EL TESORO DEL DUENDE

Era inusual la lluvia de junio, tomé mi cámara y fui en búsqueda de la mejor foto, todavía el resplandor de la tarde me daba seguridad de caminar un largo trecho por un inhóspito sendero, cuando divisé en medio de la llovizna un hermoso arcoíris, quise avanzar lo más posible y todavía estaba a mucha distancia del haz de luces multicolores, caminé por casi una hora, la ciudad blanca se alejaba a mis espaldas, me distraía a ratos sacando fotos al Misti al Chachani y Pichu Pichu cuando un ruido me contuvo de golpe, algo cruzó como una sombra por delante mío, guardé la cámara en mi mochila y corrí por curiosidad para ver qué era, pensé en un animal silvestre por que se metió entre los matorrales y lo que vi me dejó perplejo por un largo rato era un ser pequeño de menos de un metro vestido con una especia de levita verde y un sombrero con una pluma colorada de adorno al lado izquierdo, la criatura también me miraba algo asustada y con curiosidad se acercó paso a paso hasta ponernos a un metro de distancia uno del otro y me hablo en perfecto castellano:
—Buenas tardes señor mío, me llamo Francisco “el duende” al igual que usted estoy sorprendido de encontrarlo por acá.
Mi fascinación por lo acontecido no me dejaba articular palabras hasta que le respondí:
—Lo mismo digo y perdone por entrar a sus dominios.
El duende se acercó me dio la mano y me dijo:
—Cuando un ser humano se topa con nosotros le concedemos un deseo.
Ese rato por mi mente pasó mil cosas y recordé las historias donde se forman los arcoíris los duendes entierran una olla repleta de monedas de oro y le conteste:
—Quiero ver el tesoro.
Muy bien exclamó pero tenemos que caminar faldas arriba del volcán Misti, cuando dio los primeros pasos por delante pensé que podía huir le increpé:
—Quizás se escape y no me enseñe ningún tesoro.
Volteó y rezongó el duende.
—Señor mío los duendes somos caballeros de honor pero si tiene algún inconveniente… —sacó de uno de sus bolsillos un lazo de los colores del arcoíris y se ató a una de sus muñecas de la mano y luego me dio el otro extremo y me convino hacer lo mismo.
—Yo caminaré por delante hasta decirle donde podemos ver el tesoro.
Caminamos cuesta arriba por el Misti y me ordenó pararnos:
—Acá es, puede voltear.
Giré pensando ver el metal precioso y vi en la ciudad blanca despuntar las luces del último desquicio de la tarde y con la llovizna acentuaba el hermoso atardecer y estiro una de sus manos señalando:
—Que mayor tesoro que la hermosa ciudad blanca de Arequipa, sus casas de sillar, su catedral con sus torres, el transcurrir de su río Chili bajo sus hermosos puentes, su campiña y su gente. ¡Señor mío ahí está su más grande tesoro!
Me quedé viendo mi hermosa ciudad blanca, y me dio una paz que me recosté en el sitio y me quedé profundamente dormido. Cuando desperté me encontraba solo, había dejado de lloviznar, mi ropa estaba empapada y la noche ya se acercaba, avance a prisa la distancia que me separaba de la ciudad y tomé el primer taxi rumbo a mi casa, al entrar pensé que sueño tan raro tuve hoy, y mientras me cambiaba la ropa mojada por miedo a tener un resfriado pensé dentro de mí, los duendes no existen y reí ligeramente y de pronto de mi pantalón cae un lazo del color del arcoíris.

Seudónimo: NEKA