FANTASMAS DEL RECUERDO

El otoño había llegado, las hojas cayendo del follaje eran testigos de eso, el frío muerto paseándose por toda la ciudad cubriendo cada zona, a cada persona y como destino final y predilecto, el hospital de Luxemburgo, donde se hallaba ya en sus últimos momentos un veterano de guerra descansando en la cama de la habitación R-122; John Stuart Defoe, era el nombre de quien en sus tiempo fue admirado, reconocido y visto como un ejemplo a seguir; de gran altura, corte cadete ,manos y pies grandes, de frondosa barba y con una voz que era capaz de resonar en los cielos; hombre, del ayer y del que ahora solo queda un recuerdo. Ahora estaba postrado con la esperanza de salvarse del cáncer y disfrutar de los que posiblemente puedan ser sus últimos días.
Se escucha la perilla moviéndose, alguien se acercaba rápidamente, su hijo, el terrateniente Alex Defoe quien lo buscaba desesperado al ser informado del estado crítico de su padre; con una voz temerosa dice:
–Padre… agradecido estoy con Dios por encontrarte bien.
–No estoy bien… mi hora ya se aproxima –le respondió.
–No diga eso padre, usted saldrá de esta, debe luchar por seguir –con los ojos cristalizados, con las ganas de llorar y gemir.
–Hijo ha habido mucho que me ocurrió durante mi carrera militar que no te pude contar hasta ahora… Y ahora que ya llega mi hora, tienes que saberlo.
–La primera vez que estuve en el campo de batalla, no te miento hijo, nunca se ha de estar preparado para acabar con la vida de un ser humano, sentir como la vida de otra persona se apaga en tus manos, con su gemir y su llanto. Nunca se ha de estar preparado para juzgar al azar.
–La guerra nuclear de Hiyake comenzaba, se mandó una bomba nuclear que con su luz, miles de vidas terminaron al instante, estos fueron los afortunados, sin embargo los desafortunados caminaron desesperados al río Huracany para aliviar el ardor en sus pieles quemadas , la mayoría presa del sopor murieron ahogadas.                                                 
Después de varios minutos que parecía interminables, para nuestra infortuna nos dieron la orden de retirar los cadáveres de soldados caídos y que los lleváramos al horno donde quemaríamos los cuerpos, haberme negado a la orden fue uno de mis más grandes errores  puesto que el capitán del escuadrón me quedó mirando enojado y diciendo:
–Así que no me vas a obedecer ¿Dónde diablos crees que estamos soldado? !Estamos en la guerra, métetelo bien claro en la cabeza, aquí harás todo lo que yo diga!
–Pero capitán…
–¿Qué? Te sigues rehusando… de acuerdo –dijo con el ceño fruncido– ordeno entonces a que liberen a una mujer japonesa estérica con una cesta tras su espalda; la mujer corrió lo más rápido que pudo, el capitán no mandó a que le disparen sino a que la rocíen con el cipo, la señora siendo devorada por el fuego siguió corriendo gritando del dolor, gimiendo y cada vez la velocidad disminuía hasta caer.
El capitán se acercó  muy lentamente, paso a paso al cuerpo de la mujer y usando un bastón logró remover la tapa de la cesta, y enseñarnos el horror que había ordenado hacer; en la canasta desintegrándose había  un bebé.
Ya estacionados en Hiyake, los días pasaban lentamente, no sabíamos de qué hablar, o que otro juego de cartas jugar por horas, y tardes y noches enteras para distraernos.
La devastación alrededor estaba tomando gran peaje psicológico en mis compañeros de cuartada, y como poder evitarlo si vivimos en carne propia lo que es una devastación nuclear y sus consecuencias; aquellos atardeceres que nos cambiaron como hombres pero lo que realmente nos marcaría bastó solo con una noche.
Yo junto a varios compañeros, bien armados, patrullábamos el río Huracany en la mañana, la luz de la luna dejaba vislumbrar una silueta ignominiosa del paisaje baldío; estábamos a diez metros de la orilla, cuando el más joven de la patrulla rompe el silencio diciendo:
– ¡Veo un cuerpo!
Todos asombrados nos quedamos en silencio observando, pero después de unos momentos dimos por hecho que no había nada, el soldado pidió las disculpas del caso diciendo que alguna ilusión del rabillo del ojo le jugó una mala pasada; pero no transcurrió mucho tiempo antes de que el mismo tipo nuevamente dijera:
–! Veo un cuerpo… y esta vez estoy completamente seguro!
Resultó siendo una mano que flotaba sobre la superficie del agua cerca de la orilla; temíamos por cuestiones de sanidad que si encontrábamos un cuerpo debíamos llevarlo a las instalaciones para un adecuado uso de los restos; agarramos la mano pero nos dimos con la sorpresa de que se hallaba cercenada; pero como la evidencia era casi nada, decidimos arrojarla al río.
Luego decidimos tomarnos un descanso; nos pusimos a fumar, hablamos de mujeres, nos contamos varios chistes, cualquier cosa era buena idea con tal de distraerse, pero entonces la conversación se rompe.
¡Veo algo otra vez en el agua! A veinte metros en la oscuridad, aún con linternas, fue difícil ver pero pasa que esa forma rara se acercaba lentamente y nos dimos cuenta que esta vez era un brazo cercenado; con mucho pudor lo sacamos del agua pero nuevamente decidimos arrojarlo.
Más tarde nos encontrábamos en un ambiente inhóspito, el  viento aullaba, ya no había edificios en pie que detuvieran su andar, nosotros esta vez en silencio decidimos continuar con el patrullaje, el ambiente se comenzaba a sentir tenso por alguna extraña razón, pero la vigilia no es suficiente para romper la horrorosa andanada, entonces alguien en el grupo exclama:
–¡Maldita sea!
Todos giramos las cabezas rápidamente para observar… entonces vimos como del agua aparecía una mano, luego otra, y otra, ya no era solo una, eran tres, cinco, diez,  treinta y juraba por Dios que se movían y se dirigían hacia nuestra ubicación, entramos todos en pánico, uno de nosotros comenzó a disparar ráfagas al agua, nos echamos a correr sin mirar en ningún instante atrás hasta llegar a los buques donde nos escondimos y nos encerramos hasta la mañana.
–Es por eso que al llegar a casa no eras el mismo –comentó mi hijo.
–Desde ese día me preguntaba cuál sería el misterio del otro lado ¿Sería como las manos agarrando la nada tratando de cruzar el Huracany?, buscando un maldito sentido… ¿Habrá alguien del otro lado para mí?… ¿Alguien que agarrará mi mano y lo sacará a la superficie? O si tal vez veré a los que afecté durante la guerra, a los dueños de las manos… que yo… fallé en sacarlos del agua aquella noche.

Seudónimo: Lex Ciprian