AJUSTE DE CUENTAS

El pueblo se mantuvo tranquilo, un poco de nieve en los vacíos parques del pueblo, una tranquila brisa que balanceaba las hojas secas de los árboles; a pesar de estar en el interior de una vieja y oxidada locomotora parecía que toda la atención iba hacia ellos, Don y Santi estaban nerviosos, debían contener su respiración para no revelar donde se escondían. Estaban en problemas; el pueblo entero se activó, pero hubo un silencio a la vez, sus mentes aún infantiles se preguntaban muchas cosas que en ese momento no tenían respuesta. 
En el silencio de la estación se comienzan a escuchar pasos cada vez más cercanos y alarmantes, el crujido de las piedras los confundía; oyen una escopeta siendo cargada, la recámara se llena, el sonido de la corredera; una sombra es distinguible desde la ventanilla de la cabina. La figura del abuelo le es familiar; se agachan, pero ya es demasiado tarde, les detecta, ven como el abuelo les apunta y luego; dispara. Ese momento fue diferente a cualquier otro en su corta vida; siente cómo su piel se eriza, sus sentidos van al máximo; el tiempo se detiene, pero de nada sirve ya, las balas ya habían llegado a su objetivo.
A comienzos de año Donato compartía una cálida cena familiar, su padre, su madre, el abuelo Luciano y él se juntaban frente a la chimenea donde reposaba la foto de la abuela, aún estaban los adornos de la navidad pasada y la nieve adornaba de blanco las montañas y el pueblo. Su familia era ejemplar, nadie se había quejado de ellos nunca, las relaciones con los vecinos eran fuertes amistades y estrechos lazos. La atención que su familia le ponía a Donato por ser el único niño de esa pequeña familia hacía que se sintiera en el paraíso, ahora que estaban en invierno la calidez familiar era lo que los mantenía unidos.
La noche lluviosa en la que Don y su abuelo recibieron la noticia fue la peor; aún Don recuerda cómo su madre le decía:
—Pronto volvemos Don, abrígate y come tus verduras; obedece al abuelo.
—Te traeremos regalos cuando termine el pequeño viajecillo de negocios chico, duerme temprano —le recalcaba su padre.
Todo eso se había terminado puesto que una patrulla de policía aguardaba afuera de la casa y su abuelo estaba sentado conversando acerca del accidente que tuvieron sus padres, destrozado por la noticia. Se hizo muy tarde esa noche y los policías ya estaban saliendo; escuchaba los pasos de su abuelo cuando subía por las gradas de madera. 
—Abuelo Luciano… ¿Qué ha pasado? —pregunta angustiado en cuanto lo ve.
—Tus padres… —su expresión lo decía todo.
—Han muerto en un accidente —no pudo aguantar más y lloró.
Don en un arranque de ira y tristeza intenta correr, salir y gritar; pero no podía, la impotencia para aliviar el dolor que sentía no se lo permitía; bajó a la cocina, vio el paquete de la policía y leyó; el accidente fue provocado por hielo en la carretera, había otras marcas sospechosas en la pista, pero el hielo fue lo que los condujo al precipicio del costado, en esa angosta pasarela sólo había mar a un lado y una pared rocosa al otro, la muerte era inevitable.
Meses después. Recobrar el rumbo a su corta edad de 12 años era una tarea difícil; los días le pasaban más largos, más pesados y menos interesantes. De la nada, cuando atravesaba la temporada de vacaciones con la ausencia de su abuelo, alguien toca la puerta; Don, asustado porque en meses nadie había tocado la puerta, va y atiende; una enorme sonrisa aparece frente a él. 
—Hola, soy Santino, me puedes llamar Santi ¿quieres salir a dar un paseo y jugar?
Don, extrañado, responde:
—No creo que pueda, mi abuelo no está.
—No hay problema; mi papá está hablando con él, me dijo que podías salir —afirma Santi.
—Bueno; pero la pagarás si me castigan.
Comenzaron a caminar, en un accidente de Santi en el lodo Don echa a reír a carcajadas, después de todo, no se había divertido en mucho tiempo y por fin había hallado algún rumbo por donde comenzar de nuevo, ese rumbo era una nueva amistad con Santi. Exploraron la ciudad y se metieron al bosque, siempre una que otra risa y anécdotas por doquier. Don comenzaba a salir en sus vacaciones, jugaba, se reía, saltaba, corría, sus problemas se iban cuando lo visitaba Santi. Pero a su abuelo sus asuntos le estaban pasando factura. El padre de Don era un hombre de negocios; obviamente había aprendido del abuelo Luciano. Con los problemas para mantener la casa prometió no darle más carga a su nieto y pidió un gran préstamo a un viejo conocido. 
Lansky trabajaba en algunos asuntos ilegales como el tráfico de alcohol y cobrando impuestos muy altos en sus intereses; obviamente para Luciano los intereses no eran tan altos por ser su amigo, pero las deudas con los años iban creciendo y su amistad iba menguando un poco, Lansky pertenecía a otro tipo de viejos; impaciente y con un carácter fuerte, tenía mucho dinero y sus guardaespaldas le daban la seguridad como para hacer un buen negocio en un buen préstamo. Ya tenía en la mira a Luciano, quien se hundía en sus deudas, lo que colmó a Lansky fue que Luciano le pidiera más dinero. La reacción de Lansky fue arder en furia y amenazarle.
—Luciano, sé que tienes problemas, pero si sigues quitándome más dinero te digo que me cobraré cada centavo con cada gota de tu sangre—.
Oyó cómo su cráneo crujió; después una bolsa negra mojada en cloroformo cubre su cabeza; intenta luchar, es demasiado tarde. Despierta medio desnudo en una de las habitaciones de la casa bastante lujosa que presumía Lansky, ya lograba ver sus intenciones; él no era su amigo, actuaba como tal; pero la traición era visible. Sólo quería su dinero, y cuando Luciano no pudo devolvérselo estalló en furia. Parecía que lo iba a torturar, eso no era lo que quería; le traen un televisor conectado a un reproductor; hay una cinta, se puede ver la curva mojada y cubierta por hielo y nieve en la difusa imagen del televisor. Aparece un auto que se estaciona al costado de la pista; aparecen camionetas y acorralan al primero; sale mucha gente y comienzan a golpear a los pasajeros del primer auto, los cambian de posición a los asientos traseros, los aseguran para luego ver como el auto acelera hacia el precipicio; los dos pasajeros caen hacia una muerte segura. Después de ver las impactantes imágenes, Luciano analiza ojiplático la situación; comenzaba a entender lo que había pasado. El auto donde estaban los dos pasajeros era el mismo donde iban su hijo y su nuera; meses antes de la navidad le avisaron que se prestarían dinero para pagar la casa, el viaje de negocios era el viaje para pagar la deuda con Lansky; pero fue demasiado tarde, él ya había cobrado su garantía. De nuevo una bolsa mojada con cloroformo cubre su cabeza y le adormece mientras escucha el susurro de un “Estás advertido”. Despierta en su casa; no sabe cómo llegó pero si sabe con qué intenciones llegó; una ira enorme inunda pensamientos, no sabe cómo quitar su sed de venganza; quería venganza porque no hubo ningún accidente, sólo un saldado de cuentas, y el mismo destino ascendería a él. Cuando baja por las escaleras contempla un momento a Don y a Santi viendo la tele, Don le ve y con una sonrisa le dice:
—Abuelo, ¿te pusiste borracho con el papá de Santi?
Luciano comprende cómo y sólo responde con una risa fingida. Cuando está a punto de cerrar la puerta ve a Santi, Santino Lansky. La iluminación había llegó a su mente, ahora tenía un objetivo; el recipiente de su venganza sería Santi, y no pararía hasta cobrar su venganza, en su ahora retorcida mente ahora todo tenía sentido; otro ajuste de cuentas. Lansky le había quitado un hijo y ahora él le arrebataría al suyo. ¡Todo tenía sentido! Para efectuar su plan, vende parte de sus cosas viejas; ahorra y logra obtener el dinero suficiente para comprar una escopeta y munición con su licencia para caza. Ahora la herramienta para su venganza estaba en sus manos y su mirada loca se centraba en el volante; conducía a casa, entra y revienta de un escopetazo la alfombra donde estaban Don y Santi. Por su falta de práctica no había podido atinarle a Santi; aunque sus reflejos habían ayudado a esquivar el tiro también. Don mira asombrado lo que había hecho su abuelo, le pregunta luego con los ojos llorosos mientras recarga la escopeta con munición: “¿Por qué?”. Corre junto a Santi; abren la puerta, lanzan todo lo que pueden para obstaculizar al abuelo y así evitar el próximo tiro; en lo que cruzan la puerta un agujero circular destroza la puerta y por poco la cabeza de Santi. Huyeron lo más rápido que pudieron y se escondieron un lugar donde no pudieran encontrarlos: La estación de trenes. 
Después de la terrible escena en frente a tantas personas, alguien llama a la policía; en un descuido, dice la dirección a donde se dirigían los chicos; habló lo suficientemente alto como para que Luciano escuchara y supiera a donde ir. La noticia recorre por medio de la radio a todo el pueblo, Lansky sabe los planes de Luciano y manda a varios de sus hombres al lugar. No había tiempo, el abuelo ya los había alcanzado en automóvil. La memoria de Santi regresa, su noción del tiempo se reincorpora a la normalidad; voltea y presencia cómo el abuelo sacaba de la locomotora a Santi, quien tenía un hueco en el pecho producto de un par de disparos atinados. Todo estaba teñido color carmesí; Luciano deja el cuerpo en el suelo y dispara varias veces. Cansado, con la mente llena y en su momento de desesperación; Don logra desprender una de las palancas de la locomotora, golpea al abuelo gritándole que pare de dispararle a su mejor amigo; destroza su cráneo con la palanca y da el último golpe, le arrebata la escopeta para luego con mucha ira disparar en la espalda al cuerpo inmóvil del viejo. Llegan los hombres de Lansky, perplejos y confundidos acribillan a Don en cuanto lo ven, dejando su cuerpo perforado por decenas de balas. Cuando la policía llegó sólo vieron a algunos hombres de Lansky recogiendo la escena, cuando llegaron al interrogatorio de uno de los hombres escucharon el testimonio:
—Todo fue un ajuste de cuentas, vimos que el abuelo quería tomar venganza, supusimos que Santino Lansky quiso defenderse y también cobrar la deuda que Luciano le debía al señor Lansky, arranco la palanca, golpeó al abuelo en la cabeza, salió de la locomotora, le arrebató la escopeta y luego disparó esparciendo toda esa sangre. El niño, al ver a su abuelo muerto luchó contra Santi logrando arrebatarle la escopeta, le dispara hasta dejarle todas esas heridas, nosotros, como un saldado de cuentas más, asesinamos al niño por matar al heredero del señor Lansky.

Seudónimo: C.A.S. Álvarez