A LA OTRA PARTE TAMBIÉN HAY QUE OÍRLA
(Arantxa Tamara Bravo Narazas)
[Colegio Cooperativo La Unión - Miraflores Lima]

Mi nombre es Hermann Rorschach, soy psiquiatra y psicoanalista de profesión. Algunos me consideran un gran psiquiatra gracias a mis investigaciones y experiencia; pero prefiero decir que tan solo soy un hombre que sigue fielmente su vocación psicoanalítica. Hace no mucho tiempo atrás ya, encontrábame yo tomando una taza de café en una cita habitual con uno de mis pacientes frecuentes, cuando ocurrió aquel fortuito descubrimiento. Aquel paciente; al cual agradezco y agradeceré eternamente; pudo observar que al posar mi taza de café sobre mi agenda y luego retirarla, se formaba una especie de mancha abstracta y monocroma la cual yo ignoré completamente en su momento.
Lo magnífico no fue en sí el acto de mostrarme aquella mancha con su tembloroso  dedo índice (prueba fidedigna de ansiedad), sino el darme una magistral apreciación sobre aquella mancha: lo que veía, lo que sentía al verla, qué era lo que provocaba en lo más íntimo de su persona… Siendo aparentemente una mancha de café sobre una hoja en blanco. El punto es que partir de ello, pude sacar a la luz un test de psicodiagnóstico y psicoanálisis, el cual consta de 10 láminas con diversas manchas, tanto de colores o monocromas. A este extraño pero certero método, lo nombré “El test de Rorschach”  y descubrí que servía básicamente para evaluar ciertos aspectos de la personalidad humana. Es por este gran descubrimiento que hoy me atrevo  a contar una de mis más interesantes y misteriosas experiencias practicando este famoso test.
Había llegado ya la primavera. Mi consultorio no llegaba a tener muchos pacientes, sin embargo no presentaba queja alguna ante este hecho. Empero, esto no significaba que no tuviera algunas sesiones, pues según mi agenda, databan algunas citas con pacientes nuevos: y era dentro de este grupo de pacientes nuevos donde se encontraba aquel indescifrable sujeto, que hoy es el protagonista de esta historia. Érase un día normal en mi consultorio; cuando dio lugar a su cita.
Mi primera impresión aquel sujeto residió en su apariencia: Era de talla alta, moreno, barba, de voz profunda y ojos penetrantes. Sin embargo, a  pesar de tener tan majestuosa apariencia, había algo en él que me inquietó. Una especie de impenetrable capa sobre él, tratando de ocultar algo tras esos enigmáticos ojos grises. A partir de ello, todo siguió de manera usual. Hasta que empecé con el test. Decidí tomarme las cosas con calma y analizar al paciente en 10 citas, le comenté acerca de mi idea y él estuvo de acuerdo, pero antes me preguntó sobre el método a practicar. 
—Quiero conocerte, no te preocupes, mi método no es nada complejo, solo tienes que responder lo que ves en cada lámina y le aseguro que bastará para analizar su personalidad, o al menos los aspectos que le estén causando problemas. Será una lámina por cada sesión para llevar todo a su ritmo, ¿le parece? Lo único que le pido es sinceridad y confianza, soy un psiquiatra profesional, jamás dude de mi promesa de discreción doctor/paciente —dije.
Después de varios minutos más de plática, ya para cerrar la sesión, empezamos el test por la lámina número 1. Mi paciente no respondió de forma rápida, lo cual empezó a indicarme que mi paciente no era bueno actuando antes situaciones súbitas o que lo hacían salir de su zona de confort, pero lo que vino después fue aún más extraño.  Aquel sujeto empezó a balancearse desde su asiento, estaba ansioso y tenso.
—Muerte. Una cueva… —musitó en un tono casi inaudible.
Pero después de un largo rato, le volví a preguntar qué era lo que sentía exactamente al ver esa mancha, a lo que él solo se paró y sin despegar la mirada de la mancha dijo:
—Señor, yo no quiero superar a todos ellos, yo no quiero que descubran quién es el hombre que se encuentra bajo la capa que lo recubre… Yo solo quiero su amor… —de pronto una lágrima tibia trazó su recorrido hasta llegar a su mentón, y a esta se le unieron muchas.
Yo solo me quedé en silencio y le pregunté quién era aquel hombre, a lo que él solo exclamó que no sentía muy bien y que nos veríamos en la siguiente cita.
Las siguientes citas siguieron este tipo de episodios, en donde mi paciente terminaba teniendo una crisis de nervios. La respuesta a la lámina dos fue “nuestra unión”, y la respuesta a la lámina tres fue “una cena”. De esto pude descubrir que mi paciente tenía una relación muy fuerte con otra persona, a quien siempre llamaba “Señor” y del cual expresaba una admiración y adoración mística… Pero no sabía quién podría ser este “Señor”… Un superior, su padre quizás, pensé, pero en seguida borré aquellos pensamientos. La lámina cuatro sería la que me daría las respuestas.
“Padre”, dijo de forma calmada al ver la lámina 4. Esta era la primera vez que mi paciente no tenía una crisis mi nerviosa, así que aproveché para conversar con él acerca de ello.
—¿Qué ocurre con él? —pregunté, sabiendo que esta persona era la causante de aquel conflicto interno de mi paciente.
—Debo hacer algo por él, algo muy importante —me contestó.
—¿Y no quieres hacerlo? ¿Es eso? —rebusqué en lo más íntimo de él con aquella pregunta.
—Tengo Miedo, Hermann, tengo mucho miedo a pesar de que no sé qué es exactamente lo que tengo que hacer… —Dijo con un rostro de preocupación que me avisó que ya era el momento de parar con las preguntas. Las sesiones siguientes se dieron de forma más tranquila, con más charlas que me permitieron conocer más a mi paciente. Sin embargo, mi diagnóstico era aún muy pobre y por ello esperaba que las últimas láminas me brindaran todo lo que me hacía falta para culminar aquel psicoanálisis.
La 5 fue una sesión tranquila. Demasiado tranquila diría yo, ya que casi no quiso articular palabra, no obstante, me dio resultados. La respuesta a la lámina 5 fue “Su sagrado corazón”,  la cual interpreté como la forma en la que mi paciente veía a aquel hombre como una divinidad. La lámina 6 dio como resultado “piedras” seguido de un ataque de pánico, en el que mi paciente se escondió bajo mi mesa, creyendo que estaba a punto de ser violentado.
Las láminas 7 y 8 se dieron en una misma semana, pues cada vez me preocupaba más qué sería por lo que estaba pasando exactamente este hombre, al que dicho sea de paso, veía cada vez más demacrado y atormentado por las “visiones” que me había dicho que tenía justo después de hablar con “su padre”. En fin, las respuestas que recibí fueron “monedas de plata” y “manchas de sangre”, respectivamente. Esta vez mi paciente solo lloró como un niño mientras exclamaba palabras que nunca terminé por entender, pero que luego se harían la llave maestra de aquel enigma que envolvía a este joven sujeto.
Algo que jamás olvidaré, en definitiva, fue nuestra última sesión. Recuerdo aún sus pasos, frescos, acercándose para saludarme, ergo, sentarse. Se encontraba terriblemente mal y esto se debía a la enorme presión que había puesto “su padre” sobre él. Era verosímil creer que al que llamaba padre era una mala persona, pero a pesar de ello, dejé que me convenciera diciéndome las miles de virtudes que su alma albergaba, así como los milagros que decía haber hecho. Mi paciente estaba decidido a obedecerlo, sabiendo que su destino no sería el más favorable, y esto hacía que me intrigara qué tanto podría afectarlo emocionalmente el cumplir esta gran misión encomendada para él, pues se llamaba a sí mismo “el elegido”, pero siempre recalcaba que era en secreto, pues si “los otros” se enteraban de aquella relación entre “su señor” y él, el destino de la humanidad no sería el que se esperaba. 
Había escuchado tantas cosas a lo largo de toda mi carrera, que yo esperé más de la respuesta a la lámina 9.
—Un beso.
Musitó sin más, a lo que yo inquirí:
—¿Un beso?
—Sí, el señor me ha pedido un beso... —exclamó con la mirada perdida, para después retirarse del consultorio no sin antes despedirse.
La última vez que nos vimos no hubo lágrimas ni cuadros paranoicos. No hubo huida, ni hubo desesperación. 
Era el día de nuestra última sesión y ya habían pasado un par de horas de la hora pactada y ya me empezaba a preocupar por el bienestar de aquel joven, así que decidí por mi cuenta, ir a buscarlo a su casa, a lo mejor habría tenido un percance, así que me encaminé a su hogar y en el camino vi cómo un tumulto de gente se llevaba a un cuerpo arropado en blancas telas, mientras una mujer lloraba desconsoladamente por la desgracia. Sabía que había ocurrido algo importante, pero en ese instante no le presté mucha atención a esta escena, pues quería llegar pronto a mi destino. 
Me encontraba caminando en una zona algo alejada del pueblo, desde donde podía gozar de una maravillosa vista del mar junto con el canto de algunas aves costeras. No fijé ningún rumbo que me condujera a aquel árbol, pero este de forma repentina se topó en mi camino haciéndome abrir mis ojos con innegable sorpresa. Allí, frente a mí, algunos metros arriba, estaba mi joven paciente… Muerto. Colgado de un frondoso árbol. En el suelo, una bolsa con monedas de plata y su pálido y aún algo tibio rostro indicándome que no había pasado mucho tiempo desde su deceso y que al no ver a nadie más cerca, se trataba claramente de un suicidio. Retrocedí varios metros y caí de rodillas al piso, aún en shock por semejante escena. Observé de nuevo al ahora cadáver de mi paciente y suspiré apenado, sin dejar de intentar conectar todas sus respuestas pasadas con este terrible acontecimiento, pero sin llegar a ninguna conclusión certera.
Judas, ¿qué has hecho...?
Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida. —Apocalipsis 2:10

Seudónimo: La Totorita