LA LEYENDA DEL TEXAO
(Alessandra Jacqueline Espinoza Quispe)
[I.E. La Salle Arequipa-2016]

Ella era el yaraví triste del indio perdido en el campo. 
Era el murmullo álgido del viento de los sauces del río.
Ella era sentimiento, aunque no era gallardía.
Era más bien bajita y algo regordeta, pero de bonitos ojos negros profundos, inocentes aún, las mejillas arreboladas siempre del tono colorado de las manzanas en verano. Siempre con sus apretadas y gruesas trenzas a ambos lados de su corto cuello, que hacían resaltar los rasgos terracota de su rostro dorado como el maíz tostado de las tardecitas con Hierba Luisa.
Había crecido entre el picoso aroma de la cebolla y sonido del burbujeante caldo. Y a su corta edad de catorce primaveras, ya sabía cocinar gracias a su madre, que a punta de cucharón de palo le había esculpido el sabor del rocoto y el ají en las manos. Pero ella era más que una simple olla en la cocina. Y cada vez que en la cocina hacía falta salir a por un ingrediente, la única voluntaria era ella. Quien volaba en busca del producto de ser necesario.
Ella amaba pasear por los verdes andenes sembrados de papas y disfrutar del airecillo empapado de eucalipto cerca a los bosques, pero el caminar al borde de la acequia era ya de lejos su debilidad.
Claro que mamá habiéndola descubierto la había gritado allí mismo sobre los peligros de la gruesa corriente de agua que desembocaba en quién sabe dónde. Pero ella sólo veía las bonitas formas de agua en la superficie, y como sapos y ranas saltaban y chapoteaban como niños pequeños; y de pronto se le antojaba a sacar una ramita de guarango y correr al mismo tiempo que cortaba el agua. Pero todo esto siempre la retrasaba en su tarea de ir a por los ingredientes faltantes, por lo que se ganaba una buena tunda de vez en cuando. Pero a veces, cuando le encargaban llevar la leche a unas horas de la aurora a su tía, preferiría esconderse a cargar los porongos cargados que sólo le dificultaban el paso alrededor de sus andenes favoritos.
Se levantaba con la aurora, e iba corriendo a ayudar a su madre con la única vaca afrijolada que poseían. Para luego ayudar a su madre yendo al mercado y cargando las bolsas de verduras con ella o preparando la chicha de guiñapo si era domingo. Luego llegaban y tomaban ambas té con la tía Marta y ya estaba su madre cocinando para todos los chacareros de la zona. Y apenas rebuznaba el burro, empezaban a llegar los cansados y hambrientos jornaleros  a sus mesas. Ella corría entonces con el maíz tostado y los vasos rebosantes de chicha, y luego con los platos de picantes que eran tan grandes que apenas podía cargarlos sin temblar. Pero ella no acababa allí, después corría a repartir la ocopa a todos y las tazas de infusión después de la comida. Y ya cuando todos se iban, o cuando el sol ya casi se ocultaba, podía comer con su madre y su tía para luego guardar a las gallinas e irse a acostar con la puesta de sol.
Pero ella nunca se quejaba de nada, incluso disfrutaba las quincenas de cada mes, que por el resto del mes sólo le quedaba seguir en el ir y venir de la cocina, claro que con sus pequeñas escapadas hacia el campo verde lleno de flores y sus largas caminatas al borde fangoso del riachuelo de la chacra.
Pero un buen día, cuando el sol reluciente salía, a eso de mediados de agosto, donde todavía algunos ventarrones hacían correr a las lavanderas, la noticia de la llegada de un forastero tenía a todo el pueblo murmurando. Al parecer era un mestizo limeño que venía a ver sus chacras heredadas aquí mismo, cosa que no tenía felices a los chacareros de la zona.
El mozuelo de no más de dieciséis años ya era dueño y amo de buena tierra, claro que no había movido un meñique por ella, pues era herencia de su padre ccala naturalizado arequipeño, por pura suerte, pues de pálida casta era. Pero el bastardo no era más español que el alfajor, pues a simple vista sus cabellos recordaban a las tristes trenzas de los indios. Sin embargo su madre no había sido una simple india rasa, pues en buenos tiempos había tenido chicha en oro, y plata en sandalias.  Mas ahora era casada por conveniencia con un sucio español más viejo que una cabra, al cual ya le había dado un único hijo antes de morirse de pura pena. 
Todos sabían que el pobre bastardo sólo tenía tres fortunas en su vida, su apellido, sus tierras y sus ojos color ambrosía.
Fue un bonito miércoles, donde ella con un ramillete de muña caminaba como siempre al borde del agua. Ese día el precioso celeste habitual del cielo estaba nublado y gris, haciendo blasfemar a los más viejos sobre el mal augurio, cosa que no le gustaba para nada al padrecito calvo y gordinflón de la Iglesia. No obstante, ella sonreía al ver innecesario a su tosco sombrero de paja amarilla, y seguía saltando y jugando con el remedio de la tía Marta. Pero al llegar a cierta chacra casi vacía, divisó la trémula imagen de una figura acercándose a lo lejos. Mas no era eso lo que la conmovía, sino, eran las melancólicas notas dulces que el viento traía de la figura borrosa de un hombre descalzo con una gran carga encima. Y ella se puso a pensar qué bonito habría de sonar esa ramita gruesa y extraña bajo el agua.
El bastardo mestizo acaba de llegar a la ciudad, hasta donde la familia de criollos que cuidaban el terreno fueron a recibirlo, y de mala gana tuvieron que hacerle reverencia al medio indio con suerte. Sin embargo, el sucio peón con aires de español tenía un grandioso plan para adueñarse de nuevo con las tierras. Lástima que su linda hija tuviese que sacrificarse por la familia. Su dulce palomita de quince primaveras bien contadas, había heredado los zafiros taciturnos de la madre, con las castañas hebras del padre. Era bella, bellísima, pero la pobre había caído un par de veces en la locura de querer volverse monja. Patrañas, su linda princesa de Albornoz sería la soberana oficial de las fértiles tierras que debieron ser suyas.
Para eso claro, había engalanado a su hija con los vestidos de la abuela, y siendo ella tan menuda pero floreciente, nunca había  lucido mejor esa mañana al lado de sus padres, a la espera de cortejar la llegada del bastardo.
Luego de eso, el que se proclamaba dueño, ya había guiado a su señor alrededor de las tierras, señalando las bondades de ellas hasta casi hacerlas quiméricas, con la verdadera pasión del labriego. Pero él, encontraba detalles ínfimos en cada palmo. Dureza por aquí, falta de agua por allá y Don Belisario estaba harto, con su buena hija estaba cansada de caminar con la sombrilla, pues jamás se hubo de interesar en recorrer tierra sucia de cultivo.
Quisiese el destino jugar a bromas aquel día, pues la muchacha de la ramita salía a por más especias cuando se encontró de lleno con la extraña comitiva descansando a un lado de su arroyo preferido. Eran en total 5 hombres y dos mujeres, mas la pequeña había sido advertida hasta el cansancio de los peligros de hablar con los hombres de esas ropas, así que pretendiendo rodearlos, casi resbaló a las gélidas aguas, cuando unas tibias manos la sostuvieron y salvaron de casi morir ahogada. 
Ella miró a su salvador. Tal vez preguntándose si los trigales tenían ojos, o si él tenía el sol cautivo por dentro. Fue el breve momento donde el oro y el negro volvieron a encontrarse en esa dualidad entre lo español y lo peruano. Y ella se envolvió en esa nueva calidez hallada llamada amor. Aunque a la inocencia de sus cortos años, el sentimiento que ya de por sí vivía en ella revolvió la mente intacta de la muchacha, haciendo de un simple encuentro para cualquiera, años de afines para ella, y de un desconocido, el compañero ideal para sus días. Y ella se adentró en ese desconocido mundo de bálsamo para su dolida y vacía existencia.
El encuentro fue breve, pero suficiente para tener a la polluela en ascuas. Para ella el mundo se volvió azul intenso, y aún conservaba grabado el ámbar de los ojos de aquel en el alma. Pero su madre adivinando la razón de tantos mandados encomendados, intentó sacarle el nombre del hombre que la tenía tan despistada. Y ella avergonzada tuvo que admitirse a sí que no lo sabía. Por lo que temprano a la mañana siguiente, armada de valor, junto a la madre, salieron juntas a saldar el nombre del desconocido, hallándole dueño de tierras. Y la sabia progenitora, advirtiendo la clase de hombre que encontrarían intentó disuadir a su niña. No obstante, ella tomando valor, le preguntó a un hombre de su cuadra por el mozuelo limeño. Y el mundo se le derrumbó cuando lo halló comprometido con la muchacha más bonita de toda la villa.
Por primera vez el sabor amargo del amor había inundado el inexperto paladar de la mozuela, entonces ella clamó que dejaran a su cruda suerte llorar la noche estrellada. Y fue mártir de su inexperto querer.
Pasaron los meses, y mientras la boda más grande de Arequipa se celebraba, una avecilla enjaulada caminaba cerca al arroyo sin la rama juguetona.
Llevaba puesta la ropa del domingo, con las faldas naranjas y el delantal negro, y llevaba en la manita el triste ramillete de hierba que también llevaba durante el encuentro con el indio de la quena.
Su madre tuvo que sospechar algo al verla tan extraña, tan fuera de sí, pero en un intento de aliviar su dolor, la dejó en paz sin preguntas.
Y ella dejó el ramillete a un lado, junto a los zapatos, sentada en la zona donde la ambrosía le tocó el alma y ella fue salvada de las aguas que creía amigas, pero eran tan traicioneras como el destino mismo. 
Y se dejó llevar, entregándose a ese ideal, a ese dolor cuya alma nunca fue capaz de soportar.
Y saltó como avecilla al viento, en busca de libertad.
Al día siguiente solo se halló la hermosa flor del Texao a la ribera del arroyo.

Seudónimo: Sindae