguro no es de por aquí, será un placer de sol apagar su pregunta de sol. Estáis en el año 2041 de sol. Me quedé anonadado, quieto, mis ojos no parpadearon por un largo y eterno segundo como también sentí a mi corazoncito apaciguarse. Y como no sabía en qué lugar estaba, volví a preguntar a otra persona que pasaba: Otro buen día para usted amigo, disculpe la molestia, he llegado recién aquí y quería saber en qué ciudad me encuentro. La otra, con ojos puestos en los míos me dijo: Otro buen día de sol amigo. Comprendo. Usted está pisando y respirando la ciudad solar de El Sol. ¿El Sol? No me lo podía creer ni imaginar que aquella puerta de Willka Uta conducía a su verdadera tierra.
Un grito me hizo sobresaltar en la cama. Era mi abuelo que me decía con su voz fuerte y ronca: ¡A levantarse dormilón! Tenemos otro día que enamorar. ¡El sol ya te ha capado! Afuera, la realidad de mi pueblo Llau me esperaba. Era cierto. El sol ya había visitado la mañana hace ratos. Pero, ¡qué hermoso fue el sueño que tuve! Era como si en verdad hubiera viajado en una máquina del tiempo hacia el futuro, ¿o no?

Seudónimo: Liqichu

(1) Traducción del aimara al español: Padre Sol, Madre Tierra, / ustedes nos cuidan / desde la cordillera hasta las riberas del lago / Hoy bendice a tus hijos de buena manera / hoy háganos dialogar con nuestros hermanos y hermanas papas de buena manera / Padre Sol, Madre Tierra, / acudimos a ustedes para una convivencia armoniosa.
(2) Traducción del aimara al castellano: ¡Lejana puerta…ábrete!