MELANCÓLICAMENTE ADOLESCENTE

—Que frío —nadie responde.
—Tengo mucho frío —repito en vano, nadie me responderá, estoy solo, completamente solo. Sin alguien que me diga “Buenos días” o un “¿Cómo amaneciste?”, es como si no tuviera padres, nunca están conmigo siempre paran lejos, viajando o algo así; nunca hay tiempo para mí, nunca.
Me levanto de la cama tiritando, me dirijo hacia la mesita de noche y cojo la botella de vino, tomo de ella hasta terminarla.
—¡Exquisito! —exclamo, he probado todo tipo de bebidas alcohólicas, pero ninguna es como el vino.
Me siento aburrido, hoy no iré al colegio, igual a mis padres no les importa así que no ganaré ninguna reprimenda o algo por el estilo; me quedaré a jugar play o quizás salga a caminar por algún lugar.
No hace mucho calor y tampoco frío, así que me decido por salir. Tomo un baño, arreglo mi cabello, me visto con la ropa de siempre y salgo de mi casa.
No hay nadie afuera, ni una sola alma, se parece mucho a esas calles de las películas de zombis, desiertas y penumbrosas.
Andando se me olvida la triste realidad en la que estoy viviendo, la de no tener alguien a mi lado en las buenas o en las malas. Tengo amigos pero no es lo mismo, un amigo no puede estar contigo todo el tiempo que tú desees. Por un momento fugaz quieren salir lágrimas de mis ojos  porque extraño mucho a mis padres, mas ya estoy acostumbrado a ese nudo en mi garganta así que solo respiro hondo y sigo mi camino.
Mientras me pierdo en mis pensamientos, siento que alguien se va acercando a mí.
—Hola riquillo ¿Qué haces? ¿También te tiraste la pera?
Me lamento haber tomado esta calle, no quería encontrarme con nadie y menos con Julián, el matón de la escuela, el chico al que todo el colegio le teme incluyendo a los profesores y creo también  la directora.
—Sí, vine a dar una vueltita por la ciudad.
—Que bien, riquillo, te dejaré seguir tu camino pero antes préstame trescientos soles, mis patas y yo iremos a buscar flacas y estamos agujas.
—No tengo nada, solo traje cincuenta soles, además, si te presto no me pagarás nunca —le respondo con cierto tono de molestia.
—Riquillo, no juegues conmigo y no te pongas liso que puedo darte una paliza que te tendrá adolorido por muchos días.
—No te tengo miedo tarado que esperas ven.
No sé por qué dije eso, hablé sin pensar, no quiero pelear pero no puedo retroceder sino pensará que soy un maricón.
—¿Te pones así, riquillo? Bueno entonces jugaremos —dice sacando de su bolsillo una navaja.
—No vale, la pelea debe ser a puño limpio, guarda esa navaja.
—¿Quién eres tú para ordenarme algo? Deja de llorar como marica y pelea.
Ni siquiera completa la oración y se abalanza sobre mí, detengo la mano en la que tiene la navaja, en serio quiere matarme, esta apunta directamente a mi estómago. Aprovecho un descuido suyo y le doy un rodillazo en la entrepierna, lo empujo y me pongo de pie, veo como se retuerce de dolor y murmuro algo que no logro entender.
No sé qué hacer, aún tiene la navaja en la mano, podría intentar quitársela y seguir peleando o la mejor opción, salir corriendo; pero me buscaría y lograría hallarme en cualquier lugar donde me esconda, no tengo a nadie a quien pedir ayuda, otra vez el sentimiento de soledad se apodera de mi por unos cuantos segundos y me siento infinitamente infeliz.
Unos ruidos me regresan a la realidad, es Julián que está reincorporándose.
—Maldito, ahora si voy con verdaderas intenciones, te mataré.
No lo pienso dos veces y salgo corriendo, sin dirección alguna, solo quiero huir, seguro traerá a su pandilla y entre todos me mataran.
—¿Qué hago? —digo, aunque sé que nadie responderá.
Miles de cosas pasan por mi mente en segundos, no quiero morir pero a quien le importa si estoy vivo o no, a nadie le afectaría, ni a mis amigos, vecinos incluso ni a mis padres.
Entonces me decido, tengo cincuenta soles iré a comprar una navaja, sobrado me alcanza, luchare contra él, ya no importa si vivo o muero, nadie llorara por  mí.
Estoy tan metido en mis pensamientos que siento que el tiempo no pasa, y cuando reacciono ya tengo el instrumento en la mano.
Como es el destino, veo a Julián parado en la esquina, está solo, eso me tranquiliza un poco, nuestras miradas se encuentran, él sonríe alevosamente y poco a poco se va acercando  a mí.
—Ahí estas riquillo, corriste como niñita, me das pena. 
—Fui a comprar una navaja para que sea una lucha justa. 
—Que maricón eres. 
Y otra vez  ni siquiera termina la frase y ya intenta su primer ataque, el cual esquivo con facilidad ya que tengo buenos reflejos, ahora es mi turno, trato de engañarlo, apunto al pecho pero en realidad lo apuñalare en el estómago; sin embargo, el intenta apuñalarme otra vez.
—¡Eso es trampa, me tocaba a mí! —grito furioso.
—Esto no es un jueguito de niñitas —ríe.
Estoy enojado, y no sé qué empieza a sucederme, mi cuerpo se mueve solo y empiezo a atacarle sin detenerme, de la misma forma en la que él lo hizo,  quizás me arrepienta pero la cólera no me deja pensar. 
Aún en un estado de trance, siento sus ruegos, quejas, exclamaciones de dolor;  pero todavía  no reacciono y continúo apuñalándolo.
Cuando ya vuelvo a la realidad, veo a Julián lleno de sangre en el torso y el abdomen, aun no puedo creer lo que acaba de ocurrir.
—Maldito riquillo —exclama con dolor y dicho esto suelta su último respiro.
Tengo su sangre bañando mis manos, mi camisa y mi pantalón ¿Qué voy a hacer? Por lo pronto me digno a tirar las navajas a un pozo de agua, que bueno que no había gente segurito ya estaría en una comisaria ahora mismo. Empiezo a alejarme, volteo de vez en cuando para ver si alguien se da cuenta de la tragedia que acaba de ocurrir. A pesar del aturdimiento, en el fondo me siento feliz, he vengado a cientos de alumnos, profesores y estoy muy seguro que también a la directora.
No quiero ir a casa, nadie me está esperando, a nadie podré contarle  mi gran hazaña. Cambio de dirección y continúo mi camino. Ya empieza a oscurecer y no sé a dónde ir, otra vez me siento mal, el dolor de no tener a nadie a mi lado. Me acurruco en plena calle acongojado y triste.
Solo quiero dormir y no despertar nunca más.

Seudónimo: Leona del sur