EL HOMBRECITO
Era de noche hacía frío, el cielo encapotado, una noche tormentosa, donde los truenos iban al ritmo de río caudaloso y desbordante, aproximadamente la una de la mañana; iba caminando con mi madre, se nos hizo tarde para regresar a casa y no había carro, entonces caminamos, teníamos que cruzar el río y como era oscuro y el río estaba muy caudaloso, no supimos cómo llegar al otro extremo, agarré fuertemente la mano de mi mamá, ella decidió cruzar aunque yo la detuve por el temor de ser arrastrada por la corriente, pero ella me miró con esos ojos brillantes y sonrió, aun con duda yo no solté su mano, me cargó con todas sus fuerzas y cruzamos, solo le decía que pise fuerte, empecé a rezar y cerré los ojos, al abrirlos ya estábamos al otro extremo del río. Nos faltaba mucho para llegar a casa pedí ayuda empecé a gritar para saber si alguien más estaba por ahí, sentía miedo, pero extrañamente nos alumbró una luz que brillaba fuerte y se dirigía a nosotras no sabíamos si ir por ese camino; ya que no podíamos ver quién era el que nos alumbraba, mi mamá me abrazó y rezamos juntas seguíamos a paso lento, la luz no desaparecía, poco a poco ya no sentía miedo aunque miraba a mi madre con angustia, no solté su mano seguíamos caminando y la luz seguía alumbrando, la luz parecía estar cerca, yo quise ver quien era me acerqué más pero no pude y al querer tocar la luz quemaba y ardía así que no insistí pero tropecé y me caí mi mamá me ayudó a levantarme; pero no pude y en el intento ella también se cayó y curiosamente no podíamos levantarnos después de un rato nos pudimos levantar y otra vez esa luz nos alumbraba continuamos caminando y al rato vimos la casa fui corriendo, esperé en la puerta a mi mamá ella tenía la llave y al entrar nos echamos muy cansadas a la cama hasta que salió el sol.
Como si eso no fuese lo más extraño que me sucedió. Esa misma noche al dormir me quedé pensando en la luz que nos alumbraba. ¿Qué fue eso?, ¿por qué nos seguía?, o acaso esa luz nos trajo a casa. A mi mamá no pareció importarle. Caí en un profundo sueño y vi a un hombrecito y muy enojado dijo que lo siguiera y sin preguntar lo seguí, vi su cara de molestia pero por alguna razón no sentí miedo de él, luego dijo que me mostraría un gran tesoro pero tenía que cumplir una condición y sino aceptaba sufriría las consecuencias, ahí dudé si seguir caminando o retroceder y huir, pero le pregunté cuál era la condición, el hombrecillo dijo que debía de visitar siempre el lugar y llevar ofrendas me pidió coca, ojotas, vino, algunos alimentos muy sorprendida le contesté que si lo haría, que cumpliría con ir a visitarlo; fue entonces cuando recordé lo que decía la profesora en el curso de Personal Social y pude comprender al ver el cambio de expresión cuando le dije que si aceptaba su propuesta, comprendí que esa expresión de molestia, de odio que reflejaba realmente escondía mucho dolor, me pregunté qué le causo tanto daño, y sentí que lo único que quería era atención, cariño, eso podía verlo más allá de su mirada y acepté entrar a ese mundo desconocido. Era una mina abandonada, saqueada, nadie más que yo y el hombrecito estábamos ahí.
Le pregunté: Qué sucedería si yo no hubiese aceptado ir con él, empezó a reír y dijo:
—No te preocupes, yo no soy malo, no te haré daño —me recordó la luz que nos alumbraba cuando estaba caminando con mi mamá, dijo:
—Yo les alumbré, perecían perdidas, les mostré el camino, aquí las personas me temen pero no soy malo, solo cuido lo que me pertenece y cuando tropezaron fue a propósito porque por ahí rondaba un toro salvaje no quise que les haga daño y discúlpame si las asusté.
Sentí los rayos del sol sobre mi rostro y desperté, ya mi mamá había preparado el desayuno y dijo que dormí profundamente y pidió que le cuente lo que había soñado, sin dudarlo le conté todo con detalles, traté de no exagerar para que me creyera sobre el origen de la luz que nos alumbró en la noche y el porqué no nos podíamos levantar cuando caímos, pero vano fue el esfuerzo porque como lo esperaba no me creyó.
Ya era tarde, hora de preparar el almuerzo, me mandaron a comprar a la tienda y de regreso vi en un cerro al frente de la casa cruzando el puente, nunca había preguntado sobre el lugar, la misma entrada a la mina que en mis sueños el hombrecito me mostró, corrí a casa dejé el pedido sobre la mesa, saqué flores del jardín y un poco de coca que mi mamá guardaba para mi abuelita y salí corriendo, cuando estuve en la entrada dejé los obsequios, pero habían flores marchitadas y un viejo letrero que decía "Cuidado" al querer agarrarlo me hice una herida con una astillas, fue algo profunda porque salió sangre de la herida. Eso no me detuvo tenía curiosidad, al momento de entrar sentí escalofríos había un olor extraño, nauseabundo y material de construcción oxidado, suspiré pero alguien agarró mi mano al voltear era el hombrecito de mis sueños, pequeño, barbudo y con ropa desgastada, tenía puesto un poncho sentí sus manos trabajadoras y callosas; me asusté, nos miramos largo rato, vi que llevaba en la otra mano una lámpara y dijo:
—Llegaste niña.
Asustada corrí y me tropecé, sentí un dolor en la pierna pero el hombrecito se reía, sacó coca de su bolsillo, la mascó y me puso sobre la pierna, empezó a murmurar unas cosas que no entendí, pensé que no debía tener miedo y poco a poco me tranquilice, el hombrecito dijo:
—Niña la gente del pueblo ya se olvidó de esta mina, como ya no encuentran oro lo abandonaron pero estoy yo cuidando lo que es mío, estoy solo y todos me temen, quiero arreglar este lugar pero no termino quiero que me visiten como antes lo hacían, no soy malo.
(Trujillo Puma, Karen Yasmin)
I.E. Santa Rosa de Lima