CON OLOR A COCA

Marta salía diariamente a vender sus picarones en la puerta del Cementerio La Apacheta,  a partir de las tres de la tarde. Su nieta Ángela, la acompañaba a veces.  Pero esta vez no.  Era muy traviesa. Además, pronto volvería su mamá, por eso Marta decidió dejarla en casa.
Para Angelita, era fascinante observar las cosas que ocultaban las personas del vecindario.  Eran  las tres y cuarto; ella vio cuando  su vecino salía a trabajar. Nadie había quedado en esa casa: Angelita lo pensó y se metió sigilosamente por el patio. A sus ocho años, fue muy sencillo.
La fragancia de un frondoso  guayabo lo inundaba todo.  Se puso a hurgar entre las cosillas que había allí: gallineros vacíos, cajones de fruta desarmados y apilados en una esquina… un triciclo…   más allá, hacia una esquina vio una lliclla tierrosa, extendida en el piso. La movió con el pie,  y se pudo dar cuenta que, debajo de  ella había una pequeña puerta.
La abrió sin dudar.  No tuvo miedo, ni reparó en nada…  Extraña puerta. ¡En el piso!
¿Qué habría debajo? Más tierra...
—¡Pero nooo! ¡Aquí hay algo! ¿Qué será? ¡Huele a  coca!
La niña buscó algo para escarbar la tierra y pronto tuvo un pequeño cofre en sus manos.  Se apresuró a cerrar la puerta, dejar todo como estaba y corrió a su casa.
No tuvo tiempo de pensar dónde lo pondría ni de ver qué había adentro. Ni bien entró a su casa, escuchó a su mamá llamándola.
—¡Sí mamita, ya voy! —susurrando— ¿Qué hago con esto? ¡Ay, Diosito!...  ¿Dónde lo pongo?     ¡Debajo de los peluches!
Había traído una caja de torta para preparar y acompañar el lonche de la tarde.
—¡Mmm… qué rico!
Se pasó el resto de la tarde ayudando a su mamá a preparar  la torta, esperando que dore… ¡qué impaciencia!...  ¿A qué hora estará?...
Llegaron Anita y Estefani… se quedaron jugando hasta la noche, mientras sus mamás conversaban… Con las últimas fuerzas se lavó los dientes y se puso el pijama… Cerró los ojos, pero un  fuerte olor a coca  la despertó.
—¿Qué es ese olor? ¿De dónde viene? ¡Ups! ¡Un enano! Todo se oscureció...
—¡Angelitaaa.., levántateee…!
—¡Ya voy mamá!
—Toma pronto tu desayuno para que vayas al colegio…
Al volver a casa, vio que algo pasaba donde el vecino… sus hijos lloraban.
—Maa, ¿qué ha pasado?
—El vecino ha fallecido, además su guayabo se ha secado todo de pronto…
Capaz les han hecho daño.
—¿Cómo es ese daño?
—Luego te explico... cámbiate el uniforme que  te llevo donde la mamá Marta.
Entonces fue cuando pensó en el cofre.
—¿Sería por eso que el árbol  se secó y el vecino falleció? —Se dijo y un dolor le oprimió el pecho.  Sintió miedo.
Ya en la puerta del cementerio,  mientras humedecía un trapito para su abuela  escuchó algo que las clientas mayores decían:
—Las cosas que pasan cuando traicionan a la Pachamama.  Estos hombres de ahora no creen en nada… ni respetan a  su madre.  ¡Desgracias nos van a caer!
—Preguntó a su abuela lo de la Pachamama. Se dio cuenta que el cofre era el “Pago a la Tierra” que había hecho el vecino…  No supo qué hacer ni qué decir… sólo se puso a llorar tratando que su  abuela no se diera cuenta…
Hasta que no pudo más y le contó todo.   La abuela la miró largamente y le dijo:
—Eso estuvo muy mal, veremos la forma de reconciliarnos con la madre tierra. Tu curiosidad te llevó a  esto.  No sabías….  Pero ahora, serás diferente.  Otras puertas se han abierto en tu alma.
—Ella entregó el cofre aun sin abrir, a su abuela.  Por la noche llegó gente a su casa, pero no le permitieron salir de su habitación. Sintió olor a coca y comenzó a oír voces extrañas.
Desde entonces nunca dejó de oírlas. Quedaron allí para siempre.
(Ccosi Turpo, María Isabel)
I.E. Nuestra Señora de Lourdes